El que no ama tiene ojos pero no ve

El apóstol San Juan nos dice en su primera carta: “El que dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un embustero porque quien no ama a su hermano, a quien está viendo, cómo puede amar a Dios a quien no ve”. “El que no ama no conoce a Dios porque Dios es amor”. Y en otra parte de su carta nos dice: “El que no ama camina entre tinieblas y está muerto”.

El que no ama tiene ojos para ver pero no ve; no ve las miradas tristes, los rostros famélicos, los brazos alargados y suplicantes de los necesitados. No ve el abandono de tantos ancianos que a veces no tienen fuerza ni para pedir, ni el dolor de su soledad e incomprensión.

servir-a-otros-es-amor-al-projimoTiene oídos para oír pero no oye, ni escucha los gemidos y peticiones constantes de los hijos que tienen hambre y frío. El que no ama tiene manos, pero las tiene siempre cerradas y prietas, metidas siempre en el bolsillo para que no se le escape nada; no comparte nada, no conoce la alegría de dar siguiendo los pasos del rico Epulón que vestía y comía espléndidamente mientras Lázaro no podía comer ni las migajas que caían de su mesa. Y porque no ama camina por la vida con las manos siempre frías y distantes. El que no ama tiene pies pero no se mueve, no salen al encuentro de nadie, ni se acerca para escuchar porque no tiene ganas de complicarse la vida, porque tiene mucha prisa. Por eso, al ver el problema, da un “rodeo” y pasa de largo como el sacerdote y el levita de la parábola del samaritano.

El que no ama tiene corazón, pero un corazón duro que no siente ni padece, tiene un corazón carcomido por el egoísmo y por la fría indiferencia.

Pero en cambio, el que ama tiene ojos que ven la necesidad de pan, de cariño y de vestido ante el crudo invierno. Ojos que ven el sufrimiento de tantas madres y familias que no llegan con su dinero para lo más necesario; tiene ojos que ven en el pobre, en el necesitado a un hermano y para los que tenemos fe vemos a Jesús en ese pobre o necesitado, golpeado y herido en los caminos de la vida por tantas carencias y dificultades.

El que ama tiene oídos que oyen, escuchan a quien nadie saluda ni se interesa por él con una palabra de reconocimiento y cariño.

El que ama tiene manos que ante el espectáculo de lo que ven y lo que oyen, sienten compasión, se sienten solidarios, comparten su pan y su vestido y que saben a qué sabe el compartir. Tiene pies que se detienen, que se acercan y escuchan, que curan sus heridas, y no dan “rodeos ni pasan de largo” como el buen samaritano.

El que ama tiene un corazón que no se desentiende sino que se conmueve, siente compasión, se acerca, y cura…….

Escuchemos lo que nos dice San Juan sobre la verdad, la autenticidad y la verificación de nuestro amor: “Si uno posee bienes de éste mundo y viendo que su hermano tiene necesidad le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? Hermanos, no amemos con palabras y de boquilla, sino con obras y de verdad”. No olvidemos las palabras del profeta Ezequiel de parte de Dios: “Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo. Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ezeq 36, 26-27).

Jesús ante los leprosos y excluidos de la vida social, ante las muchedumbres hambrientas y cansadas, ante los pobres y enfermos, nunca dio un “rodeo” y “pasó de largo“, sino todo lo contrario: Salía a su encuentro, escuchaba y curaba.

Ojala que tú y yo podamos escuchar de los labios de Jesús estas palabras: “Yo tuve hambre y tú me diste de comer, yo tenía frio y tú me abrigaste y estaba enfermo y me visitaste. . . . . ”

 


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