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Cristo del Buen Fin de la Parroquia de Ntra. Sra. de Consolación (El Pedroso)

La Parroquia de Nuestra Señora de Consolación de El Pedroso, guarda numerosas obras de arte de primer nivel, como la Inmaculada de Martínez Montañés, autor igualmente del retablo que se corona con la tabla de la Santa Catalina de Hernando de Esturmio, la Virgen con el Niño que preside el retablo mayor, atribuida a Jerónimo Hernández o la pintura de Villegas Marmolejo de la Virgen, por citar sólo algunas. De entre ellas, sobresale el Cristo del Buen Fin.

El origen de esta Parroquia fue una construcción gótico mudéjar de la que se conservan restos en la actual sacristía, que se cubre con bóvedas de crucería de hacia 1400. A mediados del siglo XVI, y durante los siglos sucesivos, se amplía la Iglesia, interviniendo arquitectos como Pedro Díaz de Palacios o Matías de Figueroa, maestros mayores del Arzobispado de Sevilla.

La imagen del Cristo del Buen Fin está realizada en madera de álamo policromada y representa a Jesús Crucificado muerto, unido a la cruz por tres clavos, con la cabeza inclinada hacia su lado derecho. Es obra atribuida con mucho fundamento al escultor Pedro Millán, fechable hacia 1490, y que se puede relacionar perfectamente con la estética tardogótica de tradición borgoñona o flamenca. Fue restaurado en 1953 por Manuel Pineda Calderón, quien le hace una nueva cruz y lo repolicroma, recuperando su policromía original en la intervención que entre 1995 y 1996 llevó a cabo el Instituto Andaluz para el Patrimonio Histórico, bajo la dirección de Pedro Manzano. Tiene los brazos prácticamente en horizontal, por lo que presenta una composición en forma de T, destacando el tratamiento de su anatomía estilizada, que presenta el vientre algo abultado y el característico rehundimiento epigástrico que comparten todos los crucificados del círculo de Pedro Millán, así como el paño de pureza que con sus numerosos pliegues recuerda los representados en la pintura flamenca, presentando además en las vueltas que dejan ver dichos pliegues un rico estofado en oro.

También llama la atención la corona de espinas de color verde que porta en su cabeza, que aparece como una trenza compacta, así como el tratamiento del pelo, que cae sobre el pecho por el lado derecho, mientras que por el izquierdo se recoge hacia atrás; pero sobre todo conmueve el rostro que, no exento de dramatismo, transmite una gran humildad y mansedumbre, recordándonos los pasajes del Siervo de Isaías (53,7): “como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca”.

Esta bella imagen se relaciona con otras imágenes de Cristo Crucificado adscribibles a Pedro Millán, como el de la enfermería del Convento de Madre de Dios, el Cristo de los Corales del Monasterio de Santa Paula, ambos en Sevilla, el de la Parroquia de Gerena o el de la Iglesia del Carmen de Écija, en los que el autor sigue el prototipo establecido por Van der Weyden en la representación de Cristo en la cruz.

Antonio Rodríguez Babío

Delegado diocesano de Patrimonio Cultural


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