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Cristo de la Corona. Parroquia del Sagrario (Sevilla)

La próxima semana comienza una nueva Cuaresma con la celebración del Miércoles de Ceniza, tiempo de conversión en el que se nos invita a abrazar nuestras cruces a ejemplo de Cristo. Por ello, nos detenemos ante el devoto Cristo de la Corona, que presidirá este año el Viacrucis de las Hermandades y Cofradías de Sevilla.

Esta imagen de Cristo abrazando la cruz sobresale por su gran unción, así como por su belleza y calidad. Se trata de una obra manierista de autor desconocido en madera policromada, fechable en el último tercio del siglo XVI, por lo que, como indica el investigador Carlos José Romero Mensaque, se trata de una de las imágenes pasionistas más antiguas de nuestra ciudad de entre las que procesionan.

Presenta la devota iconografía de Cristo abrazando la cruz camino del Calvario, con una amplia zancada que le hace adquirir acusada movilidad acorde con el misterio que representa, subrayado igualmente dicho dinamismo por los amplios pliegues que presenta la túnica, la cual queda recogida en su cintura con una gruesa soga que aporta dramatismo al conjunto. Como indican Emilio Gómez Piñol y Mª Isabel Gómez González, en esta imagen se pueden descubrir “rasgos formales arcaicos” especialmente visibles en el plegado de la túnica, “que evoca claramente rígidos linealismos medievales” pero “conjugados con una renovada concepción anatómica”.

Jesús abraza la cruz, la cual se apoya en su hombro derecho lo que motiva que su cabeza se gire hacia la izquierda y dirija su dulce mirada hacia el fiel que lo contempla, logrando así que la imagen establezca una relación con el espectador quien, según el profesor Roda Peña, adquiere así el papel de la Mujer Verónica a quien Cristo muestra su verdadero rostro.

La primera representación de Jesús con la cruz a cuestas en nuestra Archidiócesis es el relieve del grandioso retablo mayor de la Catedral, obra tallada entre 1508 y 1526 por Jorge Fernández Alemán, en el que se muestra a Cristo sosteniendo la cruz por el stipes o travesaño largo. Precisamente de esta manera, abrazando la cruz, comenzó el arte cristiano a representar a Cristo camino del Calvario desde el siglo IV hasta el XV. La primera escultura exenta de esta iconografía en Sevilla puede ser el Nazareno que se conserva en la clausura del Convento de la Encarnación de Sevilla, fechable a mediados del siglo XVI y realizado en piedra. Contemporáneo al Cristo de la Corona es el que se encontraba en el coro del Convento de la Concepción de Carmona, hoy en el Convento de las Concepcionistas de Mairena del Aljarafe, obra de Gaspar del Águila de 1573, mientras que el Nazareno de las Fatigas, de la Parroquia de la Magdalena de Sevilla, puede fecharse hacia 1600.

Basadas en estampas y grabados de origen alemán, en estas imágenes de Cristo que abraza la cruz pudo tener gran influencia el fresco que el Cabildo de la Catedral encarga al pintor Luis de Vargas en 1561, el llamado Cristo de los Ajusticiados para ser colocado en las gradas altas, en la calle Alemanes, sobre el actual acceso a la Biblioteca Colombina.

El Cristo de la Corona fue titular de una hermandad aprobada en 1631 cuya misión era la de dar culto a una reliquia de la corona de espinas de Cristo que se conservaba en la Catedral de Sevilla. La veneración a la corona de Cristo se remonta según la tradición al año 1239 en que el rey Luis IX de Francia, San Luis, la trajo de Tierra Santa a Paris, para la cual se construye la Sainte Chapelle, conservándose en la actualidad en Notre Dame, de donde pudo ser salvada en el incendio de 2019. A Sevilla llega una espina de la Corona a fines del siglo XVI, siendo donada a la Catedral por el arzobispo Rodrigo de Castro en 1590.

La contemplación de Cristo abrazado a la cruz guarda un alto simbolismo de gran contenido teológico al mostrarnos de manera visible la aceptación voluntaria por parte del Hijo de Dios de la entrega de Su vida por todos nosotros para conseguirnos así la salvación y el perdón de nuestros pecados. Del mismo modo, de alguna manera preanuncia la resurrección, ya que se nos muestra a Cristo sosteniendo la cruz como si se tratara de una enseña que pregona su victoria sobre la muerte y el pecado, perdiendo su carácter de instrumento de tortura para convertirse en el trono del Hijo de Dios glorioso. Así, con el horizonte de la Pascua, nos invita a todos nosotros a abrazar también nuestras cruces con la esperanza de la resurrección del Señor que ilumina y llena de sentido todo sufrimiento. Por ello, como nos recuerda el Papa Francisco, “la cruz de cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados”.

Antonio Rodríguez Babío, delegado diocesano de Patrimonio Cultural

Fotografías de Daniel Villalba Rodríguez.


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