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XIV Domingo del Tiempo Ordinario

No desprecian a un profeta más que en su tierra

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.  Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos?  ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.

Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Marcos  6, 1-6

Comentario bíblico de Miguel Ángel Garzón

Ez 2,2-5; Sal 122, 1-2a. 2bcd. 3-4; 2Cor 12, 7-10; Mc 6, 1-6

El evangelista nos transmite la experiencia de Jesús en la sinagoga de su patria chica desde un doble registro. Por un lado, como de costumbre la respuesta inmediata de la gente a su predicación es positiva: estar fuera de sí (Mc 1,21; 11,18). De este modo el mensaje de Jesús aparece siempre como un acontecimiento revelador, pues ha sido acreditado como maestro de sabiduría por la palabra que le ha otorgado el Padre para predicar por encargo suyo (Mc 1,27). El Espíritu que acompaña siempre a la palabra, tal como vemos en la vocación de Ezequiel (Ez 2,1), es el responsable de esta reacción inicial.

Pero, inmediatamente aparece una nota de escepticismo que nos introduce en la paradoja, ya que si bien la fe sabe acerca del origen auténtico de Jesús (este es el Hijo de Dios), el conocimiento del entorno donde él residió se convierte para sus paisanos en impedimento casi insuperable para reconocer su identidad trascendente. Mc 6,5b evita la impresión de un fracaso completo de la misión de Jesús entre sus convecinos, pues pretende mostrar, como en el relato de Ezequiel (Ez 2,5), que la misión profética depende del mandato divino, no de la aceptación humana, y lleva en sí una fuerza tal que, aun rechazada, se impone.

Orar con la palabra

  1. Cautivados por la fuerza de la palabra de Jesús que transciende el conocimiento humano.
  2. El Espíritu garante de la palabra del enviado del Padre.
  3. No ceder al desánimo, la acción de Dios es más fuerte que nuestro escepticismo e incredulidad.

 


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