Testimonio de Manuel Mena: la clave de la vocación es la valentía y la confianza

Testimonio de Manuel Mena: la clave de la vocación es la valentía y la confianza

Con motivo de la celebración del Día del Seminario, el próximo 19 de marzo, durante esta semana en los medios diocesanos publicaremos una serie de testimonios de seminaristas que compartirán su proceso vocacional y propondrán esta opción de vida desde la honestidad y la alegría que le acompaña.

 

Testimonio Manuel Mena, seminarista de 5º Curso

Pocos sacerdotes reciben la vocación cayéndose del caballo como San Pablo, más bien la mayoría confiesan que se trata de un proceso largo. Esta es también la experiencia de Manuel Mena, natural de Palma (Islas Baleares) –aunque de origen utrerano- que ya cursa quinto en el Seminario Metropolitano de Sevilla.

Reconoce que en su largo camino de discernimiento vocacional fue viviendo la fe “de una manera más comprometida y sintiendo que el Señor me iba pidiendo más”. Además, señala que fue un tiempo “de muchos miedos y dudas, en el que sentía que estaba llamado a algo más, pero me negaba a dejar las riendas de mi vida en manos de Otro”. Este proceso culminó durante un verano en el que vivió una experiencia misionera, en la que “vi con claridad que Dios me llamaba al sacerdocio”.

Recuerda que en aquel momento su decisión fue difícil de asimilar para su familia, sin embargo, como testimonian otros seminaristas, “poco a poco han visto que soy feliz en el camino que he tomado y eso es lo que les importa”.

“Me di cuenta que eran jóvenes como yo, ni más ni menos”

Por motivos laborales de su familia, inició su formación en el Seminario de Valencia y ahora la concluirá en Sevilla, una circunstancia que le ha permitido comprobar que la mayoría de Seminarios funcionan de manera parecida. “En ambos seminarios –apunta- encuentras un acompañamiento cercano y sincero por parte del equipo formativo y un buen ambiente comunitario que propician que puedas centrarte en lo esencial para esta etapa de discernimiento y formación”.

Precisamente rememora con cariño su primer día del Seminario: “La noche anterior no había podido pegar ojo, estaba asustadísimo por lo que me iba a encontrar. Pensaba que había sido una locura y que seguramente me metía en una casa donde cada uno sería más rarito que el anterior. Sin embargo, el primer día después de la cena ya estaba con varios seminaristas charlando en la terraza tranquilamente de temas varios, como si nos conociéramos de hace tiempo. Entonces me di cuenta de que eran jóvenes como yo, cada uno con su historia, que habían confiado en Dios y en la Iglesia. Ni más ni menos. Y los nervios y prejuicios se fueron”.

“No se puede reducir el diaconado o el sacerdocio a una profesión”

En pocos meses, más de cinco años después de aquel día, Manuel será ordenado diácono, un acontecimiento ante el que siente una gran ilusión a la par que un gran respeto, ya que “es un paso a partir del cual tendrás una misión de suma importancia en la Iglesia, una misión que por méritos propios es evidente que no se puede alcanzar. Menos mal –añade- que no va a depender solo de esos méritos, y contaremos con la ayuda de Dios”.

Y es que el diaconado es un ministerio cuya esencia no puede desdibujarse en un paralelismo con una profesión civil. “Lo del ‘sacerdocio en prácticas’ suena fatal –argumenta- no solo porque reduce el diaconado, sino que también reduce el propio sacerdocio a una profesión. Esto puede hacer que se viva el diaconado como un tiempo sin importancia que se debe pasar porque es lo que pone la norma, y posteriormente vivir un sacerdocio convertido en un funcionariado. Nada más lejos de lo que es el diaconado y el sacerdocio”, defiende.

De hecho, el diácono es ya ministro de la Iglesia, concretamente ministro de la Palabra y administrador de los Sacramentos del Matrimonio y el Bautismo. “No creo que esta misión que la Iglesia encomienda a los diáconos pueda entenderse como una labor de menor importancia”, opina este seminarista.

Calidad frente a cantidad

Aunque Manuel observa que actualmente hay menos vocaciones que hace unas décadas, atribuye esta circunstancia a que “las necesidades son distintas” o a que tal vez “se nos está llamando a cambiar algunos esquemas”. Por ello, sostiene que lo importante ahora no es conocer el motivo, sino “vivir este momento con plena confianza en Dios y, siguiendo su mandato, pedir al Señor de la mies para que envíe obreros”.

En esta línea, destaca el gran esfuerzo que viene realizando la Archidiócesis hispalense para acercarse a los jóvenes y se felicita porque “seguimos contando con muchas personas muy comprometidas y con ganas de ser agentes activos en la vida de la Iglesia. La calidad de esos jóvenes es más importante que la cantidad”.

Finalmente, concluye insistiendo en que “siempre han existido dificultades, y a pesar de ello no han faltado sacerdotes santos”. La clave está en “no dejar de volver a Dios, por muchas veces que se caiga”, en ser valientes –dice- y confiar en Dios, porque nadie “será más feliz en ningún sitio que en aquel al que el Señor le llama”.

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