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II Domingo del Tiempo de Navidad (Ciclo A)

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.  Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.  En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.  Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.  Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan:  este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.  El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.  En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.  Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.  Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.  Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.  Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».  Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.  Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.  A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Jn  1, 1‑18

Comentario bíblico de Álvaro Pereira

Las lecturas de este domingo ahondan en el significado de la Navidad. Ya no aparecen en ellas caminos y pastores. Hoy se nos invita a pasar de una lectura sensible y superficial a una interpretación más espiritual de la realidad.

Un elemento común aúna las tres lecturas: la referencia temporal al inicio del tiempo. En el Eclesiástico, la Sabiduría dice “desde el principio, antes de los siglos, me creó”. En Efesios, san Pablo afirma que “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo…”. Y el cuarto evangelio afirma que “En el principio existía el Verbo”. Así pues, Jesús aparece descrito no solo como un hombre cualquiera, ni siquiera como el mejor ser humano del mundo, sino como la Palabra preexistente de Dios, que existía antes de los siglos y que encarna la Sabiduría con la que el Padre creó el universo. Lo acontecido en la Navidad, por consiguiente, no es la historia tierna de una familia pobre y buena, sino el evento cósmico que atraviesa de parte a parte la historia. Jesucristo no es solo un modelo que imitar, en Él se revela plenamente la verdad sobre Dios y el hombre. Solo en él podremos encontrar luz, vida y sentido.

Los tres textos emplean un tono solemne y contemplativo para atisbar el misterio divino de la encarnación. La respuesta del lector creyente no puede ser otra que la alabanza (salmo), la bendición (segunda lectura) y la acogida filial (evangelio: “… los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios”).

Orar con la Palabra

  1. Relee Juan 1,1-18 intentando identificar cada expresión con un acontecimiento de la vida de Jesús.
  2. ¿Estás habituado a releer tu historia en clave de fe? ¿Eres capaz, como hacen los textos de hoy, de atisbar el plan eterno de Dios en las vicisitudes fugaces de tu vida?
  3. Haz tuya la bendición de Efesios 1,3-14 y glorifica a Dios por haberte escogido antes de la creación del mundo para ser santo e irreprochable por su amor.

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