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Evangelio del 25 de noviembre, Domingo XXXIV del tiempo ordinario

Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad Texto del Evangelio (Jn 18,33-37): En aquel tiempo, Pilato dijo a Jesús: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».

 

Comentario de Pablo Díez

Lasegunda pregunta de Pilatos (Jn 18,37) pone de relieve el sentimiento de inquietud que se suscita cada vez Jesús aclara el sentido de su realeza. Las falsas expectativas sobre su condición regia se dan en sus adversarios, pero también en sus discípulos (Mc 10,35-45; Mt 20,20-28). En los poderosos produce perplejidad, no aparece como un competidor. En los seguidores provoca cierta decepción, no conseguirán de él los privilegios que esperaban.

Jesús no niega que su reinado ha irrumpido en este mundo. De hecho, la expresión la expresión: "príncipe de los reyes de la tierra" (Ap 1,5) lo convierte en paradigma de toda autoridad humana. Pero no lo identifica con el poder terreno, pertenece al ámbito del espíritu, no al de la carne. Daniel lo presenta como un reinado que viene de lo alto, recibe de Dios la gloria, el señorío y el imperio. Jesús mismo se alinea con esta visión al atribuirse el título de Hijo del Hombre y aludir a su aparición solemne entre las nubes (Mc 13,26; Mt 16,27; 24,30; 26,64; Lc 21,27). Esta investidura celeste de poder le confiere los atributos propios de Yahvé, entronizado como señor del universo (Sal 92) y revelado a Moisés como el que es, el que era y el que viene (Ex 3,14). 

Pero, ante todo, Jesús es "el testigo fiel". Juan lo retrata como un ser capaz de revelar, decir y mostrar la verdad acerca de Dios. La expresión alfa y omega (principio y fin), marca el carácter perenne de esta verdad divina. La tradición judía se hace eco de esto al afirmar que el sello de Dios es la "emet" (verdad), palabra que se escribe con las letras primera, intermedia y última del alfabeto. Por eso, Jesús no tiene súbditos como los demás reyes, sino discípulos que escuchan su voz porque ven en ella la verdad, la realidad divina que en Él se ha revelado ahora a los hombres. 
 
 

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