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Evangelio del 18 de noviembre, Domingo XXXIII del tiempo ordinario (ciclo B)

 

Mc 13, 24-32

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: en aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria; enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que él está cerca, a la puerta.  En verdad os digo que n pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre.

 

Comentario de Antonio José Guerra

Nos estamos acercando al final del año litúrgico; por eso la Iglesia lee unos textos relacionados con la destrucción de Jerusalén y con el fin del mundo.

 

El discurso de Jesús forma parte del llamado “discurso escatológico”, o discurso sobre los últimos días (Mc 13). Jesús acaba de salir del Templo, donde ha elogiado a una pobre viuda por echar en el Tesoro cuanto tenía para vivir, y se encuentra en el monte de los Olivos al lado de sus discípulos que están fascinados por la contemplación de semejante Templo. Jesús interrumpe su asombro y les anuncia que no quedará piedra sobre piedra de lo que ven. Jesús les propone un largo discurso en la que el final de Jerusalén con su Templo se convierte también en una imagen anticipada del fin del mundo. Ciertamente, suponía el fin del mundo conocido, pues un judío no concebía la vida sin el Templo donde poder adorar a Dios. Sin embargo, el tono general de las lecturas de hoy nos habla de un mensaje de esperanza. Junto al sufrimiento que conllevará el cambio, se proclama que el pueblo se va a salvar (1ª lectura), que el Señor lo va a librar de la muerte y la corrupción (Salmo), que será el mismo Hijo del hombre revestido de poder y majestad el que reunirá a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales. Al final el que vence es Dios y nos promete que “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.

 

La prueba de que Dios ha vencido la tenemos en Jesucristo. Su entrega al Padre lo convierte en la ofrenda que borra todos los pecados y permite tener libre acceso a Dios (2ª lectura).Así, Jesucristo es el Templo definitivo y la buena noticia es que está a las puertas, y es que viene para llevarnos con su Padre; por esta razón estemos atentos a su llamada, para poder abrirle nuestra morada.


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