El Papa denuncia que “la eutanasia es un crimen contra la vida”

El Papa denuncia que “la eutanasia es un crimen contra la vida”
  • La Congregación para la Doctrina de la Fe ha publicado recientemente una carta aprobada por el papa Francisco titulada ‘Samaritanus bonus’ sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida en la que se reitera la condena de toda forma de eutanasia y de suicidio asistido.
  • La Archidiócesis de Sevilla ha puesto en marcha la Campaña #Cadavidacuenta y ha elaborado un DOSSIER de Prensa en el que presenta una serie de materiales y recursos que ayudan a contextualizar esta cuestión y en el que argumenta su oposición bajo criterios no solo religiosos o morales, sino también médicos, jurídicos y éticos. 

El Mensaje de la Congregación para la Doctrina de la fe comienza recalcando que, aunque una persona tenga una enfermedad incurable, esto no es sinónimo de in-cuidable, sino que estos enfermos “tienen derecho a ser acogidos, cuidados y rodeados de afecto”.

Por este motivo, en el mensaje se reitera que “la eutanasia es un crimen contra la vida humana” y que “toda cooperación formal o material inmediata a tal acto es un pecado grave” que “ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo”.

El texto se ha hecho necesario debido a la multiplicación de noticias y al avance de la legislación que en un número cada vez mayor de países autoriza la eutanasia y el suicidio asistido. España es uno de estos casos, ya que el pasado mes de febrero inició los trámites parlamentarios para despenalizar la eutanasia. A causa de la pandemia este proceso quedó paralizado, hasta ahora, que ha sido reanudado en el Congreso.

Incurable, pero jamás ‘in-cuidable’

El propósito de la carta es ofrecer indicaciones concretas para actualizar el mensaje del Buen Samaritano: “Cuando la curación es imposible o improbable, el acompañamiento médico y de enfermería, psicológico y espiritual, es un deber ineludible, porque lo contrario constituiría un abandono inhumano del enfermo”.

Al respecto se hace hincapié en las palabras de Juan Pablo II: “Curar si es posible, cuidar siempre”. La curación hasta el final, acompañar al enfermo, escuchándolo, haciéndolo sentirse amado, es lo que puede evitar la soledad, el miedo al sufrimiento y a la muerte, y el desánimo que conlleva, elementos que hoy en día se encuentran entre las principales causas de solicitud de eutanasia o de suicidio asistido.

Por otra parte, el documento se centra en el sentido del dolor y el sufrimiento a la luz del Evangelio: “El dolor es existencialmente soportable solo si existe la esperanza”, por eso los Cuidados Paliativos no son suficientes “si no existe alguien que esté junto al enfermo y recuerde su valor único e irrepetible”. En este sentido, la Carta afirma que “el valor inviolable de la vida es una verdad básica de la ley moral natural y un fundamento esencial del ordenamiento jurídico”. No en vano, ejemplifican, “así como no se puede aceptar que otro hombre sea nuestro esclavo, aunque nos lo pidiese, igualmente no se puede elegir directamente atentar contra la vida de un ser humano, aunque éste lo pida”.

Por este motivo, argumentan, suprimir un enfermo que pide la eutanasia “no significa en absoluto reconocer su autonomía y apreciarla”, sino al contrario, significa “desconocer el valor de su libertad, fuertemente condicionada por la enfermedad y el dolor”.

Obstáculos que oscurecen el valor sagrado de la vida

El documento menciona algunos factores que limitan la capacidad de acoger el valor de la vida.

El primero es un uso equívoco del concepto de “muerte digna” en relación con el de “calidad de vida”, con una perspectiva antropológica utilitarista, reduciendo la “vida digna” a unas ciertas características psíquicas o físicas. Un segundo obstáculo es una comprensión errónea de la “compasión”. Al respecto, el mensaje destaca que la verdadera compasión humana “no consiste en provocar la muerte, sino en acoger al enfermo”, ofreciéndole afecto y medios para aliviar su sufrimiento. Otro obstáculo es el creciente individualismo, que es la raíz de la “enfermedad más latente de nuestro tiempo: la soledad”.

El Magisterio de la Iglesia

Ante la difusión de los protocolos médicos relativos al final de la vida, existe la preocupación por “el abuso denunciado ampliamente del empleo de una perspectiva eutanásica” sin consultar al paciente o a las familias. Por esta razón, el documento reitera que “la eutanasia es un crimen contra la vida humana”, un acto “intrínsecamente malo, en toda ocasión y circunstancia”.

“Aquellos que aprueban leyes sobre la eutanasia y el suicidio asistido se hacen cómplices del grave pecado” y son “culpables de escándalo porque tales leyes contribuyen a deformar la conciencia”. Así, continúa la carta, ayudar al suicidio es “una colaboración indebida a un acto ilícito”. “Se trata de una elección siempre incorrecta” y el personal sanitario nunca puede prestarse “a ninguna práctica eutanásica ni siquiera a petición del interesado, y mucho menos de sus familiares”. Las súplicas de los enfermos muy graves que invocan la muerte no deben ser entendidas como “expresión de una verdadera voluntad de eutanasia, sino como una petición de ayuda y afecto”.

No al ensañamiento terapéutico

El documento explica que “tutelar la dignidad del morir significa tanto excluir la anticipación de la muerte como el retrasarla con el llamado ‘ensañamiento terapéutico’”, es decir, la capacidad de la medicina moderna de “retrasar artificialmente la muerte, sin que el paciente reciba en tales casos un beneficio real”.

De este modo, explican desde la Congregación para la Doctrina de la Fe, ante la inminencia de una muerte inevitable, “es lícito en ciencia y en conciencia tomar la decisión de renunciar a los tratamientos que procurarían solamente una prolongación precaria y penosa de la vida”, excluyéndose de éstos la alimentación y la hidratación que “deben estar debidamente garantizadas”.

Igualmente, son importantes los párrafos dedicados a los Cuidados Paliativos, “un instrumento precioso e irrenunciable” para acompañar al paciente, ya que la aplicación de los mismos reduce drásticamente el número de los pacientes que piden la eutanasia.

Finalmente, para aliviar el dolor del paciente, la Iglesia “afirma la licitud de la sedación como parte de los cuidados que se ofrecen al paciente, de tal manera que el final de la vida acontezca con la máxima paz posible”, pero la sedación es inaceptable si se administra para causar “directa e intencionalmente la muerte”.

Objeción de conciencia

Por último, la carta pide posiciones claras y unificadas sobre estos temas por parte de las iglesias locales, invitando a las instituciones sanitarias católicas a dar testimonio, absteniéndose de comportamientos “de evidente ilicitud moral”. Las leyes que aprueban la eutanasia “no crean ninguna obligación de conciencia” y “establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia”. El médico “no es nunca un mero ejecutor de la voluntad del paciente” y siempre conserva “el derecho y el deber de sustraerse a la voluntad discordante con el bien moral visto desde la propia conciencia”. Se recuerda también que “no existe un derecho a disponer arbitrariamente de la propia vida, por lo que ningún agente sanitario puede erigirse en tutor ejecutivo de un derecho inexistente”. Es importante que los médicos y los trabajadores de la salud se formen en el acompañamiento cristiano de los moribundos, como han demostrado los recientes acontecimientos dramáticos relacionados con la epidemia de COVID-19.


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