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Domingo VII del tiempo ordinario (ciclo A)

Amad a vuestros enemigos

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”.  Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.

Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo.  Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.  Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?  Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?  Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

5, 38‑48

Comentario bíblico de Álvaro Pereira

Lev 19, 1‑2. 17‑18; Sal 102, 1‑2. 3‑4. 8 y 10. 12‑13; 1 Co 3, 16‑23; 5, 38‑48

En estos domingos la Iglesia goza leyendo el Sermón de la Montaña (Mt 5–7), la quintaesencia del evangelio de Jesús. Hoy escuchamos las dos últimas antítesis de la primera parte (“habéis oído que se dijo… pero yo os digo…”), que son también las más radicales: los creyentes no solo deben exigir justicia (“ojo por ojo”) y amar al próximo (“amarás a tu prójimo”; frase tomada de Levítico 19,18), sino que son invitados a presentar la otra mejilla hasta amar al enemigo (Mt 5,38-48). La propuesta de Jesús es desconcertante, escandalosa, inaudita. Por eso necesita buenas razones. Jesús ofrece dos: (1) así los discípulos serán verdaderamente hijos del Padre, que se preocupa no solo de los justos sino también de los injustos (“hace salir su sol para malos y buenos”); (2) y porque los discípulos deben practicar una ética de lo extraordinario, más allá de las normas de conducta comúnmente aceptadas. El texto acaba con un mandato, que es la cima de la moral cristiana: “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. ¿cómo es posible imitar a Dios? Mateo ofrece la única vía plausible: continuar leyendo para seguir los pasos de Jesús, quien camina dando vida, da segundas oportunidades a sus discípulos infieles y muere aceptando y perdonando. Gandhi solía decir que solo por estas palabras merecería la pena hacerse cristiano… pero no se convertía porque los seguidores de Jesús no las cumplían. El Sermón de la Montaña propone un evangelio de las obras. El cristiano sabe que la fidelidad a Jesús es el mejor camino misionero.

En la segunda lectura recordamos que los corintios estaban divididos porque disputaban sobre la elocuencia de sus ministros (“Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo de Cefas”: 1 Cor 1,12; 3,4-5). Al final de su discurso, Pablo invierte los genitivos (“Todo es vuestro, Pablo, Apolo, Cefas…”): los ministros no son sus señores (yo soy de Pablo), sino sus servidores (Pablo es de mí). Ahora bien, todos son de Cristo y Cristo de Dios. En este nuevo esquema de relaciones y pertenencias se juega la esencia de la vida cristiana.

Preguntas

  1. ¿Tienes algún prójimo que te provoca más odio y rechazo que amor? Pide al Señor que te dé fuerzas para amar a los enemigos.
  2. Consulta en Romanos 12,14-21 las recomendaciones similares de Pablo.
  3. ¿Te sientes “de Cristo”? Relee la segunda lectura y medita en ello.

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