Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo

Celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Celebramos este misterio de fe y de amor que hemos recibido: El don de la Eucaristía y el mandato de repetir sus gestos y sus palabras de la última Cena: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía» (1 Cor 11, 24).

Repetiremos el gesto de “partir el pan”, ese momento inefable en el que Dios se hace tan cercano al ser humano, que se convierte en alimento espiritual expresando un amor sin límites. «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». En esta entrega Cristo se refería también a cada uno de nosotros, y entregaba su vida por la salvación de cada hombre y de cada mujer de todo tiempo y lugar. Por nuestra parte, debemos sentirnos conmovidos interiormente, porque esta manifestación de amor no es un algo lejano, sino un acontecimiento que se actualiza en la celebración de la Eucaristía.

La Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia. A través de ella Cristo hace presente a lo largo de los siglos su misterio de muerte y resurrección. En ella lo recibimos como “pan vivo que ha bajado del cielo” (Jn 6, 51), y con Él se nos da la prenda de la vida eterna.

Los cristianos, a lo largo de la historia, hemos sentido la necesidad de manifestar también exteriormente la alegría y la gratitud por la realidad de un don tan grande. Por eso fuimos madurando en la conciencia de que la celebración no podía quedar limitada dentro de los muros del templo, sino que era necesario llevarla por las calles de los pueblos y ciudades. Así nació la procesión del Corpus Christi que la Iglesia celebra, desde hace muchos siglos, con solemnidad y alegría. También nosotros lo hacemos por las calles de nuestra ciudad -probablemente desde finales del siglo XIV- saliendo al encuentro de nuestros hermanos y mostrando a todos el sacramento de la presencia de Cristo.

Toda la vida y actividad de Jesús está llena de amor compasivo. Se acerca a los que sufren, alivia su dolor, toca a los leprosos, libera a los poseídos por el mal, los rescata de la marginación y los reintegra en la sociedad. Nosotros debemos vivir esta misma actitud del Maestro y fomentar una cultura de la caridad, de la solidaridad. Esta semana hemos conocido el informe anual de Cáritas Diocesana, con datos que reflejan una realidad que nos llevan a fijar la mirada en el otro, a estar atentos unos a otros. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo nos lleva a tomar conciencia de los demás, porque estamos llamados a vivir en fraternidad, en familia, y esto se traduce en justicia y solidaridad.

La experiencia personal del sufrimiento nos ayuda a ponernos en el lugar del otro, del pobre, del que sufre. La vivencia del dolor puede ser el camino para superar el egocentrismo, el narcisismo, y fijar la mirada en los demás. Es necesario que, en una sociedad tan impregnada de individualismo y egoísmo, se viva la responsabilidad de unos sobre otros.

Somos guardianes de nuestros hermanos, es decir, hemos de cuidar de nuestros hermanos; todos estamos llamados a cuidar los unos de otros; y no sólo de una forma genérica y difusa, sino de un modo concreto y eficaz, porque en realidad somos interdependientes, personas que viven en relación, que han de estar unidas, como granos de trigo llamados a formar un mismo pan, como hijos de Dios llamados a vivir en familia.

Que esta celebración de la Eucaristía, y las procesiones que hacemos por nuestras calles, reavive las raíces cristianas y eucarísticas de esta ciudad, afiance nuestra comunión con el Señor y nos ayude a hacer de nuestra vida un camino solidario de la mano de María, Nuestra Señora de los Reyes, Madre de la Misericordia. Que así sea.

+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla


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