Jueves Santo 2023 | “La Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor”

Jueves Santo 2023 | “La Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor”

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Comienza la celebración del Triduo Pascual con la Misa vespertina de la Cena del Señor. Nos reunimos hoy en la Catedral para recordar y actualizar aquel acontecimiento que tuvo lugar hace muchos años en el Cenáculo, en Jerusalén, y que la liturgia conmemora y actualiza. Queridos hermanos presentes en esta celebración: arzobispo emérito, obispo auxiliar electo, cabildo catedral, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada y del laicado; queridos todos.

La liturgia de hoy actualiza algunos aspectos fundamentales de nuestra fe como son la Eucaristía, el amor fraterno, la comunidad eclesial y el sacerdocio ministerial. Hemos sido convocados para escuchar nuevamente la palabra de Jesús, que nos da un nuevo mandamiento en el que recoge la esencia misma de su evangelio, el resumen de toda la ley, el mandamiento del amor, porque “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Y en nuestra celebración repetiremos el gesto del Señor al comienzo de la Última Cena, el lavatorio de los pies. El texto nos muestra que ante la reticencia de Pedro, Jesús responderá que les ha dado ejemplo para que en sus relaciones vivan las mismas actitudes de servicio y humildad, porque, en definitiva, “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45).

La Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor, la actualización y ofrenda sacramental de su único sacrificio, que se realiza en la liturgia de la Iglesia, que es su Cuerpo. Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía, hace presente el memorial de la Pascua de Cristo, actualiza el sacrificio que ofreció de una vez para siempre en la cruz, y que permanece siempre actual (cf. Hb 7, 25-27). La Eucaristía tiene siempre un sentido sacrificial, que se manifiesta en las mismas palabras de la institución: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros” y “este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lc 22,19-20).

El Señor está presente de muchas maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la comunidad cuando se reúne en su nombre, en los pobres, en los necesitados, en los enfermos, en los que están encarcelados, así como también en los sacramentos, sobre todo en la persona del ministro, y de un modo especial en las especies eucarísticas. En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía se encuentran “contenidos de forma verdadera, real y sustancial el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, y, por tanto, Cristo todo entero” (Concilio de Trento: DS 1651). Esta presencia se llama “real” no de manera exclusiva, sino por excelencia, porque es sustancial y por ella Cristo se hace totalmente presente.

La Eucaristía es también un sacrificio de alabanza y acción de gracias. Presentamos sobre el altar las ofrendas del pan y del vino, como acción de gracias por todos los bienes que recibimos de Dios, por los bienes de la creación y de la redención. La redención se ha realizado mediante el Sacrificio de Cristo. La Iglesia debe seguir haciendo presente sacramentalmente este Sacrificio. La celebración de hoy nos lo recuerda con singular elocuencia. La primera lectura, del libro del Éxodo, evoca el momento de la historia del pueblo de la Antigua Alianza en el que ha sido prefigurado el misterio de la Eucaristía con mayor claridad: la institución de la Pascua.

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). La Última Cena atestigua ese amor con el que Cristo nos ha amado. ¿Qué significa que les amó hasta el extremo? Significa amar hasta el punto de entregar la propia vida. La Eucaristía es fruto y consecuencia de la muerte en la Cruz, la actualiza y la renueva continuamente, la significa y la proclama. Así ha amado a Jesús en esta última cena. Ha amado a los suyos que estaban con Él ya todos aquellos que debían recibir el fruto de su sacrificio redentor.

Las palabras que pronuncia sobre el pan y sobre el cáliz lleno de vino, las mismas palabras que nosotros repetiremos hoy con un recuerdo emocionado, las palabras que repetimos siempre que celebramos la Eucaristía, son la revelación de ese amor que, una vez para siempre, le ha llevado a la entrega de su vida por la salvación de todos. Antes de entregarse a sí mismo sobre la cruz como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, se ha entregado a sí mismo como comida y bebida para que tengamos vida, y una vida abundante. De esta forma los amó hasta el extremo; de esta forma nos ama hasta el extremo.

Nosotros, los cristianos, somos los que hemos creído en el amor de Dios, y ésta es la opción fundamental de nuestra vida. El encuentro con Cristo y su impacto renovador en nuestra vida es la única explicación de nuestro ser y actuar. Jesús hace del amor a Dios y del amor al prójimo un único precepto. Pero la gran novedad está en que no se trata de una norma externa y extraña que se nos impone, porque el amor ya no es sólo un mandamiento, sino sobre todo la respuesta al don del amor, con el que Dios nos amó primero y ha salido a nuestro encuentro.

El acto de entrega de Jesús queda perpetuado mediante la institución de la Eucaristía. Él anticipa su muerte y resurrección y se entrega a sí mismo. La Eucaristía nos adentra en ese misterio de la entrega de Jesús. Este misterio, que nos sobrepasa, tiene una dimensión de entrega como alimento, como unión con Él, como posibilidad de encontrarse con Él y permanecer en Él. Por otra parte, en la comunión sacramental cada uno de nosotros permanece unido al Señor junto con todos los que comulgan, y consecuentemente, forma con ellos un solo cuerpo, porque todos nos alimentamos de un mismo pan. La unión con Jesucristo es a la vez unión con los hermanos. Sólo a partir de ese fundamento se puede entender el mandamiento del amor, que no es una norma moral externa, porque la fe, el culto y la moral se convierten en tres dimensiones de una única realidad que se configura y es consecuencia del encuentro con Dios. Amar a Dios y al prójimo serán dos dimensiones inseparables de una única actitud.

Quizás alguien dirá que para el ser humano es imposible cumplir este mandamiento, y no le faltarán argumentos y pruebas echando un vistazo tanto a la sociedad como a las propias experiencias de fracaso después de hacer propósitos firmes. Pero por encima de todo y para que nunca perdamos la esperanza, una realidad es cierta y previa: Él nos ha amado primero, es Dios quien ha tomado la iniciativa, es él quien sigue amándonos, quien nos ofrece incesantemente su amor. De ahí nace la certeza de que podemos corresponder al amor de Dios y proyectar ese amor hacia los demás. Es posible cumplir el mandamiento nuevo de amar como Jesús nos ha amado porque el mismo Dios nos da antes la fuerza, la gracia, la capacidad de amar. Antes que un mandamiento externo, es un don, una gracia, la consecuencia de una transformación del corazón que posibilita una nueva vida.

El encuentro con el Señor en la Eucaristía será alimento y renovación continua de ese amor y también el encuentro con el Señor presente en el hermano necesitado. La vivencia del mandamiento nuevo de Jesús deberá ser el distintivo visible de cada comunidad cristiana, de nuestra Iglesia local de Sevilla. Por esta señal se reconocerá que somos discípulos de Cristo.

Amar al hermano, servir al hermano, dar la vida por él. Jesús nos invita a vivir el mandamiento del amor y nos da ejemplo ofreciendo su vida por la salvación de todos. Encomendémonos a María Santísima, Madre y Maestra de la escuela del amor. Ella nos enseñará a vivir la Eucaristía, ella nos enseñará a amar hasta el extremo. Que así sea.

 

+ José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla


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