Homilía en la ordenación de cuatro sacerdotes y cuatro diáconos

Homilía en la ordenación de cuatro sacerdotes y cuatro diáconos

 

Homilía de Mons. José Ángel Saiz Meneses en la ordenación presbiteral de Germán Carrasco, José Pablo Hoyo, Julio Sánchez y Manuel Franco; y la ordenación diaconal de Fernando Martín, Andrés Rodríguez, Camilo Castillo y Moisés Benavides.

Catedral de Sevilla, 16 de septiembre de 2023.

Lecturas: Jr 1, 4-9; Rm 12, 4-8; Jn 15, 9-17.

 

  1. “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”.

 

  1. Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: Sr. Obispo Auxiliar, Consejo Episcopal, Cabildo de la Catedral, Rectores y formadores de nuestros Seminarios, presbíteros, diáconos, seminaristas, miembros de la vida consagrada, miembros del laicado, hermanos todos en el Señor. Queridos Germán, José Pablo, Julio y Manuel, que recibiréis la ordenación presbiteral; queridos Fernando, Andrés, Camilo y Moisés, que seréis ordenados diáconos. Saludo a todas vuestras familias, que os acompañan en un día tan señalado, las aquí presentes y las que siguen la celebración a través de los medios de comunicación.

 

  1. La historia de toda vocación sacerdotal es la historia de un diálogo entre Dios y el hombre, entre Dios que llama, y el hombre, que responde desde su libertad. Ahora bien, la iniciativa de la llamada es de Dios. Así le sucede al profeta Jeremías: «El Señor me dirigió la palabra: —Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones» (Jr 1, 4-5). La primacía de la gracia en la vocación encuentra su formulación más precisa en las mismas palabras de Jesús: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca». (Jn 15, 16).

 

  1. 4. El Señor Jesús, fundó su Iglesia y envió a los Apóstoles por todo el mundo. La misión de la Iglesia continúa y desarrolla a lo largo de la historia la misma misión de Cristo, que quiere conducir a todos los hombres a la fe, a la libertad y la paz, que lleguen a la plena participación del misterio de Dios. La Iglesia debe seguir el mismo camino de Cristo, el camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la entrega total. La misión de los discípulos es colaboración con la de Cristo y no se fundamenta en las capacidades o en las estrategias humanes, sino en el poder del Señor resucitado presente en su Iglesia.

 

  1. San Juan relaciona directamente la misión que Jesús confía a sus discípulos con la que él mismo ha recibido del Padre: «Como el Padre me ha enviado a mí, también yo os envío a vosotros» (Jn 20, 21 ). Pues bien, Cristo os dice esto mismo hoy de manera muy personal a vosotros. Con la ordenación sacerdotal, quedáis insertados en la misión de los Apóstoles, y a través de este ministerio, formáis parte de la gran multitud de quienes han recibido la misión apostólica.

 

  1. La alegoría de la vid y los sarmientos, en el discurso de despedida de la última cena, habla de que quien permanece unido a Jesús da un fruto abundante y que él nos destina a dar un fruto duradero. Permanecer y dar fruto. Unión vivificante de cada uno con Cristo y unidad comunitaria de todos en la Iglesia. Permanecer significa la mutua intimidad de pensamiento y vida. Nos manda que permanezcamos en el amor que nos tiene. Permanecer es fidelidad y constancia, es no separarse, no alejarse de lo que es el centro de nuestra vida. Cristo permanece en el amor que le tiene el Padre cumpliendo su mandamiento de amar a los hombres; nosotros permaneceremos en el amor que nos tiene Cristo si cumplimos su mandamiento de amarnos unos a otros.

 

  1. Dar fruto significa llevar a cumplimiento la misión de Cristo. En este mismo sentido dice Jesús que «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24). Él es ese grano de trigo, él y su palabra. Los que reciben a Cristo y su palabra, los que permanecen en él y cumplen lo que él dice, los que mueren con él para que el mundo viva, dan mucho fruto, y éste es el fruto que permanece. En este fruto, en esta cosecha, está empeñada la Iglesia, que para llevar adelante su empeño debe continuar unida al Señor, dejando que sea el Señor el que inspire toda su organización y le infunda la vida.

 

  1. Permanecer en el amor a Dios es permanecer en el mandamiento de Jesús, en la entrega de amor al prójimo. Será preciso aplicarnos con generosidad y amor a las nuevas situaciones de sufrimiento y de dolor de las personas, de los más pobres y vulnerables, de los enfermos, de las personas más abandonadas y desasistidas, de los rechazados en la sociedad por cualquier causa; será preciso responder a los retos que hallemos en cada momento, consecuencia de la crisis de sentido, de la crisis de fe, de la crisis que genera una economía que no se plantea poniendo a la persona en el centro de su actividad, y produce una situación de extrema necesidad en no pocos hermanos nuestros. Del mismo modo como Jesús amó con predilección a los más necesitados, así los debemos amar nosotros.

 

  1. “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto” (Jn 15, 1-2). La poda es una operación que consiste en cortar las ramas muertas, enfermas o superfluas del árbol, en este caso, de la vid, con la finalidad de que renazca la vida y de adquirir una forma más bella. A lo largo de la vida sacerdotal hay que dejarse podar por Dios, por el Padre, que es el Viñador. Dejarse podar las actitudes pecaminosas de egoísmo, de soberbia, de orgullo, de egocentrismo, de pereza; dejarse podar las formas temperamentales que dificultan la acción del Espíritu, que van desde el individualismo estéril al conformismo gregario; dejarse podar para configurarse a Cristo Buen Pastor y dar un fruto abundante.

 

  1. Queridos Germán, José Pablo, Julio y Manuel; Fernando, Andrés, Camilo y Moisés. El sacramento del Orden, que estáis a punto de recibir, os hará partícipes de la misma misión de Cristo; estaréis llamados a sembrar la semilla de su Palabra, a distribuir la misericordia divina y a alimentar a los fieles en la mesa de su Cuerpo y de su Sangre. En este momento tan solemne e importante de vuestras vidas, Jesús os dice a vosotros también: Ya no te llamo siervo, sino amigo. Aceptad y cultivad esta intimidad con Cristo.

 

  1. En este camino sacerdotal siempre os acompañará María, Virgen de los Reyes, Madre de los sacerdotes. Ella al pie de la cruz se unió al sacrificio de su Hijo y, después de la resurrección, en el Cenáculo, recibió con los Apóstoles y con los demás discípulos el don del Espíritu. Ella estará a vuestro lado siempre para que con la gracia de Dios deis un fruto abundante y duradero. Que así sea.

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