‘HACER LA VOLUNTAD DE DIOS ES LO QUE NOS DA LA VIDA’

‘HACER LA VOLUNTAD DE DIOS ES LO QUE NOS DA LA VIDA’

Juanma Montero, Mariola Sánchez y sus nueve hijos, misioneros en Costa Rica

Juan Manuel Montero y María de la O Díaz, matrimonio sevillano perteneciente a la tercera comunidad neocatecumenal de la parroquia San Antonio María Claret, lo dejaron todo para partir a la misión en Puntarenas (Costa Rica). No están solos. Clara, Mariola, Pilar, Jesús, Belén, Carmen, José, Teresa y Juan Miguel están con ellos. Son sus nueve hijos, siete de los cuales nacieron en la misión –uno ya se encontraba en el vientre de su madre cuando partieron–. Fueron enviados por Juan Pablo II en el año 2000, y aún no tienen billete de vuelta. 

¿Cómo experimentasteis la llamada a la misión ad gentes?

Los dos pertenecemos al Camino Neocatecumenal. Caminando en la tercera comunidad del Claret de Sevilla, ambos tuvimos la experiencia en nuestras vidas del amor de Dios, de que para Dios no había nada imposible y de que lo que la vida y el mundo nos ofrecían no nos llenaba. Sentíamos que entregar la vida al servicio de los demás, dar gratis lo que recibimos gratis, en especial a los pobres, era ganarla.

Dentro del Camino Neocatecumenal surgió este carisma de Familia en Misión con el fin de anunciar el amor de Dios en cualquier parte del mundo, en especial en barrios marginales con situaciones sociales y familiares dificilísimas, y hacer presente a la familia cristiana, viviendo como pobres entre los pobres. Los dos vimos claro a lo que nos llamaba el Señor. Partimos hacia la misión en agradecimiento a todo lo que Dios había hecho en nuestras vidas y al descubrir que la felicidad completa que los dos buscábamos era dar la vida, en especial junto a los pobres, donde Cristo se encuentra muy cercano.

¿Por qué Costa Rica?

Coincidiendo con el jubileo de las familias en el año 2000, los Iniciadores del Camino Neocatecumenal organizaron una convivencia de familias en Italia para responder a las peticiones de obispos de todo el mundo para recibir familias misioneras en sus diócesis y ser enviadas a estos lugares especialmente difíciles.

Después de mostrar nuestra disponibilidad a partir a cualquier lugar fuimos invitados a esta convivencia. Tras varios días de escuchar experiencias de las familias que ya estaban en misión en diferentes países de todo el mundo, se hizo un sorteo con dos canastas: una con el destino y otra con la familia. Para Costa Rica salimos tres familias españolas y no sabíamos muy bien cómo era, sólo nos dijeron que era como la selva, muy verde.  Al cierre del jubileo, sabiendo ya nuestro destino, fuimos enviados por San Juan Pablo II, en una Eucaristía solemne en la Plaza de San Pedro de Roma; Mariola iba ya con el tercer embarazo de 5 meses.

¿En qué consiste vuestra misión?

Nuestra misión consiste, en primer lugar, en vivir como familia cristiana. En un barrio destruido por las drogas, la pobreza y la prostitución son necesarios testimonios de esperanza. La fidelidad y la apertura a la vida, en especial con los hijos, son un testimonio del poder de Dios en nuestras vidas.

En segundo lugar, predicamos casa a casa, anunciando el Kerigma, invitando a todos como en la parábola del Hijo Pródigo, a volver a la casa del Padre; por último, nos ponemos al servicio del párroco y del obispo de la diócesis para realizar cualquier labor pastoral para la que nos necesiten: hacemos catequesis prebautismales, iniciación cristiana para adultos, trabajamos en la cárcel con los reclusos, etc. Y donde no hay sacerdotes, hacemos celebraciones de la Palabra, repartimos la comunión, e incluso, alguna vez, nos ha tocado “enterrar cristianamente” a algún que otro vecino. Como ven, ¡toda ayuda en la misión es poca!

¿Compagináis la misión con algún trabajo remunerado? ¿Cómo podéis mantener a la familia?

El carisma de la Familia en Misión es vivir exactamente igual que cualquier familia de los barrios en los que vivimos. No tenemos por tanto salario por ser misioneros y para vivir debemos buscar trabajo. Nosotros tuvimos la fortuna de que el obispo que nos pidió para su diócesis, mons. Hugo Barrantes, me contrató como secretario diocesano de pastoral, con un sueldo simbólico, pero algo era.

Tras ocho años, la Curia se quedó sin dinero y me despidieron. Luego me ofrecieron trabajar como profesor de Informática en la Escuela de la Diócesis, que es lo que ahora mismo hago. Mariola está en casa cuidando de los pequeños. El trabajo en la escuela nos permite dedicar todas las tardes para las diferentes actividades de la misión, además de atender a los niños… que es mucho trabajo. Pero con el sueldo que recibo, apenas pagamos las facturas. El resto proviene de la generosidad de nuestras familias, la comunidad de la que venimos, de amigos, y de mucha gente de por aquí que, desprendidamente, nos ayudan con lo poco que tienen.

¿Cada cuánto tiempo volvéis a Sevilla?

Volvemos a Sevilla, literalmente, cuando Dios quiere. Como ya te he contado, económicamente no recibimos ayuda, así que para poder ir dependemos del esfuerzo de nuestras familias, de nuestra comunidad y los amigos que quieran ayudarnos. Ya que aquí es imposible ahorrar para oncee billetes de avión. Suelen pasar entre dos y tres años para poder ir un par de meses para ver a la familia y nuestra comunidad de origen. Es lo más duro de la misión. La última vez estuvimos octubre y noviembre del 2013… y ya comenzamos a rezar para poder volver…

¿Cómo recibieron la noticia vuestras familias y vuestra comunidad?

En general todo el mundo que se enteró de nuestra misión quedaba sorprendido. Algunos nos llamaban irresponsables: se puede entender ir uno solo a la misión, pero ¿con niños tan pequeños y embarazada?

Nuestras familias sufren mucho la separación pero se alegran por ver nuestra felicidad en el servicio al Señor. Especialmente los abuelos extrañan muchísimo a sus nietos y al revés. Todos nos dicen que ya podemos regresar después de 14 años de misión… Y en Sevilla también hay mucha misión que hacer… Pero mientras que veamos que Dios nos llama al servicio en Costa Rica, aquí seguiremos. Los dos sabemos que hacer la voluntad de Dios es lo que nos da la vida. Nuestros hermanos de comunidad, cuando salimos, estaban ilusionados pero no daban un duro por nosotros… Teníamos 29 y 30 años, con apenas tres años de casados y dos niñas pequeñas y un embarazo… Así que pensaban que en 15 días volvíamos a casa. Lo cierto es que es un milagro del Señor que nos ha mantenido en medio de tribulaciones, peligros, crisis, precariedades y, claro, milagros y alegrías. Todo ha sido gracia tras gracia por parte de Dios.

¿Cómo ha fortalecido vuestra fe la experiencia de la misión?

Hemos visto a Cristo entre los pobres y acompañar en el sufrimiento a los inocentes, porque muchas veces no puedes hacer más que acompañar y rezar con ellos. No se puede explicar con palabras. Hemos visto a Dios actuando en las vidas de mucha gente que se ha creído el anuncio de que con la ayuda de Dios su vida podía cambiar. Ver a Dios tan palpable nos ha ayudado a conocernos, a amarnos y a perdonarnos.

Seguramente, si no fuera por esta presencia tan real nuestro matrimonio sería distinto, o incluso no existiría ya. Hemos aprendido a vivir con muy poco o mejor, a necesitar muy poco para vivir y experimentar que Dios provee.

¿Cómo viven vuestros hijos la misión?

Dios nos ha demostrado que es mucho mejor padre que nosotros, y sabe cuidar, amar e incluso mimar a los niños con mucha más delicadeza de lo que nosotros podríamos hacer. Ellos se sienten misioneros. Han pasado precariedades, pero han aprendido a vivir con ellas y a disfrutar también cuando llegan los buenos momentos.

Han descubierto que lo material no da la felicidad y sabemos que esta es la mejor herencia que les podemos dejar. Alguna ya dice que será misionera cuando sea mayor y, aunque empiezan con los problemas de la adolescencia, llevan una semilla en sus vidas que estamos seguros les ayudará en el futuro.


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