‘En esta Cuaresma, dejémonos reconquistar por Dios’, carta pastoral del Arzobispo de Sevilla

Queridos hermanos y hermanas:

 “Mirad que subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles” (Mc 10,33). Con estas palabras inicia el evangelista san Marcos el relato de la Pasión del Señor. Con ellas, invita Jesús a sus discípulos a recorrer con Él el camino que le llevará a consumar su misión salvadora. La subida a Jerusalén, culminación de la vida histórica de Jesús, es en realidad el modelo de vida del cristiano, comprometido a seguir al Maestro por el camino de la Cruz. En este domingo, con el que iniciamos la última semana de Cuaresma, el Señor nos dirige a nosotros esa misma invitación y nos pide que nos preparemos para una participación activa y fructuosa en los misterios de su pasión, muerte y resurrección.

A lo largo de estos días de Cuaresma todos hemos sido invitados a la conversión de nuestras miserias y esclavitudes, de los ídolos que nos atenazan, el egoísmo insolidario, la vanidad, el ansia de poder, la envidia, la impureza, la tibieza y la resistencia sorda y pertinaz a la gracia de Dios, es decir, la triste realidad del pecado en nuestras vidas.

En la última semana de Cuaresma todos estamos invitados a quemar etapas si es que hasta ahora no hemos entrado de verdad en el espíritu de este tiempo santo. El Señor nos invita a intensificar la oración humilde y confiada, el diálogo amoroso con nuestro Padre, que nos ayuda a ahondar en el espíritu de conversión. Nos invita también al ayuno, la mortificación, la limosna discreta y silenciosa, mirando a los pobres con la mirada conmovida de Cristo que se compadece de las multitudes.

En la primera lectura de este domingo, el profeta Isaías nos dice que el mismo que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto y lo tuteló durante cuarenta años en su peregrinación por el desierto, está dispuesto a abrir para nosotros caminos por el desierto y ríos en el yermo, es decir, está dispuesto a transformarnos y a devolvernos la vida y la esperanza, como devolvió la vida y la esperanza a la mujer adúltera que los letrados y los fariseos presentan ante Jesús para que la condene a la lapidación, como prescribía la ley de Moisés.

Jesús, sin embargo, no la condena, sino que la salva y la perdona a condición de que no peque más. También a nosotros nos perdona el Señor en el sacramento de la penitencia, el más hermoso de los sacramentos después del bautismo y de la Eucaristía, el segundo bautismo, como lo llaman los Padres de la Iglesia, un sacramento sumido en estos momentos en una profunda crisis como consecuencia de la perdida de la conciencia del pecado. Es un hecho que hoy los cristianos comulgan más, pero se confiesan menos, y es evidente que no debería ser así. ¡Volvamos, queridos hermanos y hermanas, al sacramento de la penitencia, en el que el Señor nos espera para acogernos, recibirnos, abrazarnos como al hijo pródigo y restaurar en nosotros la condición filial! En él el Señor nos perdona hasta el fondo.

La confesión frecuente es también manantial de santidad, porque en él recibimos, además del perdón de los pecados, una gracia peculiar para luchar contra el mal y crecer cada día en la fidelidad al Señor, para vivir una vida de piedad sincera, afincada en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios, en la recepción de los sacramentos; una vida alejada del pecado, de la impureza, del egoísmo y de la mentira; una vida pacífica, honrada, austera, sobria, fraterna, edificada sobre la verdad, la justicia, la misericordia, el perdón  y la generosidad.

En la última semana de Cuaresma os invito, queridos hermanos y hermanas a dejaros encontrar por el Señor, a dejaros reconquistar por Él. Esto es lo decisivo en los días santos que se acercan. Nos lo dice san Pablo en la segunda lectura de este domingo: “Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y de existir en Él”. No os quedéis la superficie, en la costra, en los aspectos más externos de nuestros cultos, de las manifestaciones de la piedad popular y de nuestras estaciones de penitencia, en los aspectos culturales, tradicionales o costumbristas. Pido al Señor que los días santos que vamos a celebrar propicien un verdadero encuentro, hondo y cálido con el Señor, que robustezca nuestra fe, transforme nuestras vidas y tenga su reflejo en nuestra existencia cotidiana. De lo contrario, todo será pérdida, basura, nos ha dicho San Pablo, si no os encontramos vitalmente con el Señor.

Para todos mis mejores deseos de una fecunda, fructuosa y gozosa Semana Santa, con mi afecto y bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla


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