‘Solidaridad con el sufrimiento de Venezuela, Nicaragua y Honduras’, carta pastoral del Arzobispo de Sevilla

Queridos hermanos y hermanas:

En los últimos meses no dejan de llegarnos noticias preocupantes y dolorosas sobre los países hermanos de Hispanoamérica. Los medios de comunicación nos dan noticia de la crisis económica de Argentina, de los sufrimientos de Venezuela, que vienen de lejos, de los conflictos sangrientos que vive Nicaragua, víctima de una dictadura implacable, y de la marcha de una legión de hondureños que huyen de su país ante la pobreza y el clima de violencia insoportable. Estoy convencido de que el sentimiento de solidaridad con estos países hermanos es compartido por todos los sevillanos. Nos unen el idioma, la cultura y la fe en Jesucristo.

Pero no sólo nos llegan noticias casi siempre desgarradoras. Están llegando también a los barrios de nuestras ciudades y pueblos muchos hermanos latinoamericanos buscando la paz, la esperanza y un futuro mejor que no encuentran en sus lugares de origen. Los hermanos de Venezuela llevan tiempo emigrando a nuestro país, a Sevilla y a sus pueblos. Son en muchas ocasiones personas de gran valía y alta cualificación profesional. Últimamente vienen a nosotros también hermanos de la querida República de Nicaragua. En ambos países se están viviendo situaciones de represión y de conculcación sistemática de los derechos humanos, cuando no de violencia extrema, que hacen temer un enfrentamiento civil. Por ello, son muchos los venezolanos y nicaragüenses que vienen a España en demanda de asilo y de refugio. Es seguro que todos nosotros nos hemos conmovido contemplando en los medios el triste e infructuoso peregrinar de millares de hondureños que han salido de su patria huyendo del hambre y de una violencia generalizada.

Como en los tiempos de San Óscar Romero, la iglesia latinoamericana está dando un testimonio emocionante de fidelidad al Evangelio defendiendo la vida, la justicia y la libertad de su pueblo. Eso le está costando ser perseguida de diversas maneras: sacerdotes maltratados y templos y sagrarios profanados. Hasta el Nuncio de Su Santidad y varios obispos están siendo amenazados y acosados por su clara defensa de la vida y la dignidad de los campesinos, los estudiantes y las familias de su pueblo. También las iglesias de los países vecinos están siendo ejemplo de solidaridad y de acogida, sobre todo con los venezolanos, viviendo aquello a lo que nos exhorta el Señor en el evangelio: “Tuve hambre y me distéis de comer, fui peregrino y me acogisteis” (Mt 25,35).

Un número significativo de venezolanos y nicaragüenses llegan a España arropados por amigos y familiares que llevan ya tiempo entre nosotros. Normalmente, la primera institución a la que acuden buscando consuelo y ayuda es la Iglesia. Silenciosamente entran en nuestros templos y, con gran piedad, rezan al Señor y a la Santísima Virgen con lágrimas en los ojos. Silenciosamente salen de nuestras iglesias con el corazón dolorido y a la vez consolado y esperanzado. También llegan a nuestras Cáritas parroquiales solicitando ayuda. A los párrocos, a los directores y voluntarios de las Cáritas parroquiales y a los responsables de las bolsas de Caridad de nuestras Hermandades les pido que acojan con especial solicitud a los hermanos que, recién llegados de estos países, necesitan nuestra escucha, nuestra comprensión y nuestra ayuda. Personalmente he pedido al Director de Cáritas diocesana que busque la forma más eficaz de hacerles llegar nuestra ayuda. He encargado también al Delegado de Migraciones que muestre la cercanía y la solicitud de la Iglesia con estos hermanos.

Mucho me duelen los comentarios xenófobos y racistas que circulan por las redes sociales, sobre todo cuando son de personas cercanas a la Iglesia. Se difunden datos falsos y rumores infundados que hieren a los inmigrantes y hacen daño a nuestras propias comunidades. Hemos de acallar esos rumores. Los inmigrantes no son causantes de los problemas sociales que tienen nuestros barrios o nuestros pueblos. Son ellos los que sufren muchas veces situaciones de explotación e injusticia. Ellos, por el contrario, con su ilusión, su ternura, su amor a la vida y su fidelidad a sus culturas y tradiciones, están enriqueciéndonos a todos. Por otra parte, ellos rejuvenecen nuestras comunidades parroquiales y nos evangelizan con su fe sencilla y fervorosa, como he comprobado con gozo en mis visitas a las parroquias.

Antes de concluir, envío un abrazo fraterno a mis hermanos en el episcopado de Venezuela, Nicaragua y Honduras, en unos momentos en los que ellos y su pueblo están viviendo situaciones difíciles y dolorosas. En esta hora es preciso recordar las palabras del Evangelio: “Dichosos vosotros cuando os injurien y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mt 5,11-12). Que la Santísima Virgen, patrimonio común de España e Hispanoamérica, cuide, bendiga y proteja a estos pueblos hermanos y a sus pastores.

Para todos, y muy especialmente para nuestros hermanos de Venezuela, Nicaragua y Honduras, mi abrazo fraterno y mi bendición.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla


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