Santas Justa y Rufina. Una devoción a través del arte

Santas Justa y Rufina. Una devoción a través del arte

Son muchas las representaciones artísticas que tenemos de las santas Justa y Rufina, cuya devoción se mantiene viva, en parte gracias al arte, después de más de mil ochocientos años. Nos remontamos al siglo III, cuando Hispalis se encontraba bajo el dominio del Imperio Romano, y hacemos un recorrido iconográfico por las santas que dan nombre a una de las parroquias ubicadas en el barrio de Triana.

Es poco lo que se conoce de la vida de estas dos mujeres, consideradas santas por las iglesias católica y ortodoxa. Además de la tradición oral, las primeras referencias escritas datan de varios siglos después de su vida, martirio y muerte. Curiosamente, la mitología politeísta romana contemporánea a estas dos figuras, o el Islam, que imperó en la Península durante siglos, no han logrado frenar el desarrollo y extensión de esta devoción hasta lugares alejados de la urbe hispalense.

Muchos artistas españoles han representado a las patronas sevillanas. Si viajamos a través del arte, la más famosa iconografía de las santas las muestra abrazando la Giralda -la tradición las señala como protectoras de la misma, considerando que por su intercesión no cayera tras el terremoto de 1504-, también portando palmas como símbolo del martirio y con objetos de barro alusivos a su profesión de alfareras. Siempre formando pareja. Como ha apuntado Ana Isabel Gamero, conservadora de la Catedral, en una conferencia pronunciada en la citada parroquia trianera, la intención en estas representaciones artísticas es mostrar en su juventud la naturaleza de la santidad y sus símbolos.

En la Catedral de Sevilla hay una capilla dedicada a las santas y en ella figuran las esculturas, realizadas por Pedro Duque Cornejo en 1728, que participan en la procesión del Corpus Christi. Pero no son las únicas representaciones que podemos encontrar en la seo hispalense. Acompañando al Señor Sacramentado, la imponente custodia que labrara Juan de Arfe contiene dos representaciones en plata.

Las alfareras en Triana

En cuanto a pintura, posiblemente la representación más antigua que conocemos en Sevilla sea la de iglesia de Santa Ana, en Triana. Obra del Maestro de Moguer (1515), se trata de una pintura sobre tabla que forma parte de un pequeño retablo. Ambas aparecen abriendo un gran telón para mostrar la ciudad de Sevilla, se ve la Giralda, que aún no era como la conocemos hoy en día, y le faltaba el remate que llevó a cabo Hernán Ruiz coronado por el Giraldillo.

Las santas Justa y Rufina llegaron a embellecer la parte exterior de la Giralda, en su cara norte. Eran unas pinturas murales obra del pintor sevillano Luis de Vargas, pero desgraciadamente no han llegado hasta nuestros días. La única forma de hacerse una idea de cómo eran esos frescos es contemplando el lienzo de Miguel de Esquivel, fechado en 1620. Esta obra servirá de partida para toda la iconografía posterior, con Bartolomé Esteban Murillo como mayor exponente.

De Murillo a Goya

Entre 1660 y 1670, el autor de las Inmaculadas realiza sus obras más importantes por lo que es considerada su época de máximo esplendor. En esas fechas pintó varios cuadros de las santas más veneradas de la ciudad, representándolas como dos bellas y elegantes damas de la Sevilla barroca. En 1665 pinta la magnífica versión de las santas de cuerpo entero para el primer cuerpo del Retablo Mayor del Convento de los Capuchinos de Sevilla, convirtiéndose con el tiempo en una de sus obras más populares. Es un cuadro de gran formato, que puede contemplarse hoy en el Museo de Bellas Artes, y que llega a tener mucha devoción. Santa Justa mira hacia el espectador con gesto tranquilizador en una conexión directa, mientras su hermana Justa mira al cielo. Las santas están representadas por dos jóvenes bellas y delicadas, situadas de manera frontal.

En esta obra magistral se basó Francisco de Goya para realizar el cuadro que hay en la Catedral de Sevilla, concretamente presidiendo el altar mayor de la Sacristía de los Cálices.

Si accedemos a la sala capitular y elevamos la mirada contemplamos entre los ocho santos sevillanos a las dos hermosísimas imágenes de las santas, que salieron de los pinceles de Murillo entre los años 1667 y 1668. Visten al gusto romano reproduciendo en ellas su ideal de belleza femenina, y muestran la amabilidad de su expresivo y delicado semblante.

Desde la Catedral hasta el último rincón de la ciudad, decenas de artistas han dejado plasmada esta devoción. Diego de Pesquera, Lorenzo Mercadante, Francisco Pacheco, Zurbarán o Juan de Espinal, hasta volver a la Parroquia del Sagrario, donde tuvieron hermandad y donde aún hoy en día la Sacramental catedralicia celebra la función en su honor. No olvidemos tampoco las imágenes que se custodian en el retablo de la iglesia colegial del Salvador o la parroquia que lleva sus nombres.

Como subrayaba la conservadora de la Catedral, “contemplando toda esta belleza en forma de arte, nos sentimos en la necesidad de imitar a estas dos jóvenes que entregaron lo más preciado, sus vidas por permanecer firmes a su fe. Ellas –añade- son la perfección de grandes valores: la solidaridad, la compasión, el servicio a los demás, el amor, el heroísmo, la paz, el perdón…” Esa belleza exterior de las santas alfareras representadas por grandes artistas nos hace ver, sin duda, la belleza interior de la santidad canonizada.


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