Modificaciones en la Tercera edición del Misal Romano (VIII). Ritos iniciales (II)

Modificaciones en la Tercera edición del Misal Romano (VIII). Ritos iniciales (II)

Continuamos con los ritos iniciales que empezábamos el domingo pasado:

Saludo al pueblo congregado

Terminado el canto de entrada, el sacerdote va a la sede. La sede significa el oficio del sacerdote de presidir la asamblea y dirigir la oración. En la iglesia principal de la Diócesis está la sede del Obispo que se llama Cátedra (por eso la iglesia se llama Catedral), porque desde ahí enseña al pueblo a vivir el Evangelio de Cristo.

Luego, el sacerdote y toda la asamblea hacen la señal de la cruz; a continuación, el sacerdote, por medio del saludo, manifiesta a la asamblea reunida la presencia del Señor. Con este saludo y con la respuesta del pueblo queda de manifiesto el misterio de la Iglesia congregada.

Acto penitencial

Después, el sacerdote invita al acto penitencial, que, tras una breve pausa de silencio, realiza toda la comunidad con la fórmula de la confesión general y se termina con la absolución del sacerdote, que no tiene la eficacia propia del sacramento de la penitencia.

Los domingos, sobre todo en el tiempo pascual, en lugar del acto penitencial acostumbrado, puede hacerse alguna vez la bendición y aspersión del agua en memoria del bautismo.

Señor, ten piedad

Después del acto penitencial se inicia siempre el ‘Señor, ten piedad’. Es un canto con el que los fieles aclaman al Señor y piden su misericordia.

Gloria

El Gloria es un antiquísimo y venerable himno con que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y al Cordero y le presenta sus súplicas. El texto de este himno no puede cambiarse por otro. Se canta o se recita los domingos, fuera de los tiempos de Adviento y de Cuaresma, en las solemnidades y fiestas, y en algunas peculiares celebraciones más solemnes.

Oración colecta

A continuación, el sacerdote invita al pueblo a orar; y todos, a una con el sacerdote, permanecen un momento en silencio para hacerse conscientes de estar en la presencia de Dios y formular interiormente sus súplicas. Entonces el sacerdote lee la oración que se suele denominar “colecta”, por medio de la cual se expresa la índole de la celebración. El pueblo, para unirse a esta súplica, la hace suya con la aclamación: Amén. Esta oración la dirige a Dios el sacerdote que preside la celebración actuando en la persona de Cristo, en nombre de todo el pueblo santo y de todos los circunstantes.

En la próxima entrada hablaremos de los elementos que componen la Liturgia de la Palabra.

 


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