Sínodo 2023: Comunión, participación y misión

Sínodo 2023: Comunión, participación y misión

Un nuevo Sínodo en el horizonte

Un saludo cordial a todos los presentes: Sr. Presidente del Consejo General de Hermandades y Cofradías de Sevilla, Junta Superior, y Hermanos y Hermanas Mayores de las Hermandades y Cofradías de nuestra ciudad de Sevilla, Delegado episcopal; autoridades presentes. Agradezco vuestra amable invitación para impartir esta ponencia de apertura del nuevo curso.

Como sabéis, el papa Francisco ha convocado la XVI Asamblea General de los Obispos con el tema: «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión». Un sínodo sobre la sinodalidad para hacer realidad la participación en la Iglesia. Un sínodo que comporta una etapa diocesana que iniciaremos el próximo 17 de octubre, y que se alargará hasta el mes de abril del año 2022; después tendrá lugar una fase continental, de septiembre de 2022 hasta marzo del 2023. En octubre de 2023 tendrá lugar la fase universal, la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.

La palabra sínodo indica el camino que recorren juntos los miembros del Pueblo de Dios. El papa Francisco, el 17 de octubre de 2015, en el Discurso que pronunció en la Conmemoración del 50 aniversario de la Institución del Sínodo de los Obispos, por parte de san Pablo VI, afirmó que «el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio», y lo ha convertido en un compromiso programático. En el mismo discurso afirmó que la sinodalidad «es dimensión constitutiva de la Iglesia», de modo que «lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, ya está todo contenido en la palabra “Sínodo”». En esa misma línea, el 22 de mayo de 2017, en el Discurso de la apertura de los trabajos de la 70 Asamblea general de la Conferencia Episcopal Italiana, afirmó:

«Caminar juntos es el camino constitutivo de la Iglesia; la figura que nos permite interpretar la realidad con los ojos y el corazón de Dios; la condición para seguir al Señor Jesús y ser siervos de la vida en este tiempo herido. Respiración y paso sinodal revelan lo que somos y el dinamismo de comunión que anima nuestras decisiones. Solo en este horizonte podemos renovar realmente nuestra pastoral y adecuarla a la misión de la Iglesia en el mundo de hoy; solo así podemos afrontar la complejidad de este tiempo, agradecidos por el recorrido realizado y decididos a continuarlo con parresía».

Esta ponencia tratará sobre algunos aspectos del contenido del Sínodo. La desarrollaremos en tres partes: En primer lugar, recordaremos esquemáticamente los fundamentos doctrinales de la Iglesia como Pueblo de Dios, en comunión y misión; en la segunda parte señalaremos las actitudes esenciales para recorrer el camino en comunión; por último, reflexionaremos sobre la práctica de la comunión y la sinodalidad en la Iglesia universal, diocesana, y en nuestras Hermandades y Cofradías.

1. La Iglesia, Pueblo de Dios en comunión y misión

Nuestro Señor Jesucristo, después de completar con su muerte y resurrección los misterios de nuestra salvación, fundó su Iglesia y envió a los Apóstoles por todo el mundo: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20; cf. Mc 16,15-16; Lc 24,46-49; Jn 20,21). La misión de la Iglesia continúa y desarrolla a lo largo de la historia la misión misma de Cristo, que quiere conducir a todos los hombres y mujeres a la fe, a la libertad, a la paz, al amor, a la salvación, a vivir plenamente como hijos de Dios[1].

El día de Pentecostés, después del anuncio de Pedro, se constituye la primera comunidad. A partir de Pentecostés, todas las comunidades son dinamizadas por el Espíritu Santo, que crea la unidad y hace de todos los miembros un solo corazón y una sola alma. La comunidad de Jerusalén vive unida: comparte en primer lugar la fe, es constante en la enseñanza de los Apóstoles, persevera en la oración y en la celebración. Los discípulos son constantes en la fracción del pan, hacen de la Eucaristía el centro de la vida personal y comunitaria y viven la fraternidad de tal modo, que no hay pobres entre ellos (cf. Hch 2,42).

La Iglesia es misterio de comunión[2], de la unión personal de cada ser humano con la Santísima Trinidad y con las demás personas. Una unión que se inicia por la fe, que se vive en la Iglesia peregrina y que se orienta a la plenitud en la Iglesia celeste. Comunión con Dios, por Cristo, en el Espíritu Santo, y también comunión de los fieles entre sí, participando de la vida divina y formando la familia de los hijos de Dios. Esta comunión es un don de Dios y significa una nueva relación entre el ser humano y Dios, que se extiende también a una nueva relación de los hombres entre sí.

El Bautismo es la puerta, la incorporación a la Iglesia, y por tanto, a la comunión eclesial. La Eucaristía es la raíz, el centro, la fuente generadora de la comunión eclesial entre los fieles porque une a cada uno de ellos con el mismo Cristo. La Iglesia de Cristo es la Iglesia universal. Es la congregación universal de los fieles que preside el Obispo de Roma, y también es esa congregación universal agrupada en Iglesias locales que a su vez son presididas por los obispos, en comunión con el Obispo de Roma. En las Iglesias locales se hace presente la Iglesia universal con todos sus elementos esenciales y cada una de ellas es “una porción del Pueblo de Dios que se confía al Obispo para ser apacentada con la cooperación de su presbiterio[3].

En la vida de la Iglesia la comunión se vive, se construye, se pide a Dios. Es una tarea de todo el Pueblo de Dios. El gran desafío al iniciar el tercer milenio es hacer de la Iglesia «la casa y la escuela de la comunión»[4], según nos enseñó san Juan Pablo II, y de la sinodalidad, según añade el Papa Francisco. Este es el gran reto si de verdad queremos responder al designio de Dios y a las esperanzas del mundo. Para ello es condición indispensable promover y vivir una espiritualidad de la comunión, y proponerla como principio educativo en todos los ámbitos formativos de la vida eclesial.

Los fundamentos doctrinales de la Iglesia como comunión y de la eclesiología de comunión parten de la Sagrada Escritura y atraviesan la historia de la Iglesia hasta el Concilio Vaticano II. La eclesiología de comunión es una característica del Concilio Vaticano II. La idea de comunión predominó en el pensamiento eclesiológico de la Iglesia en su primer milenio. Por lo tanto, al centrar de nuevo la teología del misterio de la Iglesia en la noción de comunión, el Concilio ha reavivado un pensamiento perenne en la tradición cristiana. La sinodalidad es expresión de la eclesiología de comunión.

2. Actitudes esenciales en la comunión y sinodalidad

San Juan Pablo II recogió el legado del Concilio y del postconcilio, y al iniciar el tercer milenio, en la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, propuso la espiritualidad de comunión como alma de la comunidad eclesial y como principio educativo para llevar a cabo la misión pastoral de la Iglesia en el nuevo milenio. La sinodalidad pone en el centro el hecho de caminar junto a Cristo y escuchar al Espíritu Santo.

En el nº 43 recoge los contenidos y orientaciones de la espiritualidad de comunión. En primer lugar, propone un desafío: «Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión». En segundo lugar, plantea la espiritualidad de la comunión como principio educativo en todos los ámbitos de formación. En tercer lugar, señala cuatro concreciones de lo que es y significa la espiritualidad de la comunión y el espíritu de la sinodalidad:

«Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.

Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.

Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí», además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.

En fin, espiritualidad de la comunión es saber «dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Gál 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias»[5].

Por último, nos alerta sobre la importancia de este camino: «no nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento»[6]. Por eso hemos de ser muy conscientes de que esta nueva expresión de la espiritualidad eclesial es un proceso, un itinerario espiritual, un dinamismo de crecimiento, no exento de dificultades y purificaciones.

La vivencia de la espiritualidad de comunión en nuestra diócesis se realiza a través de una doble mirada: a la Trinidad Santísima, fuente y origen; a la Iglesia, familia de la que formamos parte, y al hermano, con el que compartimos el camino.

Mirada a la Santísima Trinidad

El misterio de la Santísima Trinidad es el centro de nuestra fe. Es un misterio que sobrepasa las posibilidades humanas de comprensión, pero Dios mismo ha salido al encuentro del ser humano para revelarse, para darse a conocer a través de gestos y palabras como Padre, Hijo y Espíritu Santo, Unidad en la Trinidad, comunión eterna de amor y vida. El Padre da todo al Hijo; el Hijo recibe todo del Padre, y el Espíritu Santo es como el fruto de este amor recíproco del Padre y del Hijo. Este amor se revela como una inefable comunión de Personas[7].

Los Padres de la Iglesia en Oriente insistían en que Dios Padre era el Principio de todo y que él no tenía principio. Es el Eterno, la Vida, la Misericordia misma, el Santo, la Realidad. Pero no encerrado en sí mismo, sino que se abre infinitamente a su Hijo eterno. Y este Hijo nos ha hecho partícipes de su condición de Amado del Padre. Esta realidad significa que el ser humano es divinizado, porque participa de la vida del Padre. La buena nueva del evangelio consiste en que somos hijos de Dios.

Jesucristo es el único Mediador de la relación de Dios Padre con la humanidad. Él participa de la eternidad del Padre, es Uno con él, sin confundirse con él. Somos llamados a contemplar su realidad humana, su cuerpo real, su conocimiento, su voluntad, su amor, su sensibilidad. Somos invitados a contemplar su realidad personal divina, su realidad de Hijo de Dios.

El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad: procede del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo habita en nosotros como en un templo, y actúa en nuestra vida. Es más, se constituye en principio de operaciones, y nuestras obras han de ser movidas por el Espíritu y no según las maneras humanas de actuar. Este es el nivel al cual todo cristiano está llamado.

Este es el misterio central de la vida cristiana, que debería ocupar la mayor parte de nuestra reflexión así como de nuestra oración y contemplación. Seguramente no recibe el espacio y la atención suficiente en las programaciones de la catequesis o en los diversos itinerarios de formación, y me atrevería a decir que tampoco en la predicación. El misterio de la Santísima Trinidad no tiene la centralidad que le corresponde en la vida de fe de la mayoría de los creyentes. Es un aspecto que hemos de mejorar a nivel personal y comunitario.

El fundamento de la espiritualidad cristiana es el misterio de la inhabitación trinitaria, de la vida de Dios en nosotros. El hecho de que Padre, Hijo y Espíritu Santo nos aman tanto, que se constituyen en el principio ontológico y dinámico de vida nueva para nosotros. Por eso es tan importante y necesario mantener una relación personal con cada una de las Personas divinas. Más todavía, todos los elementos de la vida cristiana han de estar referidos a esta relación.

Mirada a la Iglesia y al hermano concreto

Consideramos aquí los otros tres elementos a los que san Juan Pablo II se refiere en el número 43 de Novo Millennio Ineunte, que vienen a ser como consecuencias de la vivencia de la comunión con Dios y con los hermanos, expresiones de esa vida compartida, actitudes con las que se afrontan las relaciones en la familia, el trabajo, el ambiente, la Iglesia.

La primera de esas actitudes hace referencia a la realidad de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. La imagen del cuerpo expresa la solidaridad entre los miembros, la necesidad de que cada miembro cumpla su misión específica, la cooperación imprescindible dentro de la unidad del conjunto buscando el bien común. La diversidad de los miembros y la variedad de las funciones no van en perjuicio de la unidad, como tampoco la unidad anula o difumina la multiplicidad y la variedad de los miembros y de sus funciones.

La espiritualidad de comunión comporta ofrecer al hermano una verdadera y profunda amistad, que será más fuerte desde la unión mutua en Cristo; amando y estrechando los lazos de amistad en Cristo, con Cristo y mediante Cristo; de este modo podrá ir creciendo en extensión y profundidad. San Pablo VI subrayaba que «una amistad es llevadera, pura y fuerte cuando se fundamenta y se nutre de la sublime comunión de amor que el alma cristiana debe tener con Cristo Jesús»[8]. La amistad es un elemento esencial en la vida cristiana y un camino excelente para el apostolado.

La segunda actitud se refiere a ver, acoger y valorar lo que hay de positivo en el otro, como un regalo de Dios para mí. Se trata de estar atentos los unos a los otros, de tomar conciencia de los demás. Desde una mirada de fe estamos llamados a vivir en fraternidad. Contemplar, acoger y valorar todas las realidades a la luz de la fe. Mirar a cada persona concreta como nos imaginamos que la mira Dios. La mirada de Dios es la mirada del amor incondicional que se fija en la persona independientemente de sus valores o méritos; es una mirada gratuita de amor eterno, que permanece siempre fiel. Es preciso ver a los demás con los ojos de Jesús.

La mirada a Zaqueo reavivó su esperanza, y le llevó a la conversión del corazón. A Pedro fue una mirada dolorida, pero sobre todo compasiva, una llamada a levantarse. Para la mujer sorprendida en adulterio significó devolverle su dignidad. La mirada desde la cruz fue de entrega total, de amor y de perdón. La forma como miramos y tratamos a los demás es determinante para su conversión y para su progreso personal. Además, este es el proceder de Nuestro Señor con las personas, incluidos nosotros mismos.

Por último, la actitud de dar espacio al hermano, de llevar la carga de los otros y rechazar las tentaciones egoístas. Dar espacio al otro significa aceptar al otro como es, situarse ante él sabiendo medir las distancias con la palabra y la acción oportunas en cada momento. Comporta también respetar su forma de ser y apoyarle siempre; respetar su libertad y no intentar controlarle; escuchar y ponerse en su lugar para comprender y evitar juicios. Implica, además, no excluir a nadie en función de simpatías y antipatías, de filias y fobias. Es un camino que requiere espíritu de servicio, de sacrificio y de magnanimidad, y para ello hay que poner en práctica el diálogo y el discernimiento.

Llevar mutuamente la carga significa construir el edifico de la caridad rechazando todo tipo de egoísmo, que genera competitividad, desconfianza y envidia, y ser muy conscientes de que quien mantiene todo el peso del edificio es Cristo. El mejor antídoto para vencer esta tentación está, sencillamente, en vivir la caridad, el amor cristiano, porque como san Pablo enseña, «el amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1Cor 13,4-7).

3. La práctica de la comunión y la sinodalidad en la Iglesia universal, diocesana, y en nuestras Hermandades y Cofradías

El gran desafío en el nuevo milenio es hacer de la Iglesia la casa y escuela de comunión. Vamos a describir ahora los ámbitos, instrumentos y espacios de comunión, que están reseñados NMI 44-45.

Afirma el Papa Wojtyla que hemos de valorar y desarrollar aquellos ámbitos e instrumentos que aseguran y garantizan la comunión. Servicios específicos de la comunión como el ministerio petrino y, en estrecha relación con él, la colegialidad episcopal. También se refiere a la Curia romana, la organización de los Sínodos y el funcionamiento de las Conferencias Episcopales. Según su opinión, queda mucho recorrido en el desarrollo de las potencialidades de estos instrumentos de la comunión, tan necesarios para responder con prontitud y eficacia a los problemas que la Iglesia tiene que afrontar en el tiempo presente[9].

Vamos a recordarlos con unas breves líneas. En primer lugar, el Ministerio petrino. ¿En qué consiste la misión del Papa? Recordemos que el Señor hizo de san Pedro el fundamento visible de su Iglesia. El Papa, obispo de Roma y sucesor de san Pedro, «es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles»[10]. En virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, tiene la potestad plena, suprema y universal. La misión del Papa es la confiada a Pedro, según los Evangelios: «confirmar a los hermanos en la fe» (cf. Lc 22,32) y «apacentar su rebaño» (cf. Jn 21,15-17). Por lo tanto, es un servicio a la unidad de la Iglesia en la fe y en la comunión. Se resume en dos aspectos: enseñanza y gobierno.

Respecto al Colegio episcopal, Nuestro Señor, al instituir a los Doce, «formó una especie de colegio o grupo estable y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él»[11]. Afirma el Concilio Vaticano II: «Así como, por disposición del Señor, san Pedro y los demás apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles». Y añade: «El Colegio episcopal, en comunión con el Papa y nunca sin él, es también sujeto de la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia»[12].

La Curia Romana es el conjunto de órganos de gobierno de la Santa Sede y de la Iglesia católica. Está compuesto por un conjunto de instituciones cuya misión es ayudar al Papa en el gobierno de la Iglesia católica, Si bien es cierto que sus funciones son administrativas, legislativas y judiciales, la Curia Romana cumple a su vez una función que afecta las necesidades pastorales de los fieles católicos en todo el mundo.

El Sínodo de los Obispos es una asamblea de obispos que representa al episcopado católico y tiene como tarea ayudar al Papa en el gobierno de la Iglesia universal dándole su consejo. Un Sínodo es un encuentro religioso o asamblea en la que unos obispos, reunidos con el Santo Padre, tienen la oportunidad de intercambiar información y compartir experiencias, con el objetivo común de buscar soluciones pastorales que tengan validez y aplicación universal.

La Conferencia Episcopal es una «institución de carácter permanente, también denominada Conferencia Nacional de Obispos ya que su función es ser la asamblea de los Obispos de una nación o territorio determinado, que ejercen unidos algunas funciones pastorales respecto de los fieles de su territorio, para promover conforme a la norma del derecho el mayor bien que la Iglesia proporciona a los hombres, sobre todo mediante formas y modos de apostolado convenientemente acomodados a las peculiares circunstancias de tiempo y de lugar»[13].

Los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados a todos los niveles en el entramado de la vida de cada Iglesia. «La comunión ha de ser patente en las relaciones entre Obispos, presbíteros y diáconos, entre Pastores y todo el Pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales. Para ello se deben valorar cada vez más los organismos de participación previstos por el Derecho canónico, como los Consejos presbiterales y pastorales»[14].

El Consejo presbiteral es un organismo diocesano previsto por el Concilio Vaticano II, compuesto por sacerdotes, como representantes del presbiterio de la diócesis, que tiene la misión de ayudar al Obispo en el gobierno de la diócesis conforme a la norma del Derecho, para proveer lo más posible al bien pastoral de la misma. El Decreto conciliar Presbyterorum ordinis, recomienda a los Obispos con relación a los presbíteros, entre otras cosas, lo siguiente: «Escúchenlos con gusto, consúltenles incluso y dialoguen con ellos sobre las necesidades de la labor pastoral y del bien de la diócesis. Y para que esto sea una realidad, constitúyase de una manera apropiada a las circunstancias y necesidades actuales, con estructura y normas que ha de determinar el Derecho, un consejo o senado de sacerdotes, representantes del presbiterio, que puedan ayudar eficazmente, con sus consejos, al Obispo en el régimen de la diócesis»[15].

El Consejo pastoral diocesano es un organismo diocesano que tiene la misión de ayudar al Obispo en lo que se refiere a las actividades pastorales de la diócesis, y sugerir medidas prácticas. El Decreto conciliar Christus Dominus, sobre el ministerio pastoral de los Obispos, dice así: «Es muy de desear que se establezca en la diócesis un consejo especial de pastoral, presidido por el Obispo diocesano, formado por clérigos, religiosos y seglares especialmente elegidos. El cometido de este Consejo será investigar y justipreciar todo lo pertinente a las obras de pastoral y sacar de ello conclusiones prácticas»[16]. Su contribución es siempre consultiva. Puede ofrecer una colaboración eficaz de estudio y programación de las actividades. Componen el Consejo pastoral fieles que estén en plena comunión con la Iglesia, pueden ser tanto clérigos y miembros de institutos de vida consagrada como, sobre todo, laicos que representen las diversas regiones y condiciones.

Aunque estos organismos de participación no se inspiran en los criterios de la democracia parlamentaria, puesto que actúan de manera consultiva y no deliberativa, no pierden por ello su significado e importancia. La teología y la espiritualidad de la comunión aconsejan una escucha recíproca y eficaz entre Pastores y fieles. Es muy importante que, sin menoscabo del papel jerárquico de los Pastores, se escuche atentamente a todo el Pueblo de Dios. El Papa aduce dos ejemplos: el primero, cuando san Benito recomienda al Abad del monasterio consultar también a los más jóvenes; el segundo, cuando san Paulino de Nola exhorta a estar pendientes de los labios de los fieles, porque en ellos sopla el Espíritu de Dios.

Comunión y sinodalidad en las Hermandades y Cofradías

¿Cómo vivir la espiritualidad de comunión y el espíritu de la sinodalidad en las Hermandades y Cofradías?

Las Hermandades y Cofradías se organizan a través de las estructuras necesarias para alcanzar su finalidad propia. En primer lugar, cumpliendo los fines de su naturaleza: “Es fin principal y específico de la hermandad y cofradía la promoción del culto público, el cual se tributa en nombre de la Iglesia por las personas legítimamente designadas y mediante actos aprobados por la autoridad de la Iglesia”[17]. Por otra parte, “conscientes de que el culto divino nace de la fe en la Palabra y debe llevar a la vivencia de la caridad, las hermandades y cofradías tendrán, además, necesariamente como fines propios, la evangelización de sus miembros mediante su formación teológica y espiritual, fomentar una vida más perfecta en sus miembros, realizar actividades de apostolado, promover obras de caridad y de piedad y animar el orden temporal con espíritu cristiano”[18].

Es muy importante que se sientan parte de la Iglesia diocesana, que se integren y participen de sus actividades, que vivan en estrecha comunión con el Pastor diocesano, de quien reciben su misión, que mantengan con él una especial relación eclesial y cooperación pastoral en la misión común de la Iglesia, que se integren en los Consejos pastorales correspondientes; que guarden una relación filial con los pastores (Párroco, Vicario episcopal, Arcipreste, Rector, Capellán, o Superior del Instituto de Vida Consagrada, en cuyo templo la hermandad y cofradía tenga su sede canónica, y hacia las autoridades eclesiásticas)[19]; que formen parte de la Delegación Diocesana de Hermandades y Cofradías, así como de la Delegación Episcopal para los Asuntos Jurídicos de las Hermandades y Cofradías[20].

Para una mejor coordinación, en  las ciudades y pueblos de la Archidiócesis con varias hermandades y cofradías existe un Consejo local de Hermandades y Cofradías, erigido por el Arzobispo y que se rige por Estatutos propios, debidamente aprobados por el Delegado Episcopal para los Asuntos Jurídicos de las Hermandades y Cofradías, y se rige también por las Normas Diocesanas[21].

La hermandad y cofradía está presidida por el Hermano Mayor, que la representa conforme a derecho, de acuerdo con las Reglas. Sus derechos y obligaciones están determinados por las Reglas, así como los requisitos que han de cumplirse para la validez de aquellas actuaciones suyas que comporten efectos jurídicos[22].  A su vez, las Reglas determinan las facultades de la Junta de Gobierno, reunida en cabildo de oficiales, así como su composición, convocatoria, forma de celebración y funcionamiento en general[23].

El Arzobispo nombra a los Directores Espirituales de las hermandades o cofradías. Los directores espirituales forman una Comisión que está integrada en la Delegación Diocesana de Hermandades y Cofradías, que tiene como finalidad la animación de la vida espiritual y litúrgica de las mismas[24]. De esta forma, laicos y sacerdotes contribuyen a la misión de evangelizar, cada uno según su vocación, con profundo espíritu de comunión, con actitud de colaboración, desde una complementariedad fecunda que visibiliza la riqueza de carismas en la Iglesia.

Final

Las Hermandades y Cofradías están llamadas a ser, en el seno de la Iglesia, casa y escuela de comunión, de santidad y de evangelización. Cada cofrade ha de vivir las actitudes que conforman la espiritualidad de comunión en su relación con los demás, y de la misma espiritualidad se han de impregnar todos los ámbitos y estructuras. Nos ayudarán en todo momento la oración, el diálogo y el discernimiento, la actitud de escucha, el compartir bienes materiales y espirituales a lo largo del camino que juntos se recorre.

Para vivir la espiritualidad de la comunión y el espíritu de sinodalidad es preciso tener la conciencia clara de que se trata de una gracia de Dios que hemos de pedir con humildad de corazón. No consiste en un proyecto o estrategia cuyo fruto dependa de nosotros; es, sobre todo, un don de Dios, al que hemos de aportar nuestra humilde colaboración. Llegar a esa conciencia sólo es posible desde una profunda vida teologal, de fe, esperanza y caridad, que se nutre y se sustenta en la oración, en la Palabra de Dios y en los Sacramentos.

También es necesario crecer en la conciencia de pertenencia a la Iglesia, de vivir en unidad con el hermano, porque formo parte de la misma realidad, en la Hermandad, en la parroquia, en la diócesis y en la Iglesia Universal. Amar a la Iglesia y defenderla en todo momento. Vivir una amistad profunda y verdadera, compartiendo alegrías y penas, deseos y necesidades, oración, formación y trabajos de apostolado y caridad. En definitiva, compartir la vida entera.

Significa también contemplar desde la fe a cada uno de los hermanos cofrades y a cada una de las estructuras y espacios, con una mirada teológica que lleva a la referencia agradecida a Dios y al gozo de considerar como propio lo positivo que tienen los demás, y a potenciar todo lo bueno que hay en ellos. Significa, finalmente, superar todos los brotes de egoísmo, desconfianza y envidia con caridad fraterna, con la certeza de ser hermanos en la fe.

La vivencia de la comunión eclesial, de la espiritualidad de la comunión y del espíritu de sinodalidad, es la clave para la misión. Es una condición indispensable para el futuro de la evangelización, de la Iglesia y de nuestras Hermandades y Cofradías: «Como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, que ellos también sean uno en Nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado» (Jn 17,21). Si no estamos unidos, si no somos capaces de vivir en comunión, no podemos ser creíbles al anunciar el mensaje cristiano, por más sublime que sea. Para vivir la comunión y la misión hemos de tomar a María Santísima como Madre y Maestra de unidad. Ella mantuvo unánimes a los apóstoles en la Iglesia naciente y enseña a los discípulos de su Hijo a vivir en comunión con Dios y en comunión fraterna. Muchas gracias.

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

 

[1] Cf. CONCILIO VATICANO II, Decreto Ad Gentes, n. 5.

[2] Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como Comunión, Roma 1992.

[3] Cf. CONCILIO VATICANO II, Decreto Christus Dominus, n. 11.

[4] San Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, 43.

[5]San Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 43.

[6]Ibíd.

[7] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica; Benedicto XVI, Homilía en la Fiesta de la Santísima Trinidad (San Marino, 19 de junio de 2011).

[8] San Pablo vi, Alocución el 26 de julio de 1978.

[9] Cf. San Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 44.

[10] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 23.

[11]Ibídem, 19

[12] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 22.3

[13] Código de Derecho Canónico, can. 447.

[14] Cf. San Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 45.

[15] Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum ordinis, 7.

[16] Concilio Vaticano II, Decreto Christus Dominus, 27.

[17] Normas Diocesanas para HH. y CC. de la Archidiócesis de Sevilla (2016), art. 7.

[18] Ibidem, art. 8.

[19] Cf.  Normas Diocesanas para HH. y CC. de la Archidiócesis de Sevilla (2016), art. 15.

[20] Ibidem, arts. 16-17.

[21] Ibidem, art. 19.

[22] Ibidem, art. 28.

[23] Ibidem, art. 29.

[24] Ibidem, arts. 37.39.

 


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