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Serie Fratelli Tutti (VIII) La mejor política

Comentaremos, en esta nueva aportación, el capítulo quinto de la Encíclica, que lleva por título “La mejor política”.

No me resisto antes de entrar en el capítulo quinto a insistir en algo del capítulo anterior. En primer lugar, lo que el Papa Francisco llama el fecundo intercambio. Es la filosofía, falta filosofía en el mundo en su más pura esencia, del encuentro. Hemos llegado a un profundo desencuentro individual con personas y realidades, y a un desencuentro colectivo que en su última instancia es un desencuentro entre países.

Habla el Papa de la ayuda mutua y expresa: La ayuda mutua entre países en realidad termina beneficiando a todos. Un país que progresa desde su original sustrato cultural es un tesoro para toda la humanidad. No se puede ser más claro en la expresión de una idea. Y nos dice el Papa: Hoy o nos salvamos todos o no se salva nadie. Esta frase podría ser el resumen de dos documentos anteriores del Papa: Gaudium Evangelii La alegría del evangelio y Laudato Si´ Sobre el cuidado de la casa común. Ambas encíclicas constituyen documentos esenciales desde el punto de vista económico, social y ambiental, con análisis y soluciones. Hoy o nos salvamos todos o no se salva nadie. Si esto era claro antes, actualmente en esta época de desgraciada pandemia lo es más todavía.

El Papa nos habla del mundo conectado por la globalización actual y sus desatinos, ya que hace falta un ordenamiento mundial jurídico, político y económico que incremente y oriente la colaboración internacional hacia el desarrollo solidario entre los pueblos. Nada más lejos de la realidad que vemos cada día. Hace falta un nuevo orden mundial basado en la fraternidad universal, la ayuda mutua y el desarrollo humano integral en equilibrio con el planeta y sus criaturas. Pero el Papa nos pide que no descuidemos lo local, si bien debemos tener una perspectiva global, y nos habla del sabor local. Y nos dice con gran sabiduría, lo universal no debe ser el imperio homogéneo, uniforme y estandarizado de una única forma cultural dominante que finalmente perderá los colores del poliedro y terminará en el hastío.

La segunda idea que quiero traer a este ensayo, proveniente del capítulo anterior, es la idea del espíritu del vecindario. Y nos dice el Papa: En algunos barrios populares todavía se vive el espíritu del vecindario donde cada uno siente espontáneamente el deber de acompañar y ayudar al vecino. En estos barrios, muchas veces castigados con injustos y crueles desahucios, auspiciados por fondos buitres, un poder insensible y una justicia que no llega, se vive un nosotros barrial. Si yo fuera argentino diría sin dudar, es linda la frase. Ojalá en todos los barrios de las ciudades se viviese el nosotros barrial del Papa Francisco. Y podemos cambiar de escala, pensemos en lo global. Para los países pequeños o pobres, dice el Papa, se abre la posibilidad de alcanzar acuerdos regionales con sus vecinos que les permitan negociar en bloque y evitar convertirse en segmentos marginales y dependientes de los grandes poderes. Y con esta frase que hay que meditar podemos enlazar con el capítulo quinto que lleva por título “La mejor política”.

El Papa está preocupado porque la política que rige cada estado sea la mejor política posible, en caso contrario, el escenario deseable de la fraternidad universal y el bien común será algo inalcanzable. De nuevo, o nos salvamos todos o no se salva nadie. Nos dice el Papa Francisco: Para hacer posible el desarrollo de una comunidad mundial capaz de realizar la fraternidad universal a partir de pueblos y naciones que vivan la amistad social, hace falta la mejor política puesta al servicio del verdadero bien común. Y nos añade: En cambio, desgraciadamente, la política hoy con frecuencia suele asumir formas que dificultan la marcha hacia un mundo distinto.

De verdad que me gustaría que nuestros dirigentes políticos y los agentes económicos leyeran los mensajes del Papa Francisco, los meditaran y pensaran si están en línea con ellos. Y me dan igual las creencias de cada uno, lo que está en juego es el bien común, que no tiene ni color ni ideología, ni tan siquiera creencias.

El Papa cree que hay un desprecio por los débiles, que conduce a la dificultad para pensar un mundo abierto que tenga lugar para todos, que incorpore a los más débiles y que respete las diversas culturas. El Papa Francisco dice que se necesita la palabra democracia pero también la palabra pueblo. Quizás  algunos hablan de democracia pero olvidan al pueblo, la esencia de la democracia. Considerar al pueblo nos lleva a poder tener sueños colectivos. Ser parte de un pueblo, a cualquier escala, municipal, urbana, regional, nacional o mundial, es formar parte de una identidad común hecha de lazos sociales y culturales.

El Papa habla del populismo como un problema porque se pueden convertir en una forma hábil de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de proyectos personales o de determinados grupos. Hay que saber distinguir el grano de la paja, y ver con claridad quien y como emplea la palabra populismo, para poder analizar si responde al análisis del Papa Francisco. No podemos llamar populistas a quienes se preocupan del pueblo y, para ello, el análisis del Papa es acertado. Hay, dice el Papa, grupos populistas cerrados que desfiguran la palabra pueblo. Para el Papa, un pueblo vivo, dinámico y con futuro es el que está abierto permanentemente a nuevas síntesis incorporando al diferente. ¿Somos así realmente?

Para el Papa, una cuestión esencial de la buena política es el trabajo. Y nos manifiesta: Lo verdaderamente popular es asegurar a todos la posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno, sus capacidades, su iniciativa, sus fuerzas. Para ello, el gran objetivo debería ser siempre permitir a todos una vida digna a través del trabajo. Un trabajo digno que permita vivir a las familias y disfrutar del don de la vida, el mayor don del planeta, y el encuentro con los demás. En una sociedad realmente desarrollada, el trabajo es una dimensión irrenunciable de la vida social, ya que no es solo el modo de ganarse el pan, sino también un cauce para el crecimiento personal, para establecer relaciones sanas, para expresarse a sí mismo, para compartir dones, para sentirse corresponsables en el perfeccionamiento del mundo y, en definitiva, vivir como pueblo.

Para el Papa Francisco, la categoría de pueblo, bendita palabra base y esencia de la democracia, suele ser rechazada por las visiones liberales individualistas donde la sociedad es considerada una mera suma de intereses que coexisten. Una idea muy triste y corta de miras en relación con la fraternidad y el bien común. Y el Papa avisa, con mucho tino, que en ciertos contextos es frecuente acusar de populistas a todos los que defienden los derechos de los más débiles de la sociedad. Debemos estar atentos y tener capacidad, siguiendo las indicaciones del Papa, para distinguir esta cuestión y no engañarnos con falsedades que ocultan torvos intereses individuales alejados del bien de la comunidad.

La parábola del Buen Samaritano, utilizada en esta Carta Encíclica, nos muestra cómo este personaje evangélico, de acuerdo con el Papa, necesitó de la existencia de una posada que le permitiera resolver lo que él solo en ese momento no estaba en condiciones de asegurar. El amor al prójimo es realista y no desperdicia nada que sea necesario para una transformación de la historia que beneficie a los últimos. Los olvidados, los pobres, los descartados, los diferentes no admitidos, es decir, los que más nos necesitan. Debemos velar por la multitud de los abandonados, pide el Papa. Es cierto que hay tendencia a lo que la tradición cristiana, de acuerdo con el Papa, denomina concupiscencia, es decir, la inclinación del ser humano a encerrase en la inmanencia de su propio yo, de su grupo, de sus intereses mezquinos. La concupiscencia ha adquirido formas distintas a lo largo de la historia, adquiriendo diversas modalidades en cada siglo. Hoy nos conduce a fomentar una cultura individualista y a la organización de sociedades al servicio de los que ya tienen demasiado poder, nos avisa el Papa.

Hace falta una buena política en lo local y en lo global, que advierta que el mercado solo no resuelva todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma neoliberal, insiste el Papa Francisco.

En relación con la desgraciada situación que vive el mundo, nos dice el Papa que la fragilidad de los sistemas mundiales frente a las pandemias, ha evidenciado que no todo se resuelve con la libertad de mercado y que, además de rehabilitar una sana política que no esté sometida a distado de las finanzas, tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro como pilar que permita construir las estructuras sociales alternativas que necesitamos. Necesitamos una buena política en lo local y lo global.

Vivimos tiempo de cercanía de la Navidad. Se discute sobre la conveniencia o no de las luces navideñas. Yo creo que las necesitamos siempre y esta Navidad más todavía. Unas luces clásicas, de Navidad, no convertidas en signos con matiz partidista. Las luces de siempre, las de nuestra infancia. Las personas necesitan esta luz navideña. La luz trae alegría, y la necesitamos. Y para los creyentes, esta luz navideña es una indicación de la llegada de Jesús que nace de nuevo esta Navidad. Deseo que nuestros políticos tengan luz para hacer la necesaria buena política.

 


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