‘Pascua del enfermo’, carta pastoral del Arzobispo de Sevilla

Queridos hermanos y hermanas:

Tiene lugar en este domingo la Pascua del Enfermo. En Sevilla, lo celebraremos en la parroquia del Sagrario de la catedral, a las 12 de la mañana. En ella administraré el sacramento de la unción a los enfermos, a las personas ancianas y a los discapacitados. Nos acompañarán profesionales de la salud y los voluntarios que trabajan en este sector pastoral.

La Pascua del Enfermo, es una jornada ya clásica en el calendario anual de las comunidades cristianas. En ella se nos recuerda el quehacer y el compromiso que los cristianos tenemos con nuestros hermanos enfermos. Ellos ocupan un lugar importante en el ministerio público de Jesús y, en consecuencia, deben de ocupar un lugar central en la vida de nuestras comunidades parroquiales y en la vida personal de cada cristiano.

Durante su vida pública, la ocupación principal de Jesús fue anunciar la buena nueva del Reino de Dios y curar toda enfermedad y toda dolencia (Mt 9,35). Y esto es también lo que encarga a sus discípulos: “Id anunciando que el Reino de los cielos está cerca. Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos y expulsad demonios.” (Mt 10,7-8). La cercanía de Jesús a los enfermos es constante. Cura a los enfermos y expulsa a los demonios como signo de la verdad de su mensaje, como revelación del amor y de la misericordia de Dios. Enfermos y endemoniados son los pobres preferidos por Jesús.

El mandato de Jesús a sus Apóstoles sigue vigente. La Iglesia ha heredado esta predilección del Señor por los enfermos. Por ello, en las vísperas de la llamada Pascua del Enfermo, recuerdo a todos los cristianos de la Archidiócesis que la atención preferente, el cuidado esmerado y el servicio solícito a los enfermos debe estar en el centro de interés de las comunidades parroquiales y de cada uno de nosotros. Quiero recordar también que ninguna parroquia debería carecer de uno o varios equipos de pastoral de la salud, que visitan y acompañan a los enfermos en nombre de la comunidad parroquial.  Ellos y nosotros hemos de acercarnos al enfermo con amor, compasión y generosidad, con respeto, misericordia y deseos de servir. Ante un enfermo, los cristianos tenemos que ver siempre la imagen dolorida de Jesús, identificado por amor con todos los dolores y sufrimientos de los hombres.

Aquí tenemos todos un campo inmenso para el ejercicio de las obras de misericordia: los familiares que les cuidan en casa con dedicación exquisita, los sacerdotes que les visitan semanalmente, entendiendo que éste es uno de los quehaceres fundamentales de su ministerio, los religiosos que tienen como carisma el servicio a los enfermos, los voluntarios que colaboran con la Delegación de Pastoral de la Salud en sus visitas a los enfermos en clínicas y hospitales, los miembros de los equipos parroquiales a los que acabo de aludir, y cada uno de nosotros, llamados a compartir nuestro tiempo y nuestro afecto con nuestros familiares, amigos y vecinos enfermos.

En ellos nos espera el Señor, pues Él se identifica especialmente con los pobres y nadie es más pobre que aquel a quien le falta un bien tan preciado como es la salud. Cuando visitamos, servimos y ayudamos a los enfermos, estamos sirviendo, visitando y ayudando en ellos al Señor (Mt 25,36 y 43). Ellos son la viva imagen del Señor crucificado. Ellos, ofreciendo sus dolores a Dios, son un auténtico tesoro para nuestras comunidades y una fuente fecunda de energía sobrenatural para la Iglesia.

Si algún enfermo merece especialmente la solicitud maternal de la Iglesia son los enfermos que no tienen familia y que están solos en sus casas o en los hospitales. Ellos son los predilectos del Señor y deben ser los preferidos de los capellanes, de los servicios de la Delegación Diocesana y de los voluntarios.

Ejemplo paradigmático de servicio y amor es la Santísima Virgen. En Caná, ella siempre atenta a las necesidades de los demás, sirve a aquellos jóvenes esposos propiciando el primer milagro de Jesús (Jn 2,1-11). Al pie de la Cruz tiene presente a toda la humanidad necesitada de redención y por ella ofrece a su hijo al Padre, convirtiéndose en corredentora de todos los hombres. Ambos pasajes nos llenan de esperanza, pues nos convencen de que tenemos una Madre con ojos vigilantes y compasivos, con un corazón maternal lleno de misericordia, con unas manos que quieren ayudar.

Que en la Santísima Virgen, consoladora de los afligidos y salud de los enfermos, encuentren la consolación de Dios y la salud nuestros hermanos enfermos. Que ella, siempre propicia ante las necesidades de los que sufren, bendiga, sostenga y fortalezca a quienes les cuidáis y servís en los hospitales o en vuestras propias casas, y a quienes les visitáis desde las parroquias.

Para los enfermos y todos los que estáis implicados en la pastoral de la salud, capellanes, profesionales de la salud y voluntarios, mi saludo fraterno y mi bendición. Feliz domingo, feliz día del Señor.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla


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