‘Murillo, genio del arte y cristiano ejemplar’, carta pastoral del Arzobispo de Sevilla

Queridos hermanos y hermanas:

Estoy seguro de que a nadie extrañará que dedique una de mis cartas semanales a Bartolomé Esteban Murillo, extraordinario pintor sevillano, en el año en que Sevilla celebra el CD aniversario de su nacimiento. Murillo fue esencialmente, aunque no exclusivamente, un pintor religioso, faceta que conocieron en gran medida los arzobispos, el cabildo hispalense, con el que colaboró durante treinta años, y las instituciones religiosas de la ciudad, sobre todo la Hermandad de la Santa Caridad. Fue amigo de muchos miembros de la corporación capitular sevillana, singularmente de Justino de Neve. Fue grande además su cultura religiosa. Pero, sobre todo, a su genio artístico indiscutible, Murillo unió una fe sincera y una piedad no fingida, todo lo cual le confirió una clara afinidad o connaturalidad con la verdad revelada, el sentido sobrenatural de lo divino, el “sensus fidelium”, del que hablan los teólogos, que Dios concede a quienes viven cerca de Él con sencillez de corazón.

Porque nadie da lo que no tiene, yo estoy convencido que sólo la profunda religiosidad de Murillo explica unas obras que rezuman una extraordinaria unción religiosa y que nos muestran la visión de un cielo amable, claro y límpido; que nos descubren también lo etéreo de esos rompimientos de gloria que conectan el cielo con la tierra, que unen a Dios con el hombre. Murillo nos brinda además la belleza de las manos y los rostros de sus inmaculadas, de las santas Justa y Rufina, de los ángeles que sirven de escabel a sus purísimas y la mirada de la santidad de san Fernando en el cuadro pintado con ocasión de su canonización en 1671, todo lo cual es capaz de tocar el corazón de quienes contemplan sus obras sin prejuicios ni corazas, intuyendo en la belleza visible, la belleza invisible de Dios.

No se puede dudar de la profunda religiosidad de Murillo, miembro de las Hermandades del Rosario y de la Vera Cruz, miembro también de la Tercera Orden de san Francisco y de la Santa Caridad. En el hogar cristiano de Murillo surgieron dos vocaciones: su hijo Gaspar Esteban fue sacerdote y canónigo de Sevilla. Su hija Francisca María fue monja dominica en el convento sevillano de Madre de Dios.

Murillo ingresó en la Hermandad de la Santa Caridad en 1665 admitido por su fundador, el Venerable Miguel Mañara, con el que mantuvo una estrecha y sincera amistad. En el año 1650 Mañara apadrina a la hija del pintor Isabel Francisca, y al año siguiente a su hijo Francisco Miguel. Mañara y Murillo sintonizaron por entero en el meollo de la vida cristiana, en la caridad teologal hacia Dios y en la caridad con el prójimo, especialmente los pobres, los enfermos y los necesitados para los que Mañara funda la Hermandad y el Hospital de la Santa Caridad. Ambos habían leído en la primera carta de san Juan que “nadie puede decir que ama a Dios a quien no ve, si no ama al prójimo a quien ve” (1 Jn 4,20). Ambos habían leído en los Dichos de luz y amor de san Juan de la Cruz que “en la tarde de la vida te juzgarán del amor”. De ahí su compromiso cristiano y su compromiso fraterno.

Mañara, y con él Murillo, estaba convencido de la misteriosa identificación de Jesús con los pobres y los enfermos, en los que ve el rostro doliente del Señor. Por ello, encarece a sus hermanos de la Santa Caridad la necesidad de asistir a los enfermos no desde la lejanía, sino desde la cercanía y la inmediatez corporal, lavando, curando y besando sus llagas, pues como él mismo escribe “debajo de aquellos trapos está Cristo pobre, su Dios y Señor”. Esta es también la convicción hoy del papa Francisco: En la vigilia de Pentecostés de 2013 pregunta a los representantes de los movimientos eclesiales: «Y cuando das la limosna, ¿tocas la mano de aquel a quien le das la limosna, o le echas la moneda?». A continuación, el Papa les invitaba a ver y tocar en los pobres y enfermos la carne de Cristo, tomando sobre nosotros el dolor de los pobres.

Desde su convicción de que Jesucristo se identifica misteriosamente con los pobres, Murillo acepta gustoso los exigentes códigos morales que Mañara impuso a sus hermanos como fundador de la Santa Caridad. Entre otras muchas prescripciones, aquellos estaban obligados, a pedir limosna para los pobres en la puerta de San Miguel de la catedral y en las iglesias en que se celebraba jubileo todos los domingos y fiestas, y consta que Murillo cumplió escrupulosamente esta obligación.

En la documentación para justificar su entrada en la Caridad en 1665 se especifica que lo hace porque “será muy del servicio de Dios Nr. Sr. y de los pobres, tanto para su alivio como por su arte para el adorno de nuestra capilla”. Murillo era muy consciente de la fuerza evangelizadora de su pintura. Basta rastrear sus presupuestos existenciales y sus convicciones más íntimas. Es más que probable que Mañara y Murillo concibieran conjuntamente el programa iconográfico de las obras de misericordia, que Murillo llevará a los lienzos. Es seguro que en la mente de ambos el proyecto tenía una finalidad catequética y evangelizadora. Mañara lo manifestó más de una vez. El encargo debió materializarse entre el citado año 1665 y 1670, fecha de su conclusión.

Como es bien sabido, las obras de misericordia son catorce, siete corporales y siete espirituales. El programa iconográfico se centra en las corporales: visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento; dar posada al peregrino; vestir al desnudo; socorrer a los presos y enterrar a los muertos. Las seis primeras fueron pintadas por Murillo. La séptima no es lienzo. Es una talla soberbia, el entierro de Cristo, emplazada en el retablo mayor, debida a la gubia de Pedro Roldán y policromada por Valdés Leal a partir del año 1670.

De los seis lienzos sólo dos se hallan en su destino originario, la capilla de San Jorge, la segunda y la tercera de las obras de misericordia, que llevan como título la Multiplicación de los panes y los peces y Moisés haciendo manar el agua de la roca del Horeb, han sido recientemente restauradas por el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico. Los otros cuatro lienzos se inscriben en la relación fatal de los cuadros expoliados por el mariscal Soult, de infausta memoria, autor de la mayor catástrofe cultural acaecida en la historia de Sevilla. Me refiero a la primera de las obras de misericordia, la curación del paralitico de la piscina de Bethesda; la cuarta, Abraham y los tres ángeles; la quinta, el regreso del hijo pródigo; y la sexta, la liberación de san Pedro. Los cuatro se encuentran en pinacotecas extranjeras.

Insisto de nuevo en mi convicción de que Murillo confería a sus obras una finalidad didáctica y evangelizadora e, incluso, una finalidad apologética. Él se insertó de lleno en el movimiento que propugnaba en la Sevilla de la primera mitad del siglo XVII la definición dogmática de la Inmaculada Concepción. Sus diecinueve inmaculadas lo atestiguan. Aunque nacido en 1617, tuvo necesariamente que conocer lo que Domínguez Ortiz denominó el estallido inmaculista, provocado en la fiesta de la natividad de la Virgen de 1613 por un sermón predicado por el P. Diego de Molina, prior del convento dominico de Regina Angelorum, que manifestó alguna duda sobre la concepción sin mancha de la Santísima Virgen apoyándose en santo Tomás.

La reacción no se hizo esperar. El pueblo sencillo de Sevilla mostró con vehemencia su oposición. Los cronistas de la época nos dicen que la conmoción popular durante varias semanas provocó incluso problemas de orden público. La abundancia y exuberancia de las inmaculadas de Murillo tiene seguramente mucho que ver con la pasión con que vivió Sevilla la prehistoria del dogma inmaculista. Tales inmaculadas fueron el referente visual y plástico de una fe en la concepción inmaculada de la Virgen que creció incesantemente en Sevilla, ciudad mariana por excelencia, que tanto contribuyó a la declaración dogmática del papa Pío IX de 8 de diciembre de 1854.

Que la Virgen Inmaculada nos ayude a todos en este año a imitar la vida cristiana sincera de Bartolomé Esteban Murillo y su testimonio de fe.

Para todos mi saludo fraterno y mi bendición.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla


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