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Manos doblemente ungidas

Todos mantendremos siempre una memoria agradecida por los dones con que el Señor dotó a don José Enrique Ayarra, canónigo organista de la Catedral hispalense. La pasada Misa Crismal ya no pudimos gustar las interpretaciones de este genio de la música durante la procesión de las ánforas que portaban los óleos que ungirán en todas las parroquias a neófitos, confirmandos y enfermos. También se ungirán con el Crisma las manos de nuevos sacerdotes para la consagración de las sagradas especies eucarísticas.

Las manos del maestro Ayarra gozaban de una doble unción. Una natural que, con sus interpretaciones musicales, nos elevaba el espíritu en las celebraciones catedralicias; y otra sagrada, que recibieron el día de su Ordenación sacerdotal.

Si bien será recordado por sus talentos musicales, me gustaría subrayar en esta ocasión el bien espiritual que provocó en mí su modo de celebrar. Como otros tantos fieles congregados cada mañana a las ocho y diez de la mañana en la Capilla de Ntra. Sra. de la Antigua, asistí desde muy joven a una celebración cargada de unción. El padre Ayarra no solo predicaba con maestría sino que su modo de celebrar ayudaba a la plena participación de los fieles. Treinta años después, cada vez que me revisto en la sacristía para presidir la Santa Misa recuerdo el ars celebrandi  que aprendí  de don José Enrique. Gracias maestro, que el coro de los ángeles te asista en tu encuentro con el Padre Eterno.

Adrián Ríos


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