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Las pinturas de la ermita de la Virgen de Guaditoca (Guadalcanal)

Concluida en 1647, la Ermita de la Virgen de Guaditoca se completó en el siglo XVIII con diversas intervenciones entre las que destaca la ejecución de las pinturas que decoran el templo, obra atribuida al pintor de Llerena Juan de Brieva, en torno a 1730.

Los frescos ocupan la bóveda de medio cañón que cubre la única nave de la Iglesia, el sotocoro y el presbiterio. Como señalan los profesores Valdivieso, Illán, Malo y Santos, autores de una completa monografía sobre las pinturas murales del siglo XVIII de la provincia de Sevilla, son de factura discreta, si bien destacan por su interesante y original programa iconográfico de carácter mariano, que ha sido estudiado por Lourdes Royo Naranjo.

El tramo de la bóveda del sotocoro muestra las Virtudes Teologales (Fe, Esperanza y Caridad) entre ángeles. Las cuatro Virtudes Cardinales (Templanza, Fortaleza, Justicia y Prudencia) aparecen en el segundo tramo de la bóveda representadas como matronas romanas con sus atributos característicos. El tercer tramo de la bóveda presenta las Cuatro Estaciones: el Invierno, simbolizado por una guerrera calentándose junto a un fuego; la Primavera, por una hermosa mujer con flores y frutas; el Verano como una matrona llevando una corona de espigas y el Otoño, otra mujer con un racimo de uvas. Estas dos últimas, situadas más cerca del presbiterio, adquieren un claro significado eucarístico, reforzado por la presencia de ángeles con espigas y un cáliz. Completan este tramo dos alegorías femeninas que representan la Pintura, portando pinceles y una paleta, y la Fama, con la trompeta en sus manos.

El tramo de la bóveda situado sobre el coro alto presenta alegorías de los cuatro puntos cardinales representados por mujeres con inscripciones, cuyo significado deriva de los cuatro ríos del Paraíso (Gn 2,10-14). Así, aparece el Occidente señalando el ocaso del sol y rodeada de animales nocturnos como la lechuza o los murciélagos. Otra figura femenina simboliza el Septentrión, mostrando un paisaje de montañas, alusivo a los Pirineos. La representación del Oriente (en la imagen) está formada por una mujer con atuendo exótico, portando un incensario y acompañada de un elefante, mientras un gallo indica la salida del sol, que se ve al fondo. Por último, la alegoría del Meridión está representada por una mujer con sombrilla tras la que se advierte un paisaje desértico con un obelisco, alusivo a Egipto.

La decoración se completa con guirnaldas de flores y frutas y medallones con animales, además de escenas bíblicas y figuras de santos.

Finalmente, la cúpula del presbiterio, en cuyas pechinas aparecen los Evangelistas, se decora con ángeles que sostienen símbolos de la Letanía, acompañados por otros con instrumentos musicales y que se disponen en siete de las ocho partes en las que se divide la cúpula. En la parte restante, la que está sobre el retablo mayor, aparece la Asunción de María, que es acogida por Dios Padre y el Espíritu Santo, que ocupan el centro de la cúpula.

Antonio Rodríguez Babío, delegado diocesano de Patrimonio Cultural

Fotos del interior: Lourdes Royo


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