Las obras en Santa Cruz evidencian la “humanización de los ladrillos”

Las obras en Santa Cruz evidencian la “humanización de los ladrillos”

La Iglesia Católica reserva desde el año 628 la jornada del 14 de septiembre para celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Una dedicación que da nombre a numerosas realidades eclesiales en la Archidiócesis, una de ellas la Parroquia de Santa Cruz, en el centro de la capital. Recientemente se ha acometido la restauración del templo, una tarea en la que ha estado implicada la Archidiócesis y toda la comunidad parroquial, y que ha supuesto un revulsivo en su vida pastoral.

A mediados del siglo XVII se levantó un templo en el solar de la calle Borceguinería (la actual Mateos Gago) anteriormente ocupado por un corral de comedias llamado Don Juan. En torno a esta iglesia, concebida con estructura de cruz latina y tres naves, se consolidó una comunidad parroquial mucho más poblada que en la actualidad. Tres siglos y medio después, esta porción de la Iglesia diocesana ha sacado adelante un importante proyecto de conservación y mantenimiento dividido en cuatro fases, dirigido por el arquitecto Fernando Parra con la participación decisiva de la Archidiócesis.

Eduardo Martín Clemens es el párroco de Santa Cruz, un sacerdote entusiasta que saca tiempo de donde no hay para atender las innumerables responsabilidades pastorales que tiene encomendadas (Misiones, Cursillos de Cristiandad…). La obra  en la parroquia ha supuesto no pocos quebraderos de cabeza, pero, sin embargo, se ha revelado como “un revulsivo en la vida parroquial”. La actuación en el templo era inevitable –primaba la seguridad de las personas y el deterioro progresivo de algunas zonas del mismo-, pero con el paso del tiempo se fue generando en la feligresía “una corriente de compromiso en una tarea común”. Martín Clemens considera que mantener abierta la iglesia fue un acierto, en la medida que los parroquianos han tomado conciencia de la necesidad que la parroquia tenía de ellos, “viendo la obra con sus propios ojos, viviendo en directo todo el proceso”.

Eucaristía y Misericordia

Había que arrimar el hombro, y en primera línea se colocó la Hermandad de Santa Cruz, con una disponibilidad que el párroco subraya varias veces a lo largo de la visita que cursamos al templo. Su titular, el Cristo de las Misericordias, no es ajeno a este proceso, y el párroco lo explica: “Cuando situamos el crucificado en el altar mayor, con motivo del Año de la Misericordia, no nos dimos cuenta de una circunstancia que nos ha llegado a sorprender con el paso de los días. Porque tanto fieles como visitantes ocasionales han agradecido encontrarse el sagrario a los pies del crucificado, es algo que se ha convertido es un ‘tándem evangelizador’ de un valor incalculable, Eucaristía y Misericordia”, apunta.

Lo que en un principio se llegó a considerar como un problema añadido a la vida parroquial, por la posible disgregación de la comunidad en otros templos cercanos, finalmente ha resultado providencial. El hecho de que los fieles siguieran en directo la marcha de las obras ha propiciado lo que el párroco califica como “una restauración interior, tanto personal como comunitaria”. Recuerda que poco antes del comienzo de la obra la parroquia recibió la visita pastoral, y el Arzobispo les instó a no quedarse solo en el templo: “Sois piedras de esta iglesia”, señaló. Y un año después, en el Consejo Pastoral se ha hecho balance de un período que ha servido para constatar que “hay más vida parroquial”, ya que “la gente siente de verdad que forma parte de la parroquia, que no le es ajena”. El párroco podría aportar innumerables testimonios de personas que corroboran esta apreciación, “fieles que viven en la parroquia y otros que vienen de barrios periféricos, pero que siguen manteniendo viva la vinculación con la que un día fue su iglesia, su parroquia”.

“Humanizar los ladrillos”

Martín Clemens aporta otro concepto, “la humanización de los ladrillos”, para explicar el clima que se ha respirado en Santa Cruz durante los siete meses que los operarios se han convertido en algo más que trabajadores externos de un proyecto técnico. “Ellos sabían que trabajaban en un lugar sagrado”, aclara, “y desde un principio han sido partícipes de nuestras preocupaciones y esperanzas como comunidad parroquial”. Por otra parte, desde antes de que se instalara el primer andamio se creó una “reducida pero eficaz comisión con feligreses muy creyentes y comprometidos”, que han facilitado todas las gestiones que ha habido que hacer y que, reitera, “han humanizado hasta los ladrillos”.

Hoy, la comunidad parroquial presume de iglesia, los alumnos de Colegio Diocesano San Isidoro vuelven a hacer suyas las naves de un templo que preside el titular de la hermandad, y el párroco respira tranquilo porque, más allá del esfuerzo que comporta y comportará el pago de la obra, “puedo decir que estoy al frente de una parroquia viva”.

 


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