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La pintura del Simpecado antiguo del Rocío de Triana

En este domingo de Pentecostés sin la celebración de la popular romería de la Virgen del Rocío, nos detenemos ante la pintura que preside el antiguo Simpecado de la Hermandad de Triana, obra de un importante pintor del siglo XIX, Manuel Rodríguez de Guzmán.

Fundada en 1813, la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Triana estrenó su primer Simpecado en la Romería del año siguiente, bordado por Narcisa Cuenca, que en 1855 es sustituido por otro que estaba presidido por la pintura que hoy comentamos, obra del afamado pintor Manuel Rodríguez de Guzmán, la cual en 1906 es trasladada a un nuevo Simpecado bordado por Rodríguez Ojeda, que se utiliza en la actualidad en las peregrinaciones del día de Todos los Santos y de la Candelaria.

El artista sevillano Manuel Rodríguez de Guzmán (1818-1867) está considerado el mejor pintor costumbrista romántico; fue discípulo de José Domínguez Bécquer y desde 1854 se estableció en Madrid, donde consiguió varios encargos de la reina Isabel II, como una serie acerca de las costumbres de los pueblos de España, a la que pertenecen los cuadros de la Feria de Sevilla y la Procesión del Rocío, ambos en el Palacio de Riofrío, o aquellos de la Feria de Santiponce y Baile campestre en la Virgen del Puerto, del Museo del Prado. Con influencias de Murillo y de Goya, su obra se caracteriza por su técnica depurada, con escenas luminosas y llenas de un colorido brillante, así como por su gran facilidad para componer escenas repletas de figuras descritas minuciosamente. La pintura de la Virgen del Rocío del Simpecado de Triana la debió de ejecutar alrededor del año 1855, momento de máxima actividad de este pintor, que realizaría la obra con probabilidad durante alguna de sus estancias en Sevilla.

Pintada al óleo sobre una lámina de chapa de plata, aparece la Virgen del Rocío, imagen gótica del siglo XIII, con su iconografía de Virgen Majestad configurada tras su transformación a finales del siglo XVI para ser vestida, ofreciéndonos al Niño que está entronizado en su pecho, subrayando así la centralidad de Cristo, y sobre una nube en la que sobrevuelan cuatro ángeles con flores en sus manos. Tras la Virgen se desarrolla un paisaje con las marismas al fondo, en el que destaca el cielo, de un hermoso tono azul y en el que se distinguen dos nubes con cabezas de angelitos. A cada lado de la Virgen aparecen sendas escenas: a la izquierda se ve la primera ermita del Rocío, mandada construir por el rey Alfonso X a finales del siglo XIII, que presenta cubierta a dos aguas y una airosa torre, siendo sustituida tras el terremoto de Lisboa por otro santuario inaugurado en 1760. A la derecha se distingue el hallazgo de la imagen por el cazador Gregorio Medina el cual, observado por un perro, está arrodillado ante el acebuche entre cuyas ramas aparece resplandeciente la Madre de Dios.

Antonio Rodríguez Babío


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