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LA NUEVA EVANGELIZACIÓN Y LA MISIÓN AD GENTES, TAREA DE TODOS LOS CRISTIANOS

Los Lineamenta para el Sínodo dicen: “Nueva Evangelización quiere decir: una respuesta adecuada a los signos de los tiempos, a las necesidades de los hombres y de los pueblos de hoy, a los nuevos escenarios que diseñan la cultura a través de la cual contamos nuestras identidades y buscamos el sentido de nuestras existencias. Nueva Evangelización significa, por lo tanto, promover una cultura más profundamente enraizada en el Evangelio; quiere decir descubrir al hombre nuevo que existe en nosotros gracias al Espíritu que nos han dado Jesucristo y el Padre”.

 

En muchas de las tradicionalmente llamadas “tierras de misión” se hace necesario hablar también de Nueva Evangelización, dado que estamos ante comunidades cristianas que ya fueron evangelizadas hace mucho tiempo. Pensemos, por ejemplo, en nuestra querida Latinoamérica, donde se concentra el mayor número de católicos. La búsqueda de la profundización de la fe de aquellas personas que ya creen y el intento de atraer nuevamente a quienes han perdido su fe o cuya fe se ha estancado es una tarea compleja y difícil. El cardenal Avery R. Dulles, refiriéndose al concepto de Nueva Evangelización en el pensamiento de Juan Pablo II, ofreció hace unos años una síntesis, en diez puntos, de aquello en lo que debería consistir la Nueva Evangelización:

 

1. Está centrada en Cristo; el tema central es la persona y mensaje de Jesucristo.

2. Es ecuménica, de modo que busque lo que una a los cristianos entre sí.

3. Tiene que ver con nuestra relación con otras religiones, respetándolas y dialogando

con ellas, pero sin renunciar a la proclamación.

4. Respeta la libertad religiosa, evitando todo tipo de coerción.

5. Es un proceso continuo, lo que implica una profundización en la fe por medio de la

oración y los sacramentos.

6. Incluye la enseñanza social de la Iglesia, implicando el compromiso por la justicia y

la búsqueda del bien común.

7. Incluye las culturas, transformando el entorno en el que viven las personas y las sociedades.

8. Utiliza los medios de comunicación social contemporáneos.

9. Es tarea de todos los cristianos, y no algo reservado al clero y órdenes religiosas.

10. Es la obra del Espíritu Santo, el agente principal de la evangelización.

 

La misión ad gentes no puede ser ajena, por tanto, a los retos de la Nueva Evangelización. Millones de hombres y mujeres de todos los pueblos y culturas viven en un mundo, el del siglo XXI, cada vez más globalizado. Globalizado para lo bueno y para lo malo. En algunos aspectos, el secularismo europeo está llegando a muchas zonas tradicionalmente religiosas y católicas, por lo que los cristianos en general, y los misioneros en particular, deben enfrentar nuevos retos y problemas.

 

Pero podría decirse que la “globalización de la sociedad”, tan en boga en nuestros días, ya estaba presente en la obra de una gran mujer como Paulina Jaricot (1799-1862), fundadora de lo que hoy conocemos como Obra Pontificia de la Propagación de la Fe. Una mujer nacida en una familia de ricos negociantes de seda, que decide dejar su vida cómoda y dedicarse a los más necesitados de su tiempo, desapegándose de todos sus bienes materiales, apoyando inicialmente a las misiones de Asia oriental y luego a las de todo el mundo. Colectividad frente a individualismo, opción por los pobres y oración componen toda una serie de acciones que puso en marcha Paulina para sacar adelante su gran proyecto misionero. Ella fue ejemplo vivo de que la evangelización y la misión ad gentes no son tarea exclusiva de los misioneros.

 

Vivimos tiempos nuevos, en ocasiones difíciles, pero también es cierto que, globalmente, hay entre los seres humanos de buena voluntad una cada vez mayor conciencia de la dignidad humana y de los derechos humanos; conciencia que puede ayudar a la labor misionera, porque los valores del Evangelio no solo no se oponen a dicha conciencia, sino que la reafirman y la llevan a su plenitud de sentido.

 

Concluyo con estas palabras del gran misionero de los gentiles, Pablo: “El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio” (1 Cor 9,16-18).

 

Palabras que no deben sonar a reproche ni a queja, sino a exigencia amorosa y a la alegría de cumplir el deber encomendado por Jesucristo de servir a la humanidad entera anunciando el Evangelio del amor y de la libertad plena. El misionero es feliz de entregar su vida a un proyecto de humanización liberadora cuyo máximo garante es el Dios Amor de Jesucristo.

 

La recompensa del misionero, de todos los “misioneros de la fe”, es la sonrisa agradecida de los hombres y mujeres a quienes sirven desde el Evangelio, y que se sienten salvados y amados por Dios en Jesucristo.

 

Eduardo Martín Clemens

Delegado Diocesano de Misiones

Director Diocesano de OMP de Sevilla


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