‘La Iglesia de Sevilla en el aerópago de la cultura’, tribuna en ABC (12-06-2024)

‘La Iglesia de Sevilla en el aerópago de la cultura’, tribuna en ABC (12-06-2024)
Las reflexiones que suscitó el XX Encuentro de Pensamiento Cristiano abundan en esta centralidad del hombre, y de su dignidad en cuanto hijo de Dios, en la actividad económica

La semana pasada tuve el honor de presidir la vigésima edición de los Encuentros de Pensamiento Cristiano, foro de discusión y debate que mis predecesores en la sede episcopal impulsaron y estimularon durante sus respectivos pontificados con la idea de anudar lazos con la sociedad sevillana propiciando una apertura de la Iglesia al mundo de las ideas y la cultura. La experiencia, organizada desde la delegación diocesana de Apostolado Seglar, no ha podido ser más positiva. Diría incluso que muy ilusionante.

En estos tiempos de secularización a marchas forzadas, aunque en Sevilla el ambiente general no se haya descristianizado tanto como en otros puntos de la geografía española, que un centenar de
profesionales, académicos y expertos en distintos ámbitos del conocimiento y la actividad económica dediquen un par de horas para reflexionar en torno al asunto que los convocaba en el Palacio Arzobispal no puede entenderse más que como una señal de interés por colaborar en la Iglesia en la propuesta que tiene que hacer a los hombres y mujeres de este tiempo.

Sólo puedo tener palabras de gratitud y aprecio hacia todos los participantes, los ponentes y los organizadores, que colaboraron con vivo interés en una sesión en torno a ‘La dignidad humana,
implicaciones sociales, económicas y políticas’. Con ese debate franco y estimulante, quienes tomaron parte de este foro hacían realidad la evangelización en los areópagos modernos que San
Juan Pablo II señalaba en su encíclica Redemptoris missio, y yo mismo recogí en mi primera carta pastoral como arzobispo de Sevilla, Mira, hago nuevas todas las cosas.

En ese documento, en cierto sentido programático de mi pontificado hispalense, señalaba cuatro ámbitos del mundo contemporáneo al que orientar la misión de la Iglesia: los jóvenes, a los que tengo presentes como principales destinatarios de mi carta pastoral No tengáis miedo, publicada después de la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa, celebrada en agosto del pasado año; los pobres y las situaciones de exclusión social, tan dolorosamente presentes en la realidad sevillana; los medios de comunicación social y las redes sociales; y el mundo de la cultura.

Los Encuentros de Pensamiento Cristiano atienden a esta última prioridad evangelizadora. Las reflexiones que suscitó el pasado foro abundan en esta centralidad del hombre, y de su dignidad en cuanto hijo de Dios, en la vida social y en la actividad económica. La sociedad sólo puede organizarse y funcionar adecuadamente si coloca al hombre en su centro, si promueve la dignidad de la persona, y si tiene en cuenta a Dios, ya que el anclaje último en Dios es lo que sostiene la vida personal y social. La persona ha de ocupar la centralidad de la economía como sujeto económico o ciudadano, y, sobre todo, como ser humano dotado de una dignidad trascendente. Emerge con fuerza esta conclusión tanto de las ponencias dictadas como de las intervenciones espontáneas de los asistentes, que agradecí entonces y ahora reitero. Desgraciadamente, nuestra sociedad no está a salvo de muchas de las violaciones graves de la dignidad humana que la declaración Dignitas  Infinita, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, subraya. Me permito apuntarlas como recordatorio: el drama de la pobreza; la guerra; el trabajo de los emigrantes; la trata de personas; los abusos sexuales; las violencias contra las mujeres; el aborto; la maternidad subrogada; la eutanasia y el suicidio asistido; el descarte de las personas con discapacidad; la teoría de género; el cambio de sexo; y la violencia digital.

Hay que insistir en que la dignidad infinita de cada persona está en su propio ser y no depende de las circunstancias o las cualidades que se puedan pregonar de ella. Promover la dignidad de la persona significa reconocer que posee derechos inalienables, de los cuales no puede ser privada por nada ni por nadie. La economía no puede desvincularse de las exigencias éticas. La Iglesia no ofrece soluciones técnicas y no pretende inmiscuirse en la política de las Administraciones; ahora bien, tiene una misión que cumplir a favor de una sociedad que se construya a la medida del hombre, de su dignidad, de su libertad y que favorezca su desarrollo integral.

La oportunidad que representa este areópago de la cultura concierne, en primer lugar, a los fieles de la Iglesia para estrechar lazos con los hombres y mujeres de su tiempo. Benedicto XVI amplificó una idea tomada del historiador británico Arnold J. Toynbee sobre las «minorías creativas» como determinantes del futuro. En Sevilla, gracias a Dios, la Iglesia no es ninguna minoría, pero se hace imprescindible que los cristianos estén en el debate político, en la lucha por un auténtico concepto de libertad que no menoscabe la dignidad humana de ninguna persona.

Quisiera animar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad de nuestra archidiócesis, sean creyentes o no, a trabajar por el bien común en pro de la dignidad humana en esos campos de especial fragilidad que nos ha señalado la declaración Dignitas infinita. Se trata, como dice el Papa Francisco, de que «así terminamos con la idea de un ser humano autónomo, todopoderoso, ilimitado, y nos repensamos a nosotros mismos para entendernos de una manera más humilde y más rica».


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A los 40 años de mi ordenación sacerdotal 

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