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III Domingo de Adviento (Ciclo A)

¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?».  Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo:  los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados.  ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!».

Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento?  ¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.  Este es de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”.  En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.

Mateo 11, 2‑11

Comentario bíblico de Pablo Díez

Is 35,1-6a.10; Sal 145,7.8-9a.9bc-10; St 5,7-10; Mt 11,2-11

La pregunta por la identidad del mesías y la consiguiente llegada del tiempo mesiánico solo puede ser respondida a través de la percepción de sus efectos. De ahí la respuesta que envía Jesús a Juan a través de sus discípulos (Mt 11,4-5). Tales efectos son el resultado de una corriente vivificadora que desborda los límites de lo posible y transforma completamente los aspectos más mortecinos de la realidad. Esto lo expresa Isaías en un doble plano: la naturaleza yerma, y las debilidades del cuerpo y el ánimo humano.

La presencia del Señor es tan patente que el desierto se transfigura en tierra prometida y en paraíso reencontrado (Is 35,1-2), y los mutilados y apocados reciben una nueva y poderosa vitalidad (Is 35,5-6). Por eso, el Bautista, aunque caracterizado como más que profeta (Mt 11,9), en la línea del precursor que anuncia Malaquías (Mal 3,1), es al mismo tiempo el heraldo del reino de Dios y el último de los profetas, el Elías redivivo. Es el eslabón entre Israel y el reino de Dios. De ahí, su desventaja ante los que conozcan y vivan inmersos en esta última realidad. A estos, que disfrutan de la presencia del mesías les toca recibir el beneficio del “sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor” (St 5,10).

Orar con la Palabra

  1. En la escuela del Bautista y los profetas.
  2. El reino que fortalece la debilidad.
  3. Engrandecerse como pequeño miembro del reino de Dios.

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