Iglesia y Sociedad en el siglo XXI

Iglesia y Sociedad en el siglo XXI

Colegio de Ingenieros de Sevilla

Fundación Cajasol. 29 de marzo de 2022

 Saludos

Señor Presidente de la Fundación Cajasol, don Antonio Pulido; Señor Presidente de la Asociación Territorial de Ingenieros Industriales de Andalucía Occidental, don Germán Ayora; Señor Vicario General de la Archidiócesis de Sevilla, don Teodoro León; señoras y señores presentes. En primer lugar, quiero agradecer la amable invitación para participar en esta edición de los “Diálogos por Andalucía”. La disertación tratará sobre “Iglesia y Sociedad en el siglo XXI”.

 Constará de tres partes: en la primera haremos una aproximación a la sociedad actual, una época en cambio continuo, o como señalaba el Papa Francisco en su discurso a la Curia Romana el 21 de diciembre de 2019, “no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época”[1]. En la segunda parte presentaremos tres modelos de relación de la Iglesia con la Sociedad, a partir de tres momentos significativos de su historia; por último, una síntesis de la Buena Nueva que proponemos, aquí y ahora, en Sevilla, en los inicios del tercer milenio.

Aproximación a la sociedad actual

Una época en cambio continuo

En primer lugar, conviene que nos aproximemos a la sociedad actual con realismo, que es un valor previo y básico en cualquier estudio serio.

  1. Transformación social

El Informe FOESSA de 2021[1], presentado el pasado mes de febrero, impulsado por Cáritas Española, corrobora lo que había afirmado con anterioridad el Informe FOESSA de 2019: nos encontramos en una gran metamorfosis social que tiene como causa profunda una sociedad desvinculada en la que crecen la desconfianza y el enfrentamiento. A esta situación se ha llegado a través de un proceso de cambios tecnológicos, económicos y culturales que han afectado a las diferentes dimensiones de la existencia, y que ha alcanzado su punto culminante en un intento de transformación antropológica promovida por el sistema dominante, por medio de un estilo de vida y de una organización de la convivencia que la van propiciando.

De este modo, la evolución económica ha provocado el paso acelerado de la sociedad española por la etapa industrial, mayoritariamente rural hasta finales de los años cincuenta. Ya no vivimos en una sociedad industrial en la que el trabajo era monótono pero estable. Esta transformación se produce además en medio de fuertes crisis económicas y sociales y de unos flujos migratorios extraordinarios. Por otra parte, aparecen nuevas situaciones de pobreza a causa de la soledad, la falta de afecto, de energías físicas, de sentido, de perspectivas de futuro, y también de fe. La nueva revolución tecnológica impone valores y estilos de vida concretos. Los sociólogos hablan de capitalismo de la vigilancia, generador permanente de la nueva cultura, en la que la inteligencia artificial se convierte en una especie de «voluntad artificial» que induce los deseos y las tomas de decisión, pues el poseedor de los «datos entregados» tiene acceso a las aspiraciones y pensamientos de cada uno de nosotros. Conoce nuestro perfil, y sabe lo que nos falta. Es el “gran hermano”.

  1. El relativismo, cultura dominante

La cultura dominante que ha ido gestándose a lo largo de décadas, es relativista. Para el relativismo no hay valores absolutos ni puede haber juicios universales, ya que todo está en función de la percepción subjetiva de cada uno y de los intereses de los grandes grupos de poder. En consecuencia, se hacen muy difíciles los compromisos estables y la vivencia de la fe. La vida humana queda desarraigada, sin ningún anclaje divino ni verdad absoluta. La norma suprema del comportamiento llega a través del consenso social positivista y todo queda a merced de los intereses de quienes pueden imponer su voluntad. Los más débiles y vulnerables quedan excluidos y no son tenidos en cuenta. Los jóvenes experimentan un extraño malestar, pero no saben bien por qué. En esta incertidumbre el nuevo imperio digital, que quiere borrar la distinción entre lo verdadero y lo falso, la realidad y la ficción, el bien y el mal, se ofrece como guía para el camino y la toma de decisiones. Los vínculos sociales de todo tipo se debilitan y quedan sustituidos por el enjambre digital, en expresión de Byung-Chul Han[1]. La comunidad digital es una suma de individualidades aisladas, pero que nunca llega a ser un «nosotros». Hay enjambre, pero no hay pueblo, porque la simple suma de individuos no hace comunidad. Los cambios digitales están afectando a todos los estratos de nuestra sociedad y contribuyen al nacimiento de nuevas condiciones laborales, nuevos modelos de vida, nuevas formas de comunicación y relación. En una palabra, un nuevo mundo.

En la raíz de este proceso transformador se encuentra el empobrecimiento espiritual y la pérdida de sentido. El olvido de Dios, la indiferencia religiosa, la despreocupación por las cuestiones fundamentales sobre el origen y el destino trascendente del ser humano, influyen en el comportamiento moral y social de los individuos. Se ha pasado de un ateísmo militante que necesitaba oponerse a Dios o declarar su muerte, a un ateísmo práctico, en el que se organiza la vida como si Dios no existiera. El empobrecimiento espiritual conduce a la pérdida de sentido, que desemboca en el vacío existencial y en el aburrimiento, el no ser capaces de saciar la sed de felicidad a pesar de disponer de más medios y posibilidades que nunca. Ni la acumulación de riquezas ni el consumismo vertiginoso llenan este vacío profundo. Ante la falta de significado solo queda el deber, impuesto desde fuera por las reglas del sistema económico o autoimpuesto por el afán de progreso personal, o la diversión para apartar la mirada de la nada o el vacío. Todo este proceso de transformación no tiene lugar simplemente como consecuencia de transformaciones tecnológicas y económicas, sino que es impulsado por un intento premeditado de «deconstrucción» de la cosmovisión cristiana. Tal como señala el Papa Francisco en la Carta Encíclica Fratelli Tutti, «se advierte la penetración cultural de una especie de “deconstruccionismo”, donde la libertad humana pretende construirlo todo desde cero. Deja en pie únicamente la necesidad de consumir sin límites y la acentuación de muchas formas de individualismo sin contenidos»[2]. Todo ello ocurre de manera suave y casi imperceptible, es más, la cultura de masas, basada en emociones y sensaciones, logra que este proceso se viva de manera que parezca un logro de la libertad.

¿Cuáles son las consecuencias de este modelo social? La desvinculación, la desconfianza y el enfrentamiento. El sociólogo polaco-británico Zygmunt Bauman acuñó la metáfora de la liquidez para describir los tiempos actuales[3]. Según él, hemos pasado de una sociedad moderna que buscaba la solidez en los grandes principios ideológicos y en las grandes causas, a una sociedad posmoderna que es líquida y voluble. Como consecuencia surgen la desvinculación y la desconfianza, la fragmentación de las vidas y la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista de relaciones efímeras en las que no se mantienen ni la lealtad ni los compromisos adquiridos. «Tiempos líquidos, sociedad líquida, amor líquido», que desembocan en un hombre líquido que quiere ser simplemente un ciudadano del mundo sin ataduras, ni en el amor ni en la forma de vida. La realidad líquida es continuo movimiento, flujo y búsqueda de nuevas experiencias, pero sin echar raíces en ningún lugar, sin compromiso en el amor ni en el trabajo. Ciudadanos del mundo, pero de ningún lugar concreto. Es la era del consumismo, en la que lo importante no es conservar los objetos mientras son de utilidad, sino cambiarlos constantemente. A la vez, la vida líquida angustia a las personas porque no tienen nada estable y duradero. El mismo Bauman denomina a este período la «gran desvinculación», que supone un enorme desmoronamiento de las instituciones que sostenían la creación de valores y bienes públicos. Es la desvinculación respecto de sí mismo, de la realidad, del otro y de Dios.

  1. Aspectos positivos

Pero no todo es negativo. También podemos reseñar aspectos positivos de la sociedad. El ser humano sigue formulándose las preguntas fundamentales sobre la vida y su sentido más profundo, sobre el proyecto personal de futuro, sobre la vida eterna[1], y junto a la búsqueda de sentido, la búsqueda de la verdad. La humanidad, a lo largo de la historia, ha buscado la verdad, ha buscado el sentido de las cosas y sobre todo de su propia existencia. La exhortación “conócete a ti mismo”, que estaba esculpida sobre el dintel del templo de Delfos, es un buen reflejo de esta búsqueda y de la importancia que en la Grecia clásica se daba al conocimiento de uno mismo. Esta frase encierra algunas de las preguntas más antiguas del pensamiento filosófico: quién soy, de dónde vengo, adónde voy; son las preguntas fundamentales sobre la propia identidad, sobre la procedencia y el final de la vida, sobre el mal y la muerte, sobre el más allá, están presentes en todas las culturas[2]. Toda persona humana, también hoy, es impulsada por su propia naturaleza a buscar la verdad, el sentido de las cosas y, sobre todo, de su propia existencia. Y buscando la verdad nos encontramos con Cristo, Verdad y Vida. La vivencia religiosa, la fe en Dios, aporta claridad y firmeza a nuestras valoraciones éticas. La vida humana se enriquece con el conocimiento y aceptación de Dios, que es Amor y nos mueve a amar a todas las personas. La experiencia de ser amados por un Dios que es Padre nos conduce a la caridad fraterna y, a la vez, el amor fraterno nos acerca a Dios.

En segundo lugar, podemos afirmar que en la actualidad se da un mayor respeto a la persona humana y a su dignidad, y en líneas generales tiene lugar una mayor sensibilidad por la promoción de los derechos humanos, aunque se constaten también dolorosas excepciones en temas fundamentales que afectan a la vida y a la familia. Este hecho permite nuevas posibilidades de evangelización porque facilita una propuesta antropológica, teológica y espiritual que la Iglesia está llamada a poner al servicio de nuestra sociedad y de la cultura. La Iglesia propone unos principios que se fundamentan en el amor a Dios y el respeto absoluto a la persona y a la vida humana. Este respeto incondicional a la persona se convierte en un testimonio nuevo y eficaz, que es capaz de crear una cultura de la vida. Este camino, a su vez, nos permite entrar en el diálogo sobre la cuestión de la conciencia y de la experiencia del ser humano, de su búsqueda del sentido de la vida y de su capacidad de abrirse a la trascendencia.

En tercer lugar, es necesario poner de relieve la realidad del voluntariado, tan extendido hoy, que se manifiesta en múltiples campañas de ayuda al Tercer y Cuarto Mundo. A la vez, se va generalizando la participación en iniciativas de defensa de la naturaleza y el medio ambiente; crece la conciencia de que la sostenibilidad es responsabilidad de todos y que la conservación del planeta se convierte en una cuestión cada vez más urgente. El voluntariado es un modo de ser, una visión de la responsabilidad social a través de grupos organizados cuya finalidad es defender los derechos y la dignidad de las personas, la paz en el mundo, promover valores como la solidaridad, la gratuidad y la igualdad, mantener la formación, el acompañamiento, las acciones transformadoras. En definitiva, una escuela de vida que educa para la solidaridad y la donación de sí mismo. En los meses de confinamiento fuimos testigos de ejemplos admirables de solidaridad, y lo mismo está pasando con ocasión de la invasión de Ucrania y la guerra consecuente.

 Modelos de relación de la Iglesia con la sociedad

Esta descripción de la realidad social interpela a la Iglesia con una pregunta fundamental: ¿cuál es su papel en medio del mundo? ¿Cómo podrá entenderse su relación con la cultura? A lo largo del tiempo se han puesto en juego varios modelos de entender este vínculo. Vamos ahora a centrar la mirada en tres de ellos, que pueden considerarse una síntesis y, al mismo tiempo, un prototipo:

  1. El cristianismo, “alma del cuerpo social” según la Epístola a Diogneto

En la Epístola a Diogneto, un escrito del siglo II, aparece el modelo más antiguo y emblemático del vínculo profundo entre Iglesia y sociedad, que ha sido actualizado recientemente por las llamadas continuas de los obispos y de san Juan Pablo II, Benedicto XVI y en la actualidad el Papa Francisco, a que Occidente tenga alma, espíritu, y no sea sólo una esstructura económica.

Situémonos en el día a día de los cristianos de los primeros siglos. Nos podemos preguntar sobre su vida, sobre su espiritualidad. Tenían que confrontar su fe y sus costumbres con los sistemas filosóficos y religiosos del momento, así como con las costumbres de su entorno. De hecho, se encontrarán con el judaísmo y el paganismo, que representaban dos concepciones del mundo muy diferentes entre sí.

“Los cristianos, en efecto, –dice el autor anónimo del escrito– no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. Porque no habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un estilo de vida aparte de los demás […] Habitan sus propias patrias; toman parte en todo como ciudadanos. […] Por decirlo brevemente: lo que el alma es en el cuerpo, esto son los cristianos en el mundo. […] Habita el alma en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; así los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo”[1].

La inculturación del cristianismo en la sociedad sigue aquí un sentido preciso: procede del interior de la fe cristiana –entendida como comunicación gratuita de Dios a la que el hombre se adhiere– y se extiende hasta la visibilidad social de la cultura. De esta manera, el arranque de la inculturación es la fe viva de la Iglesia y el punto de llegada será la traducción de la fe en formas de vida, en cultura, con referencias personales y sociales.

La antigua cristiandad europea

La influencia del cristianismo en la conformación de la unidad europea es un impresionante ejemplo de cómo el curso de la historia es modificado y determinado por la intervención de nuevos influjos espirituales. De igual modo, en el mundo antiguo, vemos que la civilización material del Imperio Romano tuvo necesidad de alguna inspiración religiosa, de algo más profundo que el culto oficial. Esta inspiración religiosa llegó y fue el cristianismo.

Según el historiador Giuseppe Alberigo, las condiciones particulares de homogeneidad sociocultural, la hegemonía indiscutible del cristianismo romano, favorecieron la formación de una realidad histórica singular que tomó el nombre de “cristiandad”, y que pretendió a lo largo del tiempo identificarse con el cristianismo. Se trató, precisamente, de un bloque histórico grandioso, que, de España a Polonia, y del Báltico al Mediterráneo, abrazó durante muchos siglos (VIII al XVI) a los pueblos de la Europa central y occidental. Como el mismo nombre de “cristiandad” indica, el elemento unificante estaba formado por el cristianismo, o, mejor dicho, por una cultura, una ideología y una política “cristianas”, que se identificaban a sí mismas y se presentaban como cimentadas en el cristianismo y deducidas de él coherentemente.

Se podría decir que las divisiones religiosas, que siguieron a este periodo de cristiandad, bien definidas por la norma cuius regio eius religio, fueron pensadas sobre todo para consentir las divisiones políticas, los aislamientos nacionales y, finalmente, las guerras. Bajo un modelo de unidad religiosa los conflictos eran considerados fratricidios y se hacía lo posible para superarlos. Después, cuando se produce la división de los cristianos, los conflictos pasaron a ser una especie de gloria nacional. Sin embargo, como la conciencia cristiana y europea no había muerto, esas guerras, sobre todo en Europa, a muchos le parecieron guerras civiles. Porque la conciencia de la común unidad nunca se perdió del todo. El escritor ruso Soloviov reclamó que la Iglesia, así como unificó a Europa con los Francos, después con los Sajones, debería tratar de reunificarla con la justicia social, superando las divisiones de clase, de casta y raza. Es decir, eliminando las mayores causas de conflicto.

  1. La misión de la Iglesia en la sociedad desde la perspectiva del Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes[9]

La constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, presenta la cuestión de la mutua relación entre la Iglesia y el mundo. La Iglesia comunica la vida divina al hombre, y tiene como misión elevar la dignidad de la persona, consolidar la firmeza de la sociedad y dotar a la actividad diaria de la humanidad de un sentido y significación más profundos. De esta forma intenta dar un sentido más humano al hombre en su historia. Por ello, la Iglesia católica valora la colaboración de todas las personas individuales y de toda la sociedad humana a fin de la realización de su misión. ¿Cuáles son los principios de esta ayuda mutua?

En primer lugar, la ayuda que la Iglesia procura prestar a ser humano. La Iglesia puede ayudar al ser humano a descubrir el sentido de su propia existencia, la verdad más profunda sobre sí mismo; responde a las más profundas aspiraciones del corazón humano; puede ayudar a consolidar y defender la dignidad humana. El Evangelio proclama la libertad de los hijos de Dios, rechazando así todas las esclavitudes, que derivan, en última instancia, del pecado, y respetando la dignidad de la conciencia y su libre decisión. La Iglesia proclama los derechos del hombre y favorece el dinamismo social cuando promueve tales derechos.

En segundo lugar, la ayuda que la Iglesia procura dar a la sociedad. La misión que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social; el fin que le asignó es de orden religioso. Pero de esa misión religiosa derivan funciones y energías que pueden servir para establecer la comunidad humana según la ley divina. La Iglesia puede y debe crear obras al servicio de todos, particularmente de los más necesitados[1]. Al no estar ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a ningún sistema político, económico y social, la Iglesia, por su universalidad, puede constituir un vínculo entre las diferentes naciones y comunidades humanas.

En tercer lugar, la ayuda que la Iglesia procura prestar a la actividad humana. Los cristianos deben cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. No se pueden evadir de las tareas temporales amparándose en la ciudad futura, y tampoco deben sumergirse en los negocios temporales sin referencia religiosa o moral alguna. Los laicos deben encargarse de las actividades temporales con competencia, respetando las leyes propias de las diferentes disciplinas, con iniciativa y creatividad, cumpliendo su función propia con sabiduría y según los principios cristianos. Están llamados a cristianizar el mundo, y además, su vocación se extiende a ser testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana.

Y, por último, en cuarto lugar, la ayuda que la Iglesia recibe del mundo. Es de justicia reconocer a la Iglesia como realidad social y fermento de la historia. De igual modo, la Iglesia reconoce los muchos beneficios que ha recibido del género humano a lo largo de la historia. La experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros de las diversas culturas, permiten conocer más a fondo la naturaleza humana, abren nuevos caminos para la verdad y aprovechan también a la Iglesia. La Iglesia debe escuchar, discernir e interpretar los signos de los tiempos. Con las palabras del Evangelio, la Iglesia cumple su misión como sal y luz y como fermento en la masa. Respeta la autonomía del orden temporal y actúa desde la autoridad moral, y con actitud de servicio

La Buena Nueva que proponemos

Una vez presentado este panorama, nos preguntamos: ¿qué puede aportar la Iglesia a la sociedad del siglo XXI? La Iglesia comparte las dificultades y las esperanzas de la humanidad, de la cual forma parte, y tiene como misión elevar la dignidad de la persona, afianzar la sociedad y dar a la actividad humana un sentido y una significación más profundos. Vivimos en una sociedad desvinculada, en la que cada vez es más difícil hacernos cargo de los que se quedan atrás, de los descartados, y, por ello, necesitamos re-vincularnos. Revincularnos con Dios, con nosotros mismos, con los demás y con la creación. Veamos algunas respuestas a los retos del momento presente.

1.Ante la cultura dominante relativista: la centralidad de la Persona de Jesucristo y unos principios morales fundamentales

La esencia del cristianismo es la Persona de Cristo, y la vida cristiana comienza a partir de un encuentro con Él[1]. La Persona de Jesucristo ha de ser el centro de la vida y de la misión de la Iglesia. El Papa Benedicto XVI, en la introducción de su encíclica Dios es amor, lo resume magistralmente: «No se empieza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[2]. También ofrecemos unos principios morales fundamentales: la grandeza de la vida humana, el valor incomparable de cada persona, que está llamada a participar de la misma vida de Dios, tal como señala el papa san Juan Pablo II[3]. La Iglesia está llamada a ofrecer al mundo una moral que se fundamenta en el amor a Dios y el respeto absoluto a la persona y a la vida humana, especialmente cuando esa vida es más débil e indefensa; una moral que consolida y defiende la dignidad humana.

2. Ante el empobrecimiento espiritual: el sentido de la trascendencia y el culto a Dios en espíritu y en verdad

Con su testimonio de palabra y de vida, la Iglesia ofrece a la sociedad actual el sentido de la trascendencia: la seguridad de que el ser humano es capaz de encontrarse con Dios. En primer lugar, el sentido de la trascendencia de la vida humana, es decir, que hemos de vivir enraizados en la tierra, en la aventura de la historia, pero siempre aspirando hacia el horizonte supremo del Reino de Dios. En un mundo secularizado que invita a mirar y a vivir a ras de tierra, la Iglesia procura ayudar a nuestros coetáneos a alzar la mirada, a mirar hacia el cielo y elevar el nivel de sus horizontes vitales. Por eso, la comunidad cristiana ha de ser un pueblo de testigos de Dios y maestros de la fe, que enseñan a rezar, a vivir la relación con Dios y a recordar la verdad más profunda del ser humano: que Dios lo ha creado y lo mantiene en la existencia. Este es el don fundamental recibido, desde su origen en la tierra: el hombre está llamado a la unión con Dios, al diálogo con Dios.

 3. Ante las situaciones de pobreza y el fenómeno migratorio: solidarios con el sufrimiento humano y testigos de la misericordia de Dios

Hoy más que nunca hemos de vivir aquellas palabras del Concilio Vaticano II, que mantienen toda la actualidad: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los más pobres y de cuantos más sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón»[1]. Por consiguiente, ayudar a los hermanos necesitados, es algo esencial para la Iglesia, forma parte de su naturaleza íntima. La actividad de la Iglesia en todos sus miembros tiene que ser expresión del amor de Dios. Un amor recibido, compartido y proyectado, que busca el bien de la Iglesia y el bien de toda persona que encontremos en nuestro camino. El papa Francisco nos pide insistentemente que vivamos como una Iglesia que sale a las periferias al encuentro del pobre, del más débil; una Iglesia que se conmueve, que se compadece y se acerca, que afronta las situaciones y aplica los remedios adecuados, que cura las heridas y aporta calidez al corazón[2].

 4. Ante la liquidez del sujeto posmoderno: un ideal de vida

El ideal de vida cristiana, que se compone, en primer lugar, de una espiritualidad recia y profunda, una vida de oración intensa, que se alimenta de la Palabra de Dios y de los sacramentos, que descubre la Eucaristía como la fuente y cumbre de su vida cristiana y de la vida de la Iglesia, y el sacramento de la Reconciliación como el encuentro con Cristo que libera del pecado, de la esclavitud más radical. La Sagrada Liturgia será la escuela donde se aprenden los aspectos más esenciales de la espiritualidad católica. Por otra parte, la situación actual constituye un desafío cultural continuo, que requiere una sólida formación integral, una síntesis entre fe, cultura y vida que fortalece las convicciones. Por último, el cristiano proyecta su fe a través de la acción apostólica actuando como un hijo de Dios llamado a la santidad y al apostolado. Evangeliza a sus contemporáneos viviendo en medio de ellos, en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, dando respuesta a las nuevas situaciones de la economía y de la política, de la cultura, la ciencia y la investigación, fermentando con el Evangelio los ambientes y las estructuras.

5. Ante la desvinculación del enjambre digital: la amistad vivida en la comunidad cristiana

Nuestros contemporáneos tienen necesidad y capacidad de convivir y colaborar con otras personas, porque el ser humano es relacional, comunicativo, dialogal. La experiencia de la comunidad cristiana responde a esta búsqueda, a este deseo del corazón. La comunidad cristiana es relación profunda, comunicación de espíritus. Por eso hace falta que haya conocimiento y amor mutuos: vivir en amistad, en clima de familia, con la solidaridad de los que forman una única realidad, hasta llegar a compartir los bienes materiales y las situaciones interiores, hasta llegar a responsabilizarse los unos de los otros. Nuestras comunidades cristianas, religiosas y parroquiales, las realidades y movimientos de Iglesia, las hermandades y cofradías, están llamadas a ello, tienen que ofrecer la posibilidad de vivir esta experiencia. Ser comunidad es identificarse todos los miembros del grupo con un proyecto común. Cada miembro de la comunidad ha de tener conciencia de desarrollar una función en el grupo. Cada cual tiene que sentirse útil, sentir que aporta su colaboración a la obra común. Como el cuerpo humano en que todos los miembros tienen su función y todos son importantes.

6. Ante las prisas, el ruido, la superficialidad: la vía de la belleza

La Iglesia ha de prestar una especial atención al camino de la belleza, una vía capaz de guiar la mente y el corazón hacia las alturas de Dios. El arte y la fe constituyen un binomio muy presente en la historia de la Iglesia que hoy debemos valorar especialmente en la tarea de llevar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo el anuncio del Evangelio, del Dios que es Belleza, Verdad y Amor infinito. La experiencia y necesidad de salvación está presente en las obras y en la creatividad de los artistas, y pone de manifiesto que la herida de la belleza eleva la mirada hacia Dios, el Artista supremo. En su Discurso a los artistas, hablaba Benedicto XVI de la «»via pulchritudinis», un camino de la belleza que constituye al mismo tiempo un recorrido artístico, estético, y un itinerario de fe, de búsqueda teológica»[1]. El camino de la belleza nos conduce, entonces, a tomar el Todo en el fragmento, el Infinito en lo finito, Dios en la historia de la humanidad. Nuestra ciudad está llena de tesoros de arte que expresan la fe y nos remiten al encuentro con Dios.

Una palabra final: aportación a la vida pública

La Iglesia está llamada a hacer una aportación a la vida pública de nuestra sociedad actual. Tiene que ofrecer hombres y mujeres formados en el humanismo cristiano, en el sentido de la justicia y del bien común; que luchen por el establecimiento de unas leyes que favorezcan el bien común y la paz y la dignidad de las personas, especialmente de las menos favorecidas.

Insistamos sobre ello: la misión que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. La finalidad que le asignó es de orden religioso. Pero de esta misión derivan funciones y energías que pueden servir para establecer la comunidad humana según la voluntad de Dios. Además, la Iglesia tiene que crear obras al servicio de todos, particularmente de los más necesitados. En definitiva, la Iglesia sólo pretende una cosa: el advenimiento del Reino de Dios, que es reino de justicia, de amor y de paz, y que la salvación llegue a toda la humanidad. Todo el bien que el Pueblo de Dios puede ofrecer a la familia humana durante el tiempo de su peregrinación en la tierra deriva del hecho de que la Iglesia es sacramento universal de salvación, que manifiesta y, al mismo tiempo realiza, el misterio del amor de Dios a la humanidad[1].

 Muchas gracias por su atención.

+ José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla

[1] FRANCISCO, Discurso a la Curia Romana con motivo de las Felicitaciones Navideñas, 21 de diciembre de 2019.

[2]  Además del Informe FOESSA tienen interés los Estudios Jóvenes españoles de la Fundación SM: Jóvenes españoles entre dos siglos (2017) y Jóvenes españoles 2021. Ser joven en tiempos de pandemia (2021).

[3] Cf. BYUNG-CHUL HAN, En el enjambre, Herder Editorial, Barcelona 2016.

[4] FRANCISCO, Carta Encíclica Fratelli Tutti del Santo Padre Francisco sobre la fraternidad y la amistad social, n. 13.

[5] ZYGMUNT BAUMAN, Vida líquida, Austral, Barcelona 2006.

[6] VIKTOR FRANKL, El hombre en busca de sentido, Alemania 1946.

[7] Cf. SAN JUAN PABLO II, Fides et Ratio n.1.

[8] Epístola a Diogneto, v. 1-3; 5-8; VI, 1-4.

[9] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, nn. 1-3, 40-44.

[10] Cf. BENEDICTO XVI, Deus caritas est.

[11] Cf. ROMANO GUARDINI, La esencia del cristianismo (Madrid 1945) 12.

[12] BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, n. 1.

[13] Cf. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, nn. 2-4.

[14] CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, n. 1.

[15] Cf. Entrevista del P. Antonio Spadaro al papa Francisco en Civilta Cattolica, septiembre 2013.

[16] BENEDICTO XVI, Discurso del Santo Padre Benedicto XVI en el Encuentro con los Artistas, 21 de noviembre de 2009.

[17] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Lumen Gentium n. 1.


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