Homilía en la ordenación sacerdotal de Eduardo Vega

  1. El Señor nos concede el privilegio de participar la ceremonia de ordenación sacerdotal de un hermano nuestro, Eduardo Vega Moreno, a quien nos unen los vínculos de la sangre, de la amistad, del afecto y de la estima y, sobre todo, los vínculos bien profundos de la misma fe en el Señor Jesús. En un clima de plegaria ferviente, vamos a vivir con él uno de los acontecimientos más transcendentales de su vida.

 

  1. En realidad, todos nosotros, desde el bautismo, tenemos ya el carácter sacerdotal, el sacerdocio común. En el bautismo quedamos incorporados a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, y fuimos hechos partícipes de su sacerdocio, de su condición de profeta, de su dignidad real y de su misión de pastor. En virtud del sacerdocio común, todos estamos llamados a ser santos y a sanar y santificar a nuestros hermanos; con el encargo de los profetas que hablan en nombre de Dios y proclaman y testimonian el Evangelio; con la misión de los reyes o pastores del pueblo, para vivir la diversidad de carismas en la unidad, el amor, la comunión y la preocupación por nuestros hermanos.

 

  1. Pero de entre los miembros de este pueblo de reyes, profetas y sacerdotes, Dios llama a algunos, a los que entrega una especial participación en su función de sacerdote, profeta y pastor, distinta no sólo en grado sino sustancialmente del sacerdocio común de todos los bautizados. Por el sacramento del orden, por la imposición de manos del Obispo y la efusión del Espíritu, el Señor les encomienda que actúen “en la persona de Cristo” ejerciendo el sacerdocio ministerial al servicio de todo el Pueblo de Dios.

 

  1. Querido hermano Eduardo: el sacerdocio que dentro de unos momentos vas a recibir como don y que, a partir de ahora vas a ejercer como ministerio, te va a vincular con un nuevo vigor con Jesucristo, el sumo y eterno sacerdote, y te va a exigir la mayor fidelidad desde la especial amistad e intimidad con Él. Al elegirte y llamarte, al regalarte el don de la vocación y al hacerte ahora partícipe de su sacerdocio, el Señor te ha distinguido con una amistad especial por una iniciativa libre y gratuita. Porque el Señor te ha amado primero, espera de ti una respuesta de amor, una respuesta de amistad. Los sacerdotes debemos ser los primeros amigos de Jesús, los grandes amigos de Jesús. “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando”, nos dice el Señor en su discurso de despedida. Esto quiere decir que la amistad y comunión profunda de los sacerdotes con el Señor, debe tener después como consecuencia el seguimiento fiel y la transparencia cabal de aquel en cuyo nombre actuamos.

 

  1. En el ejercicio de tu ministerio, querido Eduardo, vas a representar a Jesucristo, maestro, sacerdote y pastor. Vas a desempeñar la función de enseñar en su nombre. Antes de predicar la Palabra de Dios, acógela en tu corazón, creyendo lo que escuchas y viviendo lo que enseñas. En el anuncio de la Palabra de Dios, no olvides nunca la comunión con la Iglesia, pues ella es su depositaria e intérprete. No olvides tampoco el testimonio de vida, pues los discursos más brillantes, sólo aprovechan y estimulan si van acompañados de las obras y el buen ejemplo.

 

  1. Vas a desempeñar también la función de santificar en nombre de Cristo, el sumo y eterno sacerdote. En la administración de los sacramentos y, especialmente, en la celebración de la Eucaristía, Él te va a permitir actuar en su nombre, “representando a la persona de Cristo Cabeza de la Iglesia”. Ello te exigirá una permanente conversión a Él y una identificación profunda con aquel a quien vas representar, algo que los fieles tienen derecho a esperar de ti.

 

  1. En la administración de los sacramentos, vas a entrar en la esfera de la santidad de Dios. Ello pide de ti una vida santa, inspirada en el radicalismo evangélico, una vida, como la de Jesús, pobre, casta, humilde y obediente, edificada y recreada cada día en la oración. Que Él lo sea todo para ti. En oración y en la celebración de la Eucaristía, descubrirás el gozo y el valor de tu propia vida. Ese es el lugar de la Iglesia y su quehacer principalísimo por todo el orbe de la tierra y ese es el lugar y el quehacer fundamental de todo sacerdote. A la vera del Señor encontrarás la alegría, la fortaleza y la seguridad necesarias para la exigente tarea que te espera.

 

  1. En el ejercicio de tu sacerdocio, por fin, vas a desempeñar, en nombre de Cristo, la función rectora de la comunidad. Que Jesucristo, el Buen Pastor, te conceda crecer cada día en caridad pastoral y en amor a los fieles; que los ames con entrañas de padre. Que les dirijas con auténtico espíritu de servicio. Que descubras cada día su presencia en los más pobres y sencillos, en los enfermos, los ancianos, los niños y los jóvenes, amando y sirviendo a todos, buscando la oveja perdida, perdonando los pecados, consolando a los afligidos, sanando los corazones destrozados, liberando a quienes son víctimas de tantas cadenas (Is 63,1-3) en nombre de aquel que no vino a ser servido, sino a servir a dar su vida en rescate por todos.

 

  1. Hoy el Señor toma posesión de ti para seguir anunciando el Reino de Dios a tus hermanos, para manifestar la bondad y la misericordia de Dios, para llevar el perdón a los hijos descarriados y ayudarles a creer en su Padre celestial y a vivir de acuerdo con su condición de hijos de Dios y ciudadanos del cielo. Vive enteramente a su servicio, sin reservarte nada, sin añorar nada, sin mirar para atrás, poniendo al Señor y su Reino en el primer término de tus anhelos y proyectos.

 

  1. Se humilde, paciente y perseverante. No te creas más que nadie. No dudes nunca del valor de la Palabra que anuncias. No te avergüences de Jesús ni de su Iglesia. No pongas nunca la sabiduría de Dios al servicio de la pobre sabiduría de los hombres. No sometas el poder del Evangelio a tus conveniencias, ni a los deseos de los poderosos de este mundo. Conserva siempre la confianza en el Señor, vive de verdad como siervo suyo. Él te hará libre para cumplir su voluntad y para servir a tus hermanos en la verdad y en el bien.

 

  1. Entra de lleno en la paradoja del Evangelio, que nos dice que, en este mundo, quien pierde la vida por el Señor, la gana; y quien pretende ganarla al margen de Dios, la pierde. Vive la sencillez y la simplicidad del Evangelio que es más sabia que la sabiduría del mundo. Él nos asegura que la humildad y la debilidad de Dios es la fuerza profunda que mueve la vida de la Iglesia. Al hacerte hoy partícipe del sacerdocio de Jesús, asumes su debilidad, pero también su fortaleza invencible. A partir de ahora llevarás en tu cuerpo, en tu ministerio, la debilidad y el dolor de su muerte, pero llevaréis también el esplendor y la victoria de su resurrección, que es la mejor garantía de un sacerdocio fecundo y fiel.

 

  1. En la hermosa aventura que hoy comienzas siéntete siempre acompañado por la Virgen María, la Madre de Jesús, la Madre fuerte de la Iglesia naciente, la Madre amorosa y tierna de cuantos queremos vivir en comunión familiar con Jesús. Las palabras y el ejemplo de María constituyen una sublime escuela de vida en la que se han formado los apóstoles de ayer, de hoy y de siempre. Teniendo a María en el corazón, ella te ayudará a responder filialmente al Padre, a vivir el amor y la adhesión a su Hijo, y a acoger las inspiraciones del Espíritu Santo. Amen.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla

 


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