Homilía del Arzobispo en la Vigilia de Pentecostés 2020

Comienzo mi homilía dando gracias a Dios que nos permite a los pastores y a los grupos y movimientos de Apostolado Seglar y de Acción Católica reunirnos un año más para actualizar el misterio de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles, reunidos en oración en el cenáculo con María la Madre de Jesús, (Hch1,14). El día de Pentecostés la fuerza y el fuego del Espíritu les unge con sus dones. A partir de ese momento, robustecidos con la fuerza de lo alto, inician su misión en las calles y en las plazas anunciando las maravillas de Dios.

En esta tarde, como María y los Apóstoles en el primer Pentecostés, nos hemos reunido en nuestra catedral para invocar al Espíritu. Necesitamos que su fuego nos convierta y purifique. Necesitamos que su calor funda el témpano de nuestra tibieza, temores y cobardías. Necesitamos que su luz caldee nuestros corazones en el amor de Cristo. Necesitamos los dones y los frutos del Espíritu en este momento crucial, en el que no podemos sustraernos al dolor de nuestro pueblo.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel contempla una inmensa llanura llena de huesos secos, una descripción metafórica de la situación del pueblo de Israel abatido en el destierro de Babilonia, que no cesa de repetir: Se ha desvanecido nuestra esperanza, todo se ha acabado para nosotros. Estamos perdidos. El Señor le responde con estas palabras: He aquí que yo abro vuestros sepulcros; os haré salir de vuestros sepulcros… Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis. Se refiere aquí el profeta no a la resurrección de los muertos al final de los tiempos, sino a la resurrección actual de los corazones. Aquellos cadáveres, gracias al Espíritu se reanimaron, se pusieron en pie y formaron -nos ha dicho Ezequiel- un enorme, inmenso ejército. Era el pueblo de Israel que volvía esperanzado, tras el exilio.

En realidad, se puede estar muerto, incluso antes de morir. No hablo sólo de la muerte del alma a causa del pecado. Hablo sobre todo de la ausencia total de alegría, de energía, de esperanza, de deseo de luchar y de vivir, que no es otra cosa que la muerte del corazón. Estamos viviendo meses de muchísimo sufrimiento y de estupor ante algo que antes ni habíamos conocido ni esperábamos. A causa de la epidemia que nos ha cercado, muchos estamos sumidos en una situación psicológica y espiritual de temor, de infinita tristeza, de desesperanza, con miles de muertos sin el consuelo y la cercanía de sus familiares, muchos de ellos ancianos que nos han legado su sudor y su trabajo para que tuviéramos una España mejor, con centenares de miles de enfermos, con el dolor de los trabajadores que se han quedado sin trabajo y no saben cómo van a sacar adelante a sus familias…

Por todos ellos en estas semanas hemos levantado los brazos al cielo, pidiendo que cese tanto sufrimiento. Es posible que más de uno hayamos recordado el grito de Jesús en los instantes postreros de su vida: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado, pregunta que muchos hemos repetido al Señor en estos días ante la desventura que aflige a nuestro mundo. Para todos nosotros, el relato de los huesos secos que reviven gracias a la acción del Espíritu de Dios nos llega como un repique de campanas en la mañana de Pascua porque hay quien puede brindarnos la resurrección del corazón.

Dios nuestro Señor, que de los males saca bienes, por medio de su Espíritu, al que en esta tarde y siempre invocamos, quiere convertir esta tragedia en un acontecimiento de gracia. El papa Francisco nos decía hace dos meses que el coronavirus ha puesto al descubierto nuestra vulnerabilidad y las falsas y superfluas seguridades con las que hemos construido nuestras agendas, proyectos, rutinas y prioridades. El Papa aseguraba que la pandemia nos muestra lo mucho que nos habíamos alejado del Señor, olvidándonos de Él y organizando nuestra vida al margen de Él y de su amor, de quien da fuerza y consistencia a nuestra vida y nos da la inmunidad necesaria para hacer frente a la adversidad.

En los últimos decenios, la Humanidad se ha sentido fuerte y orgullosa de sus triunfos técnicos, se ha sentido capaz de todo, se ha dejado seducir por el progreso material, abandonando la espiritualidad. Nos hemos sentido fuertes y, ante los avances de la medicina, casi invulnerables. Hemos desoído el grito de los pobres y las llamadas del Señor. Un ser microscópico nos ha despertado del sueño prometeico del progreso infinito y nos ha devuelto a nuestra realidad de criaturas limitadas e indigentes.

La epidemia que estamos padeciendo es una llamada apremiante del Espíritu a la conversión, condición inexcusable para anunciar a Jesucristo, pues sin cristianos convertidos no es posible la evangelización. El Espíritu Santo nos regala en esta vigilia de Pentecostés los dones de la sabiduría, del consejo, la fortaleza, la piedad y el temor de Dios, para que renovemos nuestra fe, nuestra confianza y nuestra entrega a Él. De este modo, este tiempo de prueba se convertirá en un tiempo de gracia, tiempo de enderezar el rumbo de nuestra vida y de convertirnos al Señor y a nuestros hermanos.

En la segunda lectura nos ha dicho san Pablo que el Espíritu Santo gime en nuestro interior. Gime por tantos hijos de Dios que yacen llenos de heridas en las cunetas de la vida social, los pobres de Torreblanca, de los Pajaritos, de las Tres mil Viviendas o del Vacie, los pobres que piden en las puertas de las iglesias o que duermen en los cajeros o en las calles, los descartados de los que tantas veces nos ha hablado el Papa. Que, como el Buen Samaritano, no pasemos de largo ante el dolor de la humanidad.

El Papa nos ha invitado a luchar contra el egoísmo, no consintiendo que nos golpee el peor de los virus, el virus de la indiferencia, sino que nos sintamos miembros de una única familia que se sostienen mutuamente y que no dejan atrás a ninguno de los suyos. Que seamos instrumentos humildes en las manos de Dios para aliviar el sufrimiento del mundo, que manifestemos de forma concreta y palpable la ternura y la misericordia de Jesús, haciendo que la persona que sufre se sienta amada.

No olvidemos la misteriosa identificación de Jesús con sus predilectos, los pobres. Cuando servimos a los pobres, servimos al Señor. Cuando vemos y tocamos a los pobres y enfermos estamos tocando la carne de Cristo. Así lo encarecía el venerable Miguel Mañara, un laico sevillano como vosotros, a sus hermanos de la Santa Caridad de Sevilla al pedirles que asistieran a los enfermos no desde el hieratismo de un podio, sino desde la cercanía y la inmediatez corporal, lavando, curando y besando sus llagas, pues “debajo de aquellos trapos –escribe Mañara- está Cristo pobre, su Dios y Señor”.

Oración

Soy consciente de que estoy hablando a los responsables del apostolado seglar de nuestra Archidiócesis, a los que no es necesario recordar la íntima relación que existe entre evangelización y promoción humana, entre anuncio salvífico y desear, buscar y cuidar el bien de los demás. A todos os recuerdo que la evangelización se legitima a través del amor misericordioso y compasivo. La vida de la Iglesia es auténtica y creíble su mensaje cuando hace de la misericordia su razón de ser.

En la secuencia hemos invocado al Espíritu Santo como padre amoroso del pobre. Pidámosle que nos regale sus dones y frutos, la piedad, la caridad, la generosidad, la bondad y la benignidad con los hermanos. Que Él libere a la humanidad de la epidemia y que nos ayude a todos a cumplir la misión prioritaria de la Iglesia, que nunca debe cansarse de ofrecer misericordia, estando siempre dispuesta a confortar, compartir y servir. Así sea.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla


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