Homilía del Arzobispo de Sevilla. Jueves de Corpus Christi 2019

1. Dogma datur christianis, quod in carnem transit panis, et vinum in sanguinem”. Con estas palabras de la secuencia de la fiesta del Santísimo Corpus Christi, que escribiera santo Tomás de Aquino en 1263, la Iglesia proclama en esta solemnidad que es un dogma cierto para los cristianos que en la celebración de la Eucaristía el pan se convierte en la carne y el vino en la sangre del Señor. En esta mañana, en esta singular cita de fe y de alabanza que es la fiesta del Corpus Christi en la ciudad de Sevilla, también nosotros proclamamos con gran alegría espiritual este misterio esencial de nuestra fe, corazón de la Iglesia.

2. Sus orígenes se remontan a la mitad del siglo XIII. Las ciudades de Lieja y Bolsena fueron las primeras en celebrarla, mientras al papa Urbano IV le cabe el honor de haberla extendido a toda la cristiandad en el año 1264. Trataba de reafirmar abiertamente la fe del Pueblo de Dios en Jesucristo vivo y realmente presente en el santísimo sacramento de la Eucaristía, verdad puesta en duda o simplemente negada por algunas herejías medievales. Nace así esta fiesta, que a todos nos invita a proclamar el misterio, a redoblar la admiración ante el prodigio de la transustanciación, a adorar y agradecer públicamente al Señor, que en el Sacramento eucarístico sigue amándonos hasta el extremo, hasta entregarnos su cuerpo y sangre como don precioso.

3. El misterio eucarístico supera toda lógica humana. Precisamente porque se trata de una realidad misteriosa que rebasa nuestra comprensión natural, no nos ha de extrañar que también hoy a muchos les cueste aceptar la presencia real. Así ha sucedido desde el día en que, en la sinagoga de Cafarnaún, Jesús prometió a sus discípulos dejarles como alimento su cuerpo y su sangre (Jn 6,26-58). Las palabras del Señor parecieron muy duras y muchos discípulos dejaron de seguirle. Hoy como entonces, la Eucaristía sigue siendo “signo de contradicción” y no es para menos, porque un Dios que se hace carne y se ofrece para la vida del mundo pone en crisis la sabiduría de los hombres. Pero también hoy como entonces, con humilde confianza, nosotros hacemos nuestra la fe de Pedro y los Apóstoles, y como ellos exclamamos: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Sólo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

4. En esta mañana luminosa y radiante renovamos nuestra fe en la presencia real y confesamos con los labios y creemos en el corazón que en la preciosa custodia que en el último cuarto del siglo XVI labrara el platero leonés Juan de Arfe y Villafañe, fruto de la piedad eucarística de nuestro pueblo, está presente Jesucristo con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. “Dogma datur christianis, quod in carnem transit panis, et vinum in sanguinem”. Sí, queridos hermanos y hermanas: esta es nuestra certeza, que el pan se convierte en el cuerpo y el vino en la sangre del Señor.

5. La celebración eucarística de esta mañana nos remite al clima espiritual del Jueves santo, día en que Cristo instituye la santísima Eucaristía. En realidad, este don inconmensurable e inaudito, que los Apóstoles reciben en la intimidad de la última Cena, estaba destinado a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Por ello, para que todos lo contemplen y se sientan atraídos hacia Él, en esta mañana proclamamos a plena luz, en el bellísimo entramado urbano de la ciudad de Sevilla, cuanto Jesús dijo e hizo en la intimidad del Cenáculo (Mt 10,27). Cristo va a volver a recorrer nuestras calles, ofreciendo a los hijos e hijas de nuestra ciudad la vida inmortal, el amor, el sentido para sus vidas, la alegría y la esperanza. Cristo va a caminar por nuestras calles, como caminaba por los caminos polvorientos de Palestina. Va a caminar por donde nosotros caminamos, junto a las casas en las que nosotros vivimos, para que hoy como entonces cure a los enfermos, devuelva la vista a los ciegos, consuele a los tristes y todos quedemos convertidos y renovados por la fuerza de su amor.

6. Caminemos con Él, alegres por tenerlo a nuestro lado y sostenidos por la esperanza de poderlo contemplar un día cara a cara en la gloria celestial. Aclamémosle como el Hijo único de Dios, principio y fin de todo lo que existe, luz de las gentes, camino, verdad y vida de los hombres, amor de los amores, fuerza de salvación para todo el que cree, oferta para todos de paz, de amor y de vida inmortal. Digámosle que le agradecemos que haya querido revestirse de nuestra humanidad para ser vecino nuestro, compañero de peregrinación, apoyo de nuestra debilidad y alimento de nuestras almas. Mostrémoslo a nuestros conciudadanos, sin pudor y sin complejos, como el auténtico tesoro de la Iglesia, como el pan que rejuvenece, renueva y fortalece nuestras almas, pues en Él recibimos la vida de Dios hasta la hartura.

7. En el corazón de la secuencia, con gran belleza literaria, santo Tomás escribe estos versos hermosísimos: “Ecce panis angelorum, factus cibus viatorum: vere panis filiorum”, “He aquí el pan de los ángeles, el pan de los peregrinos, el verdadero pan de los hijos”. La Eucaristía es el alimento de quienes en el bautismo hemos sido liberados de la esclavitud y engendrados como hijos de Dios. Como el maná que permite subsistir al pueblo de Israel en su peregrinación por el desierto, la Eucaristía es para nosotros los cristianos el alimento que nos sostiene mientras atravesamos el desierto de este mundo, un mundo donde domina la lógica del poder y del dinero, más que la del servicio y del amor; un mundo donde triunfa la cultura de la muerte, las guerras, el terrorismo y las agresiones contra la vida no nacida o en su ocaso, un mundo que en España ha entrado en una profunda crisis demográfica de gravísimas consecuencias para el futuro. En esta mañana, Jesús sale a nuestro encuentro y nos infunde seguridad. Él nos dice hoy una vez más: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien come de este pan, vivirá para siempre” (Jn 6,51).

8. En el pasaje evangélico de la multiplicación de los panes, anuncio explícito de la Eucaristía, nos asegura san Lucas que después de obrado el prodigio, “comieron todos hasta saciarse” (Lc 9,11-17). El evangelista subraya la palabra “todos”. Y es que la Eucaristía es para todos. Ella es el sustento y alimento, que hoy necesitamos más que nunca para vivir fiel y santamente nuestra vocación cristiana. Sin la Eucaristía, recibida con frecuencia y con las debidas disposiciones, ni los sacerdotes, ni los consagrados, ni los laicos podremos vivir nuestra fe y nuestros compromisos con coraje y valentía. Sin ella nos faltarían las fuerzas para mantener la esperanza, para afrontar las dificultades del camino, para luchar contra el mal, para no sucumbir ante los ídolos y las seducciones del mundo, para seguir al Señor con entusiasmo, ofrecerle la vida, confesarle delante de los hombres (Mt 10,32-33), servir, amar y perdonar, incluso a los enemigos.

9. San Lucas destaca además otro detalle: en el relato de la multiplicación de los panes, el Señor nos invita al compromiso con los pobres cuando, después de compadecerse de la muchedumbre, dice a los Apóstoles: “Dadles vosotros de comer”. El prodigio que Jesús realiza no parte de cero, sino de la contribución modesta del muchacho que entrega cinco panes y dos peces, una aportación humilde pero necesaria, que el Señor transforma en alimento para todos. Y es que la participación en la Eucaristía, queridos hermanos y hermanas, nos impulsa a compartir. Como escribiera San Agustín, la Eucaristía es sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad. Por ello, no es una casualidad que la Iglesia en España celebre en este día la Jornada de Caritas, el día de la caridad.

10. Como se nos ha dicho recientemente desde instancias europeas y desde nuestra Cáritas diocesana, y yo mismo he escrito en mi última carta semanal, estamos ante una verdadera emergencia social. Frente a la opulencia de unos pocos, se dan entre nosotros situaciones de extrema pobreza y de privaciones de hasta lo más elemental. Nuestra participación en la Eucaristía exige de nosotros, hoy más que nunca, signos de fraternidad, un género de vida más austero y no ostentoso, por solidaridad con los que nada tienen y para poder compartir con ellos no sólo lo que nos sobra, sino incluso lo necesario. Os invito, pues, a ser generosos en la colecta de esta eucaristía, destinada a Cáritas.

11. Instantes antes de renovar sobre el altar el sacrificio de la cruz, instantes antes de hacerse presente en medio de nosotros, Jesús nos recuerda a todos sus propias palabras en el Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos” 20). En la solemnidad del Corpus Christi, el Señor llama a la puerta de nuestra casa y nos pide entrar no sólo hoy, sino siempre. Lo acogemos con alegría dirigiéndole las palabras finales de la secuencia: “Bone pastor, panis vere, Iesu, nostri miserere: Tu nos pasce, nos tuere, Tu nos bona fac videre in terra viventium.Tu qui cuncta scis et vales, qui nos pascis hic mortales: tuos ibi commensales, coheredes et sodales fac sanctorum civium. Amen. Alleluia”. “Buen pastor, pan verdadero, oh Jesús, ten piedad de nosotros. Aliméntanos, defiéndenos, haznos ver el bien en esta tierra. Tú que todo lo sabes y lo puedes, que nos alimentas en esta vida, lleva a tus hermanos a la mesa del cielo, en la gloria de tus santos. Amén”.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

 


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