Homilía de Monseñor Saiz Meneses en la ordenación de un presbítero y ocho diáconos (18-09-2021)

Homilía de Monseñor Saiz Meneses en la ordenación de un presbítero y ocho diáconos (18-09-2021)

Homilía de Monseñor José Ángel Saiz Meneses en la ordenación de un presbítero y ocho diáconos en la Catedral de Santa María de la Sede de Sevilla

Sábado, 18 de septiembre de 2021

Lecturas: Jer 1, 4-9; sal 22; Hech 6, 1-7b; Jn 20, 19-23.

«Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20, 21). Queridos Vicario General, Consejo Episcopal, Cabildo de la Catedral, Rector y formadores de nuestro Seminario, presbíteros, diáconos, seminaristas, miembros de la vida consagrada, hermanas y hermanos todos en el Señor. Especialmente queridos Jesús, Rubén, Jesús, Alejandro, Victoriano Manuel, Manuel, Manuel Jesús, Francisco Javier, Aniceto, y familiares que los acompañáis en un día tan señalado. Hoy la Iglesia en Sevilla está de fiesta. Por la misericordia de Dios, vamos a ordenar a un presbítero y ocho diáconos, alumnos de nuestro seminario. Hoy día cada vocación sacerdotal es un pequeño milagro; por eso damos gracias a Dios, que nos sigue bendiciendo con nuevas vocaciones.

 

El relato de la vocación del profeta Jeremías nos ha recordado el misterio de la vocación, del proyecto eterno de Dios sobre cada uno de nosotros. Jeremías se siente incapaz de realizar la misión encomendada, se siente incapaz de hablar, y, sin embargo, tendrá que hacerlo guiado por Dios, a pesar de la hostilidad que se despierta contra su mensaje. Pero Dios se compromete a acompañarlo, a guiarlo y a darle su fuerza para realizar la misión. No debe tener miedo ante sus adversarios, sino proclamar lo que el Señor le ordena. Ha sido llamado por Dios, que toma la iniciativa de la elección y le convierte en “plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país”. La voz del profeta acostumbra a ir contracorriente, pero el Señor está presente en todo momento: “Yo estoy contigo”, por eso no podrán vencerte.

 

El fragmento del Evangelio que hemos escuchado nos sitúa en la tarde del Domingo de Resurrección. Los discípulos se encuentran sumidos en la incertidumbre y el temor. Jesús se hace presente en medio de ellos y en primer lugar, les da su paz. Ellos se llenan de alegría al ver al Señor, una alegría que brota del encuentro con Cristo Resucitado. También les da el Espíritu Santo, y el don de participar de su misión y de perdonar los pecados.

Como el Padre le ha enviado a Él, Él envía ahora a los apóstoles. Por este motivo habían sido elegidos, para convivir con Él, para ser enviados a predicar y dar un fruto abundante. Ellos deberán continuar la misión de Jesús, que es el modelo y el fundamento de la misión de los discípulos; y tal como la misión de Jesús está acompañada por la presencia y la fuerza del Espíritu, también lo estará la misión de los apóstoles.

 

Queridos Jesús, Rubén, Jesús, Alejandro, Victoriano Manuel, Manuel, Manuel Jesús, Francisco Javier, Aniceto: vosotros formáis parte de estos elegidos, habéis escuchado la llamada del Señor y la habéis seguido. Hoy recibiréis, uno de vosotros la ordenación presbiteral, y los otros ocho, la ordenación diaconal. El encuentro con Cristo que os llama a esta nueva misión, ha transformado vuestra vida, le ha dado un sentido de novedad y plenitud. Hoy resuenan especialmente en vuestros corazones las palabras del Señor, que os ha llamado y os envía a llevar la Buena Nueva. Hoy es una fiesta grande para nuestra archidiócesis.

Los datos del Nuevo testamento sobre el diaconado presentan un ideal de servicio inspirado en el ejemplo del Señor. El diaconado es una manifestación de la caridad que ha de distinguir a todos los miembros de la Iglesia. La constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II (cf. n. 29) nos recuerda que el diácono sirve al pueblo de Dios en unión con el obispo y el presbítero en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es un misterio del amor de Dios que haya querido llamarnos a colaborar de esta manera en la construcción de su Reino.

 

El diácono ayuda a proclamar el Evangelio, la Palabra de Dios, viva y eficaz, que transforma, que penetra el interior y hace germinar como la lluvia suave sobre el campo. Predicar el Evangelio a los otros, consciente de ser el primer oyente y receptor de la predicación. Una proclamación que ilumina el corazón de las personas y también las situaciones humanas. Es la Palabra salvadora de Dios de la cual tanta necesidad tienen nuestros contemporáneos. Una proclamación que se ha de hacer sin recortes a causa del miedo. Como servidores de la Palabra, no podemos recortar ni adaptar la Buena Nueva del Evangelio por comodidad o para huir de las dificultades. Una proclamación convencida y convincente por la autenticidad y la coherencia de vida. Como diáconos de la Santa Madre Iglesia, seréis pregoneros de un mensaje de salvación, de amor y de esperanza.

 

En el altar seréis colaboradores del obispo y de los presbíteros en la celebración de la Eucaristía, el gran misterio de nuestra fe. Misterio de amor, centro de nuestra vida cristiana, acontecimiento único en el cual Cristo se hace presente sustancialmente para nutrir nuestra vida de fe, esperanza y amor. Procurad valorar la grandeza y el gozo de ser servidores de la mesa del Señor, con una participación y una proximidad nuevas y más grandes, sirviendo a la santificación de la comunidad cristiana. Sed conscientes de que la liturgia es la acción sagrada por excelencia y la más eficaz en orden a la santificación. Procurad tratar los Santos Misterios con conciencia de servidores, con actitud de admiración y adoración profundas.

 

El ministerio de la caridad propició la institución del diaconado. El testimonio de servicio en el ejercicio del diaconado hará que muchas personas conozcan el amor de Dios y entren por caminos de conversión. Procurad ejercer el diaconado de tal manera que podáis ser reconocidos como auténticos discípulos de Aquel que vino a servir y no a ser servido. Poned vuestras preferencias en los más pobres y necesitados y encontrad en ellos el rostro de Cristo, porque el diácono personifica a Cristo Servidor del Padre y de los hermanos. Por eso, acoger al necesitado y al pobre de cualquier tipo de pobreza, compartir dificultades y esperanzas y entregarse hasta dar la propia vida, son actitudes de todo cristiano y definen especialmente la vida del diácono.

 

En el evangelio que hemos escuchado se habla también del poder del perdón: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan personados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Cristo confió a los Apóstoles y a sus sucesores la obra de reconciliación del ser humano con Dios. Con los mismos sentimientos de Cristo, con sus mismas actitudes, inclinándonos con misericordia sobre los hombres y mujeres de nuestro tiempo que necesitan el perdón regenerador de Dios, la expresión de su amor misericordioso, de la misma manera que nosotros también lo necesitamos.

La caridad pastoral es el vínculo que da unidad a la vida del sacerdote y a sus actividades. Y la caridad pastoral brota sobre todo del sacrificio eucarístico que, por ello, es el centro y la raíz de toda la vida del presbítero. Una celebración que es a la vez descanso, reparación de las fuerzas y nuevo impulso. La celebración cotidiana de la santa Misa se convertirá en el medio para expresar nuestra unión con Cristo y para crecer incesantemente en esta unión. Será también la ocasión de alimentar el amor por los más pobres y pequeños, por los más desfavorecidos, por los enfermos y ancianos, por los más necesitados.

 

Queridos ordenandos, María está presente en medio de los apóstoles, y será también para vosotros la Madre y Maestra que os conducirá en vuestro ministerio. Como el apóstol Juan, acogedla en lo más íntimo de vuestro corazón, y aprended de ella a amar a Cristo y a vivir en unión profunda con Él. Así sea.

 

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla


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