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Gramática del amor. Cerco a la rutina

Es el aplauso espontáneo pregonero de humanas bondades que esparce desde los balcones la esperanza. Las cinco de la tarde lorquiana ha cedido su protagonismo, y no solo literario, a esas ocho de un decadente atardecer que dibuja en el horizonte luces y sombras. Es un momento que la memoria no olvida. El esparcimiento solidario que nadie quiere perderse, el rostro amable de una impuesta costumbre que ninguno adoptaríamos para siempre.

Pero la fidelidad cuando menos se piensa se quiebra dando paso a la rutina. Con ella llega el hastío, la intemperancia, el afán cuasi irreprimible de cambio… Es entonces cuando en estos tiempos de pandemia el miedo halla su mejor caldo de cultivo y decaen los nobles afanes. Y así, donde antes se jaleó la generosa donación de quienes luchan contra el invisible enemigo hallándose en la primera línea de fuego, dicho en términos militares, de repente surgen los recelos y desaparece la gratitud por quienes sin querer ser héroes al estar dando su vida en los hospitales ya han sido socialmente encumbrados como tales.

El afán de preservar la salud y la existencia, algo tan comprensible por otra parte, cuando erige muros y propone el destierro de profesionales tratándoles de forma hostil a efecto de que abandonen hasta su legítima morada, como algunos pocos están pretendiendo, parece una mueca agría y deforme que solo despierta antipatías y temores. Un hecho detestable que también debe hacernos pensar. Porque la fragilidad tiene una doble vertiente. Por un lado muestra la indigencia, la necesidad del otro, el reconocimiento de que sin él no vamos a ninguna parte. Pero, por otro, si se alía con el pánico puede hacer que brote del interior un torrente de despropósitos; es el rostro de una autodefensa que lucha para sobrevivir a costa de lo que sea, y a eso también hay que temerle.

El aplauso no puede ser solamente un gesto, entrar en el ámbito de lo banal, convertirse en un hecho rutinario, la explosión de una catarsis colectiva… Tiene que venir asentado en profundas convicciones al menos de un elemental sentido humanitario, presidido por el respeto y la verdadera gratitud. Aquí solo hay un adversario que todos tenemos: el coronavirus. Por lo demás, el amor tiene su gramática, y en su vocabulario jamás entran las fronteras. De su mano se aprenden a conjugar los verbos que a quienes tenemos fe, Cristo, el Maestro por antonomasia, nos ha enseñado. Virtudes que nos hacen mejores, que edifican y engrandecen. Entre otras, la paciencia, que es la que todos precisamos en estos momentos.

Isabel Orellana Vilches


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