‘Generosos como la Virgen Santísima y los santos’, carta pastoral del Arzobispo con motivo del Día del Seminario 2018

Queridos hermanos y hermanas:

Como es ya tradición, nuestra Archidiócesis celebra el día del Seminario en torno a la festividad de san José. Este año lo haremos el domingo día 18 de marzo, V domingo de Cuaresma. El hogar de Nazaret, que tuvo por cabeza a san José, fue en realidad el primer Seminario. En él, bajo los cuidados paternales de José y el amor solícito de María, creció en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2,52), aquel que desde el seno del Padre es sacerdote eterno según el rito de Melquisedec (Hebr 7,20-24) y por su Pasión y Muerte fue constituido mediador y pontífice entre Dios y los hombres (1 Tim, 2,5-6). En nuestro Seminario Metropolitano, en el Seminario Diocesano Redemptoris Mater, y en el Seminario Menor, con el acompañamiento cercano de superiores y profesores, con el aliento de los Obispos y el calor, la oración y colaboración de toda la Archidiócesis, se forman los futuros ministros de Jesucristo, llamados a perpetuar en el mundo la misma misión del Señor. Esta es precisamente la finalidad de nuestros Seminarios: ayudar a los jóvenes, que han sentido la invitación del Señor a seguirle, a prepararse, bajo la guía del Espíritu, para ser pastores del Pueblo de Dios, teniendo como modelo a Jesucristo, Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas (Jn 10,11), rabadán y jefe de los pastores (1 Pdr 5,4).

El día del Seminario quiere ser una llamada, tanto a los seminaristas que se preparan para recibir un día el don del sacerdocio, como a aquellos jóvenes que han escuchado el susurro del Señor que les invita a su seguimiento y se plantean su futuro vocacional. A los primeros, les invito a ser generosos y fieles y a vivir gratitud y responsabilidad la hermosísima vocación que el Señor les ha regalado en su Iglesia, con el estilo de vida y las actitudes que el Señor y la Iglesia esperan de ellos. Con el papa Francisco les encarezco que no orienten su formación exclusivamente al crecimiento y perfeccionamiento personales, sino también al mejor servicio al pueblo de Dios al que serán enviados. A quienes entre brumas, certezas y oscuridades tratan de definir su futuro proyecto de vida, les invito a mirar a los santos, san Pablo, san Juan de Ávila, san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier, san Juan María Vianney, san Rafael Arnáiz, y sobre todo a la Virgen  a María como modelos de respuesta al plan salvador de Dios.

La entrada del Verbo en nuestra historia es obra de toda la Trinidad Santa. El punto de partida es el amor del Padre, que nos entrega a su Hijo unigénito para nuestra salvación (Jn 3,16), encarnándose gracias a la acción del Espíritu Santo. Pero la encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios fueron posibles también gracias a la colaboración de la Santísima Virgen. Al designio del Padre, se une el consentimiento de María (Lc 1,38). En su seno virginal (Lc 1,31) “el Verbo se hace carne” y, gracias a ella, “planta su tienda entre nosotros” (Jn 1,14).

La disponibilidad de María y su entrega total al plan de Dios la convierten, mediante la acción fecunda del Espíritu Santo, en “Madre del Señor” (Lc 1,43) o “Madre de Dios (Theótokos)” como fue proclamada en el Concilio de Éfeso en el año 431. María ocupa, por tanto, un lugar de privilegio en la Historia de nuestra Salvación, pues como nos decía el papa Juan Pablo II en la Bula “Incarnationis Mysterium”, “obedeciendo totalmente al Padre, engendró para nosotros en la carne al Hijo de Dios… y dio a luz al Primogénito de la nueva creación…” (n. 14).

Desde el primer instante de su ser, la Santísima Trinidad, de manera singular y única, asocia a María al proyecto de nuestra salvación. Para ello, la hace Inmaculada, la preserva del pecado, la enriquece con su gracia, conduce y dirige su vida y la prepara para la misión que le tiene reservada. En la Anunciación la Virgen se deja inundar y envolver por el Espíritu, acoge en su seno al Salvador y se consagra, en una dedicación total, a la persona y a la obra y misión de su Hijo (LG 56). Modelada por el Espíritu Santo, María acoge en la fe a su Señor y colabora singularmente con Él en su misión salvadora.

En la Anunciación María se nos muestra como la primera discípula, la primera cristiana, y nos sugiere cuáles deben ser las disposiciones de los auténticos discípulos de Jesús, de cada uno de vosotros, queridos seminaristas, y también de quienes tratáis de descubrir el camino que Dios tiene trazado para vuestras vidas. El fiat de María, su hágase en mí según tu palabra, es el paradigma de vuestra respuesta a Dios que os ha amado primero, os ha elegido y os ha llamado a colaborar en su proyecto de salvación. La respuesta de María fue la fidelidad plena a Dios, la consagración del corazón, de la voluntad y de la mente y la obediencia de los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8,21).

María es el modelo de vuestra consagración. Consagrarse significa entregarse plenamente, es decir, con todo lo que somos, con todas nuestras energías y capacidades; definitivamente, es decir, para toda la vida; y exclusivamente, es decir, para un servicio pleno y único, incompatible con cualquier otro compromiso. Acoger en el corazón y transmitir y entregar al Señor a los hombres y mujeres de todos los tiempos es la misión casi única de la Iglesia, de cada uno de los bautizados y, muy especialmente, de los llamados al ministerio ordenado. Por ello, la Virgen es tipo y figura de lo que la Iglesia debe ser y de lo que debe ser también la vida de los sacerdotes y seminaristas.

Consciente de que, como nos dice la exhortación apostólica Pastores gregis, “el Seminario es uno de los bienes más preciados para la Diócesis” (n. 48), vuelvo ahora la mirada a nuestros Seminarios Diocesanos, fuente de gozo y esperanza para la Archidiócesis y para los Obispos. Doy gracias a Dios por los muchos dones que ha concedido a nuestra Iglesia en los últimos años y por los que nos sigue concediendo en esta hora, gratitud que quiero extender también a los formadores, que están entregando al Señor lo mejor de sus vidas en este servicio transcendental. Agradezco también a los profesores su dedicación y esfuerzo, la ayuda imprescindible de los sacerdotes que cultivan en sus parroquias la pastoral vocacional, el aliento que los padres de los seminaristas prestan a sus hijos y la colaboración de toda la Archidiócesis, que sabe que el Seminario es su corazón y su más preciado tesoro.

Nuestra Iglesia diocesana necesita sacerdotes, buenos y santos sacerdotes, dispuestos a entregar su vida al servicio del Señor y de sus hermanos en el anuncio del Evangelio. Como más de una vez he comentado a algunos de vosotros, sueño con el día en que podamos prestar sacerdotes a otras Iglesias más necesitadas, cercanas o lejanas. A los Obispos nos compromete y obliga la solicitud por la Iglesia universal y la solicitud misionera, como consecuencia de nuestra común pertenencia al Colegio Episcopal (LG 23). Este compromiso urge proporcionalmente también a los presbíteros y a los laicos. Para que lo podamos cumplir, necesitamos cultivar prioritariamente en nuestra Diócesis la pastoral vocacional, que debe impregnar toda la pastoral diocesana. La vocación sacerdotal es un don de Dios para aquel que la recibe, pero lo es también para la Iglesia. Por ello, toda ella, en este caso nuestra Iglesia particular de Sevilla, está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo (PDV, 41).

En esta tarea tienen un papel muy relevante los padres de familia, que han de pedir al Señor el don de la vocación para alguno de sus hijos, recibirlo con alegría y con gratitud, si el Señor se lo concede, y custodiarlo con esmero. También los educadores están llamados a suscitar vocaciones y a ser mediadores entre Dios y sus alumnos. La promoción de las vocaciones es obligación también de los movimientos, grupos apostólicos, hermandades y cofradías. La fecundidad vocacional es el mejor termómetro de su tono espiritual y apostólico, como lo es también de la vitalidad de las parroquias y comunidades cristianas.

Es, por fin, tarea primordial de los sacerdotes (PO, 6), que deben plantear explícitamente a los niños y jóvenes, sin miedo ni vergüenza, la posibilidad de entregar su vida al Señor al servicio del Evangelio. Junto a la invitación explícita, es necesaria también la invitación implícita pero sugerente de la propia vida del sacerdote, orante, alegre, entregado en alma y cuerpo a su ministerio, pobre y sencillo. Cuando el sacerdote es así, su testimonio es la mejor catequesis vocacional, una catequesis sin palabras, pero llena de elocuencia para los jóvenes. La integridad de vida del sacerdote, enamorado del Señor y de su vocación, es la mejor pancarta o campaña vocacional, pues encierra una invitación silenciosa pero no menos efectiva a que los niños y jóvenes se planteen la posibilidad de seguir ese género de vida.

Camino inexcusable en la pastoral vocacional y, en concreto, en la campaña del día del Seminario es la oración pública y privada por las vocaciones. Es el mismo Señor quien nos urge a orar cuando nos dice: “La mies es abundante, más los obreros son pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38). Por todo ello, invito a los sacerdotes, a los consagrados, singularmente a las contemplativas, y a todos los fieles a orar por las vocaciones a lo largo de todo el año y muy especialmente en estos días. Al mismo tiempo agradezco a los sacerdotes que exponen el Santísimo los jueves y piden al Señor por las vocaciones. Os pido también que en las catequesis parroquiales y en las clases de Religión se dedique algún espacio de tiempo a hablar del Seminario y de la hermosura de la vocación sacerdotal. Otro tanto deben hacer los sacerdotes en la homilía del domingo 18 de marzo.

A todos ellos les ruego encarecidamente que hagan con todo interés la colecta en favor del Seminario. Soy consciente de que no es éste el aspecto más decisivo de esta campaña, pero no deja de ser importante. El Seminario necesita medios económicos para asegurar la mejor formación de los seminaristas, sin lujos que están fuera de lugar, y sí con la sencilla austeridad con que deberán vivir cuando sean sacerdotes. Invito a todos los fieles de la Archidiócesis a ser generosos. Estamos ante un tema mayor, garantizar al Pueblo de Dios pastores según su corazón, para que continúen en el mundo la misión salvadora de Jesús.

Concluyo con una palabra llena de afecto y amistad a los jóvenes de nuestra Archidiócesis. Os invito a responder con valentía y a secundar la acción de Dios, si en algún momento de vuestra vida sentís que el Señor os llama. Tened por cierto que en su cercanía y en la entrega de vuestra vida a Jesucristo por la salvación del mundo encontraréis la felicidad a la que aspiran vuestros corazones juveniles, deseosos de plenitud y de vida. Esta es la experiencia que podrían compartir con vosotros muchos sacerdotes y consagrados. Rezo especialmente por vosotros, queridos jóvenes, para que seáis valientes y generosos. Encomiendo al Señor el presente y el futuro de nuestros Seminarios. Los encomiendo también a la intercesión de san José, de san Isidoro y san Leandro, de san Manuel González, que fue seminarista en Sevilla, del beato Marcelo Spínola y de todos los santos sevillanos y, muy especialmente, de la Madre del Redentor y Reina de los Apóstoles.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

 

+ Juan Jose Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla


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