Entrevista a monseñor Asenjo: “No es fácil ser arzobispo, nunca lo ha sido y ahora menos que antes”

Entrevista a monseñor Asenjo: “No es fácil ser arzobispo, nunca lo ha sido y ahora menos que antes”

El 21 de septiembre de 1969, la Catedral de Sigüenza acogió la ordenación sacerdotal de un seminarista que entonces contaba veinticuatro años. Cinco décadas después, aquel sacerdote cumple diez años de servicio a la Iglesia al frente de la sede de san Isidoro y san Leandro, con una trayectoria de entrega que le avala tanto a nivel diocesano (gobernando las diócesis de Toledo y Córdoba) como de gestión en distintas responsabilidades de ámbito nacional. Este sábado celebra sus bodas de oro sacerdotales con una Eucaristía que acogerá el templo metropolitano hispalense a partir de las once de la mañana. Una misa que quiere ser una acción de gracias a Dios que, según su propio testimonio, “me ha sostenido, me ha acompañado en el ministerio que se me encargó”.

Su vocación ha sido muy rezada, incluso antes de nacer ¿Qué le pidió su madre a la Virgen para usted?

Según me confesó más de una vez, ella se confirmó estando embarazada de un servidor. Y el día de su confirmación le pidió al Señor que el niño que llevaba en sus entrañas, si era niño, fuera sacerdote. Esa petición la reiteró muchas veces, antes de que yo naciera y después de mi nacimiento. Mi madre es un factor decisivo en mi vocación, Dios se sirvió de ella, creó en mi casa el ambiente propicio para que una vocación pudiera germinar. Y después, me ha acompañado durante toda mi vida de sacerdote y durante los primeros catorce años de obispo. Mi madre para mí es alguien muy importante.

¿Qué sentimientos le afloran si le nombro a don Jesús Plá?

Don Jesús Plá ha sido y sigue siendo para mí un referente. Un obispo que me quiso mucho, me encomendó muchas tareas, me consulto en innumerables ocasiones y que para mí es el ejemplo de lo que debe sr un buen pastor. Un hombre entregado día y noche, sin media, sin tasa, sin reloj, al ministerio pastoral, de profunda vida interior, de una rectitud de intención admirable, y creo que él tiene mucha culpa de que yo sea obispo. Me consta que al menos una vez fue a la Nunciatura a pedirle al nuncio don Mario Tagliaferri que me hicieran obispo. Yo le tengo mucho cariño, y he participado con mucho gusto en el proceso de su beatificación. Llené dieciocho largos folios con mi testimonio.

Usted es un hombre muy afortunado en consejos. Siendo un obispo joven, recién ordenado, tuvo la gran suerte de ser aconsejado nada más y nada menos que por un santo, san Juan Pablo II ¿Cómo fue ese encuentro?

Al final de la primera visita ad limina que yo hice, el papa nos invitó a comer por grupos. Cuando nos despedimos del Papa le pedí una bendición para mi madre. El papa me dio un rosario y trazó una bendición en el aire. Le dije que acababa de ser ordenado obispo y le pedí que me diera un consejo para el ministerio que estaba iniciando, y me dijo que cuidara del seminario de los sacerdotes y de los jóvenes. Y yo he procurado cumplir, con imperfecciones pero con ilusión, este consejo del papa san Juan Pablo II.

Le hemos oído decir que una de sus preocupaciones es la necesidad de sacerdotes santos y con una profunda vida interior ¿Cómo ha cuidado su vida interior aquel joven sacerdote ordenado hace ahora cincuenta años?

Con altibajos, pero en una línea recta. Estoy convencido de que sin vida interior, sin vida de oración, sin comunión estrecha con el señor, todos nuestros planes pastorales, nuestras programaciones serán agitación estéril. Yo he procurado hacer ejercicios espirituales todos los años, confesarme con frecuencia, tener alguien que me acompañara, y para mí ha sido decisivo el cuidado de la vida interior. Estoy seguro de que, si los sacerdotes fuéramos lo que tenemos que ser, fuéramos santos, fuéramos amigos de Dios, como decimos en la última carta pastoral, pues probablemente las cosas nos irían mejor. Cuando se abandona la vida interior todo se tambalea, incluso la propia vocación y la propia fidelidad.

Oración y trabajo son dos palabras que definen la personalidad del arzobispo. Supongo que también, a lo largo de su vida, habrá pasado por momentos de desesperanza, soledad, quizás porque ha tardado en ver los frutos espirituales de esa oración y de ese trabajo ¿Cómo ha vivido esos momentos?

No tengo problemas de soledad, porque incluso la busco. Amo la soledad. No me cuesta vivir solo, no me cuesta una tarde de domingo quedarme en el despacho, tengo muchas cosas que hacer y disfruto en ratos largos en los que soy capaz de sacar a flote mucho trabajo. Tampoco me cuesta el trabajo, que es casi una necesidad en mi vida. En verano me aburro si no trabajo. Hago cosas, leo, escribo… ¿Los momentos difíciles? Los vivo con serenidad y paz, procuro en esos momentos estar cerca del Señor, que es la fuente de nuestro equilibrio, de serenidad, es la fuente y sentido de esperanza en nuestras vidas. Incluso esos momentos los vivo sereno y con esperanza.

Pasemos revista a su trayectoria sacerdotal. Sus cometidos se han centrado en el estudio y el patrimonio artístico, y esta segunda faceta lo ha marcado hasta llegar a Sevilla, donde hay mucho por hacer.

Efectivamente en los años de sacerdote en Sigüenza fui profesor de Eclesiología y de Historia de la Iglesia durante veintitrés años, hasta que me hicieron obispo. Alguna vez he añorado aquellos años, yo disfruté mucho enseñando Teología y la Historia de la Iglesia. Sólo se ama aquello que bien se conoce, y no podemos amar a la Iglesia si no conocemos su misterio, y su historia. Le dediqué mucho tiempo también al patrimonio, recorría varias veces la diócesis, subiendo a tejados, a torres, programando intervenciones con albañiles, arquitectos, ayuntamientos que nos ayudaban… Lo he hecho con muchísima ilusión porque el arte es algo que siempre me ha seducido. Creo que tengo gusto por el arte y me muevo como pez en el agua por esos ambientes. Aquí, en Sevilla tenemos un patrimonio extraordinario. Es verdad que no tenemos el románico, pero sí un gótico esplendoroso, un renacimiento plateresco magnífico y sobre todo el barroco. Esto es un emporio del barroco, de muchísima calidad. También he procurado en estos años servir en este flanco de la vida de un obispo y de un sacerdote. A veces la preocupación por el patrimonio se ha considerado un tema menor, de menor entidad, porque supuestamente había que servir ante todo a la pastoral. Pues yo creo que un sacerdote se realiza como sacerdote cuidando del patrimonio, que la Iglesia sea hermosa, que esté bien aderezada, bien arreglada, porque el Señor se merece lo mejor. Y, por otra parte, el patrimonio tiene una función evangelizadora, catequética. Y en ese sentido los sacerdotes tienen que preocuparse del patrimonio, siendo además la Iglesia el edifico más importante de un pueblo. Servir al pueblo es servir también a su patrimonio, y ahí se condensa, se resumen las raíces históricas, religiosas y culturales de cada pueblo.

Quienes trabajan en la Conferencia Episcopal nos piden que dejemos constancia del buen recuerdo que tienen de usted. También fueron años intensos.

Sí, yo también tengo muy buen recuerdo de mis nueve años sirviendo a la Conferencia Episcopal directamente, en la Casa de la Iglesia. Primero como vicesecretario para Asuntos Generales, y después como secretario general. Años de muchísimo trabajo, de dedicación de sol a sol. Ahí no había horarios, yo llegaba a las ocho de la mañana y muchas noches salía a las once… Sí, tengo un recuerdo excepcional de aquellos años en los que se me permitió servir a la Iglesia en España, conocerla mejor, y también guardo un recuerdo excelente de todos los trabajadores y de todos los directores, sacerdotes y no sacerdotes, de la Conferencia Episcopal. De manera que cuando voy por allí, ya hay muchas personas nuevas, pero a los de mi tiempo los saludo con mucho afecto porque sí, son años muy importantes en mi vida.

Toledo, Córdoba y Sevilla. Tres diócesis distintas de las denominadas históricas. ¿Qué se quedaría de cada una de ellas?

…Y Sigüenza. Yo he tenido la fortuna de servir a cuatro diócesis con cuatro magníficas catedrales. Por supuesto Sevilla, magnífica catedra; Córdoba, la mezquita catedral; Toledo… Las joyas de las catedrales españolas. Y la catedral de Sigüenza, que puede ser catalogada, según algunos expertos, entre las diez mejores catedrales españolas. De todas estas diócesis guardo un recuerdo entrañable. De la mía propia por supuesto, y a Toledo la serví con muchas imperfecciones, porque al año de ser nombrado me eligieron los obispos secretario de la Conferencia Episcopal, y estaba en Madrid de lunes a viernes. Serví a Toledo de forma muy raquítica. Pero tengo muy buen recuerdo de los magníficos sacerdotes toledanos, del seminario, y de la gente, los fieles de Toledo. Una Iglesia ejemplar en muchos aspectos. Estuvo gobernada por el cardenal Marcelo González Marín, que dejó una impronta extraordinaria allí. Luego Córdoba. En Córdoba sí que me arremangué, la serví con mucha ilusión y es una diócesis magnífica, con un clero excelente, un seminario boyante. Son años de mucho gozo espiritual y allí dejé muchos amigos, entre los sacerdotes y los laicos, a muchos de los cuales sigo tratando todavía. Y después Sevilla. Luego de unos inicios un tanto titubeantes, no tanto por mí cuanto por las circunstancias que confluyeron en mi nombramiento, después yo me he sentido muy contento en esta diócesis. Me he sentido, después de un periodo inicial, bien acogido y creo que querido, y he trabajado cuanto he sabido y he podido, excepto este último año que por circunstancias he estado más en el hospital que en el despacho. Estoy muy agradecido a los sevillanos. Aquí hemos puesto en marcha, como en Córdoba, muchas instituciones que desearía que perduraran en el futuro.

Recién llegado a Sevilla pidió oraciones por usted, porque no era fácil ser arzobispo de Sevilla…

No es fácil ser arzobispo, no es fácil ser obispo. Nunca lo ha sido y ahora menos que antes. En Sevilla, en Córdoba y en Fernando Poo.

¿Sigue pensando que ha sido difícil la tarea que el Señor le ha encomendado en Sevilla?

Tal vez al principio sí. Después las cosas han discurrido con mucha espontaneidad, con mucha normalidad, y yo estoy muy agradecido al Señor que me ha sostenido, me ha acompañado en el ministerio que se me encargó.

El trabajo de estos años se ha plasmado en muchas obras ¿Qué le queda por hacer?

Consolidar todo aquello que iniciamos. Yo estoy contento de las cosas que con la ayuda de Dios y la colaboración de tanta gente hemos podido llevar a cabo a lo largo de estos años. Estoy contento con el Seminario, donde hay un ambiente de piedad, estudio compañerismo y alegría, el ambiente propicio para que las vocaciones se puedan consolidar. También estoy contento con el CET, creo que también hay un ambiente sereno, fiel al magisterio de la Iglesia. El Instituto, que es de nueva creación, está prestando un buen servicio a la formación del laicado. Los COFs, estoy convencido de que están haciendo un grandísimo bien, lo mismo que el máster de Matrimonio y Familia, donde se han formado estos años ochenta personas de Sevilla que están colaborando significativamente en los COFs. En patrimonio creo que hemos hecho una buena tarea, y mi impresión es que el patrimonio cultural de la Iglesia en Sevilla está en un estado bastante satisfactorio. Y a lo mejor me falta dar un impulso a la pastoral juvenil. En este año que queda hemos liberado al delegado de dos parroquias que tenía en la Pañoleta, y le hemos nombrado un adjunto. Estoy seguro de que entre los dos van a poder dar un nuevo impulso a esta pastoral tan necesaria. La pastoral vocacional también está funcionando bien, gracias a Dios, los formadores del seminario, que son los delegados por el obispo para esta pastoral específica están muy entregados a esta tarea. Yo doy muchas gracias a Dios que me ha sostenido y acompañado en toda mi vida de sacerdote y obispo y muy especialmente en estos últimos años.

¿Qué queda de aquel joven sacerdote ordenado en Sigüenza y convertido en Arzobispo de Sevilla?

Queda la ilusión de entonces. Probablemente una mayor madurez y una mayor serenidad, pero desde luego el mejor deseo de servir al Señor, a la Iglesia y a mis hermanos, y de seguir apuntalando los fundamentos y el quehacer fundamental de un obispo, que es asegurar cada día la comunión con el Señor, y fortalecer cada día la caridad pastoral y la entrega al pueblo de Dios que me ha sido confiado. Dios quiera que en lo que me queda de vida pastoral inmediata el Señor me dé salud para seguir entregándome al servicio de esta Iglesia que puedo asegurar que quiero con toda mi alma.

Un sacerdote no se jubila, un obispo sí ¿Qué piensa hacer don Juan José los próximos años?

Tampoco los obispos nos jubilamos de ser obispos. Yo pienso que me voy a quedar en Sevilla largas temporadas, probablemente en la casa sacerdotal. Me iré a Sigüenza, pero en vez de irme ocho días en Navidad me iré quince días, y en Semana Santa en vez de irme en Pascua una semana me iré dos semanas, y en verano en lugar de un mes dos meses. Eso sí, fundamentalmente voy a estar aquí, procuraré buscar el silencio para rezar, para escribir, para leer todo lo que no he podido leer estos años, y me pondré al servicio de mi sucesor si en algún caso me necesita, para alguna confirmación o en algún momento para suplirlo. Pero procuraré estar aquí en silencio y con discreción.

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