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DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

No es Dios de muertos, sino de vivos

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”.  Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos.  El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos.  Por último, también murió la mujer.  Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio.  Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.  Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”.  No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Lucas 20, 27‑38

Comentario bíblico de Antonio J. Guerra

2Mac 7,1-2; 9-14; Sal 16; 2Tes 2,15-3,5; Lc 20,27-38

La temática de las lecturas de las últimas semanas del año litúrgico apunta hacia el final de los tiempos. Hoy la reflexión gira en torno a qué ocurre después de la muerte física. La primera lectura muestra como la fe en la resurrección sostiene a un grupo de Macabeos en su testimonio ante el enemigo. No tienen miedo a perder la vida presente porque están seguros de que entrarán en la vida eterna con Dios. Preferían morir por amor a Dios (respetando la Ley de Moisés) que sucumbir al mandato del enemigo (comer carne de cerdo, que sería signo de abandono de su religión). Su fe es inquebrantable: murieron con la fe que Dios intervendría en su favor, dándoles la vida eterna. El Salmo ahonda en esta esperanza, pues relata la experiencia de un creyente que sufre por su fe, pero que espera en la ayuda de Dios: “y al despertar me saciaré de tu semblante, Señor”.

El Evangelio nos narra el principio del fin de la vida pública del Nazareno. Enseñando en el Templo de Jerusalén, hoy Jesús se enfrenta con los saduceos, grupo que negaba la vida después de la muerte. De hecho se acercan al Maestro creyendo tener un argumento válido. Inventan una historia basada en el precepto de la Ley del Levirato que buscaba perpetuar el nombre del difunto y no dividir la herencia (Dt 25,5-10). Jesús les hace ver que tenían una idea equivocada de la resurrección, porque no se trata del retorno a la vida terrena tal cual la vivimos, sino la entrada definitiva en la VIDA de Dios. Ciertamente una realidad completamente nueva que exige la fe, y de la que ya tenemos una prenda: la RESURRECCIÓN de Jesucristo.

Orar con la Palabra

  1. “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, VEN SEÑOR JESÚS”. ¿La Eucaristía me ayuda a profundizar en el misterio de la resurrección de Jesús?
  2. ¿Qué significa para mi vida que Jesús resucitó de entre los muertos?
  3. San Pablo nos muestra cómo prepararnos para acoger el don de la resurrección: esforzarse en ser fieles a la fe y confianza en la fidelidad de Dios para sostener la esperanza.

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