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Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (2019)

Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta

Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo.  Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros,muy contento;  y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.  Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra?  Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.  Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes.  No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.  Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.  Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos.  Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.  Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.  Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.  Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete.  Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.  Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.  Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Lucas 15, 1‑32

Comentario bíblico de Miguel Ángel Garzón

Ex 32,7-11.13-14; Sal 50; 1Tm 1,12-17; Lc 15,1-32

Las lecturas nos sitúan ante la misericordia de Dios. El relato del Éxodo narra el pecado del pueblo liberado de Egipto a los pies del Sinaí. Mientras Moisés está recibiendo las tablas de la ley, el pueblo construye el becerro de oro al que adoran y reconocen como su dios (dioses) salvador. El Señor, airado, amenaza con destruirlos. Entonces Moisés eleva su oración a Dios recordándole que Él los ha liberado y prometió a los patriarcas darles la tierra y convertirlos en un gran pueblo. Y Dios se arrepiente de la amenaza. Se manifiesta, así, el poder de la intercesión de Moisés, que revela y provoca la misericordia de Dios y la fidelidad a sus promesas.

El evangelio nos introduce en el cautivador capítulo 15 de san Lucas donde Jesús manifiesta el corazón entrañablemente misericordioso de Dios que se hace realidad en su propia acogida de los pecadores. Se contrapone su actitud con la de los fariseos y letrados, que murmuran. Para darles a entender su erróneo comportamiento, que no se corresponde con el de Dios, Jesús les proclama tres parábolas. En ellas se describe simétricamente la recuperación de algo perdido (la oveja, la moneda y el hijo menor: pecadores) y la alegría de quien lo recupera (el pastor, la mujer, el padre: Dios). La tercera rompe la simetría alargando la narración para presentar el recelo del hijo mayor que desenmascara la conducta de los letrados y fariseos. Ellos, y todo lector, quedan interpelados con las palabras finales del padre.

En la carta a Timoteo, el apóstol Pablo (también él fariseo), testimonia, en una apasionada acción de gracias, su profunda experiencia de esta misericordia de Dios y de Jesucristo. Su condición pecadora no fue obstáculo para que Dios, derrochando gracia y compasión, lo eligiera como predicador incansable de su misericordia.

Orar con la Palabra

  1. ¿Hay ídolos en tu corazón que suplantan a Dios y te apartan de él? ¿Cuáles son?
  2. ¿Te ayuda la oración a experimentar la misericordia de Dios y a ser misericordioso? Delante del Señor, reconoce tus pecados y ora con el salmo 50.
  3. ¿Con qué actitud de los personajes de las parábolas te sientes más identificado? ¿Qué consecuencias sacas para tu vida?

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