‘Domingo de la Divina Misericordia’, carta pastoral del Arzobispo de Sevilla

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos el Domingo de la Divina Misericordia, que tiene como punto de partida las revelaciones privadas de santa Faustina Kowalska, religiosa polaca a la que Jesús se aparece en el pueblo de Plock y le manifiesta la hondura de su misericordia para con nosotros. En el año 2000, san Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina y en su homilía anunció la institución de esta fiesta. La imagen de la Divina Misericordia fue revelada por Jesús mismo a santa Faustina en 1931 y Él le pidió que la pintara. En ella se refleja la caridad, el perdón y el amor de Dios, rico en misericordia, que tiene su expresión más alta en el sacramento de la penitencia, que Jesús instituye en su aparición a los apóstoles reunidos en el cenáculo cuando les dice: Recibid el Espíritu santo. A quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados y a quienes se los retuvierais, les serán retenidos. Estas palabras se contienen en el evangelio de este domingo y nos aseguran que en la confesión bien hecha se produce realmente el perdón de Dios, que nos acoge con misericordia como el padre de la parábola del hijo pródigo.

En la bula de convocatoria, Misericordiae vultus, el papa Francisco nos decía que la misericordia es uno de los contenidos centrales de la fe cristiana. Nos recordaba además la enseñanza de san Juan XXIII, que hablaba de la “medicina de la misericordia”, y de san Pablo VI que llamó a la Iglesia “samaritana de la humanidad”. Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre, «rico en misericordia» (Ef. 2,4), quien después de haber revelado su nombre a Moisés como el «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y rico en amor y fidelidad» (Ex 34,6), en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo nacido de la Virgen para revelarnos de manera definitiva su amor. Jesús con su palabra, con sus gestos y sus signos revela la misericordia de Dios. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Su rostro rezuma piedad, misericordia y amor.

Los milagros que realiza tienen el sello de la misericordia hacia los pecadores, los pobres, los excluidos y los enfermos. En Él todo es misericordia. Nada en Él está falto de compasión. Su misericordia y su compasión tienen su culmen en el Calvario, en el que se inmola libremente por toda la humanidad.

En la bula Misericordiae vultus nos dice el Papa que “la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia”. Nos dice también que la Iglesia debe ser la casa de la misericordia, del servicio gratuito, de la ayuda, del perdón y del amor. Nunca debe cansarse de ofrecer misericordia, estando siempre dispuesta a confortar y perdonar. Todo en la pastoral de la Iglesia debe estar revestido por la ternura con que trata a sus hijos. Nada en su anuncio de Jesucristo y en su testimonio ante el mundo debe carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del amor misericordioso y compasivo. La vida de la Iglesia es auténtica y creíble cuando hace de la misericordia su razón de ser. Nuestras parroquias, asociaciones, movimientos y hermandades deben ser oasis de misericordia.

Los hijos de la Iglesia debemos caminar por la vía de la misericordia, de la entrega y el servicio humilde, haciéndonos siervos y servidores de los hermanos, saliendo a las periferias existenciales, a las situaciones de precariedad y sufrimiento, de las que son víctimas aquellos hombres y mujeres que no tienen voz porque ha sido acallada por el egoísmo de sus semejantes.

Practiquemos las obras de misericordia corporales, que son dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar al enfermo, socorrer a los presos y enterrar a los muertos. Las obras de misericordia espirituales, tan importantes como las corporales, son: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que yerra, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos de nuestros prójimos y rogar a Dios por vivos y muertos. Tenemos aquí todo un programa de vida: estar cerca y socorrer a los pobres y necesitados, especialmente en este tiempo de terrible epidemia en que más que nunca debemos estar cerca de los pobres y de los que sufren.

En este domingo estamos llamados además a redescubrir la hermosura del sacramento de la misericordia, el sacramento de la penitencia, del perdón y de la reconciliación con Dios y con los hermanos, que en los últimos decenios se ha debilitado un tanto, de modo que ocupe el lugar que le corresponde en nuestra vida personal y comunitaria, como manantial de vida interior, de fidelidad y de santidad, como sacramento de la paz, de la alegría y del reencuentro con Dios.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

 

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