Carta pastoral ‘En la fiesta de la Sagrada Familia’

Queridos hermanos y hermanas:

En el marco precioso de la Navidad celebramos en este domingo la fiesta de la Sagrada Familia, modelo de las familias cristianas. El misterio de la cercanía de Dios al hombre, que celebramos en estos días, se realiza en el seno de una familia, la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, María y José. En conexión lógica con esta fiesta, la Iglesia en España celebra la Jornada de la Familia, una institución esencial en la vida personal y en la vida social. Efectivamente, la institución familiar es el camino que conduce al hombre a una vida en plenitud. En ella aprendemos a ser hombres, porque es la “escuela del más rico humanismo” (GS 52). Por ello, el Hijo de Dios elige crecer en su humanidad en el seno de una familia. En ella el ser humano es amado por sí mismo y no por las utilidades que puede aportar al núcleo familiar; y ese amor es fiel y permanente a pesar de la debilidad o la discapacidad.

La familia es además el santuario de la vida, porque la acoge, custodia y  acompaña desde la cuna hasta su ocaso natural como un don de Dios, autor último de la vida humana. De ahí la inmoralidad intrínseca de aquellas leyes que permiten el aborto o la eutanasia, uno de los signos más evidentes de la deshumanización de nuestra sociedad. La familia es además escuela y manantial de solidaridad, el último reducto, junto con las instituciones sociales y caritativas de la Iglesia, al que acuden aquellos hermanos nuestros que son víctimas del paro y la precariedad, consecuencia de la grave crisis económica reciente y todavía no superada.

Como nos han dicho los Padres de los recientes sínodos sobre la familia,  ésta es Iglesia doméstica, cuya primera misión es la transmisión de la fe a los hijos. Hoy, sin embargo, como consecuencia de la secularización, son muchos los padres que han abdicado de esta obligación fundamental, incluso entre aquellos que llevan a sus hijos a la escuela católica, no tanto por los valores cristianos que debe transmitir, cuanto por la calidad de su enseñanza. Efectivamente son legión los matrimonios que no enseñan a sus hijos a rezar, ni les inician en el conocimiento del Señor o en la devoción a la Virgen, en la experiencia de la generosidad y el descubrimiento del prójimo o en las virtudes y normas morales y, mucho menos, en la esperanza cristiana, que tiene su culmen en la posesión de Dios después de nuestra peregrinación en este mundo. No es extraño, pues, que abunden entre nuestros niños, adolescentes y jóvenes conductas insolidarias y egoístas, cuando no delictivas, y que en tantos casos el horizonte vital de muchos de ellos sea chato, alicorto y sin la amplitud de ideales que ha caracterizado siempre a la juventud.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la fecundidad del amor conyugal no se reduce sólo a la procreación de los hijos, sino que debe extenderse también a su educación moral y a su formación espiritual. El papel de los padres en la educación tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse en la escuela. Nos dice también que los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y que han de educarlos en el cumplimiento de su santa Ley, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre. Ellos, en efecto, como primeros responsables de la educación de sus hijos, han de crear en su hogar una atmósfera que haga posible la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad, la responsabilidad, el servicio desinteresado y la fraternidad.

El hogar es el lugar más apropiado para la educación en las virtudes, para el  aprendizaje de la abnegación, la austeridad, el amor a la verdad, el espíritu de sacrificio, la laboriosidad y el dominio de sí, condiciones de toda libertad verdadera. Los padres, por otra parte, han de enseñar a sus hijos a apreciar los valores espirituales por encima de los intereses materiales, procurando al mismo tiempo enseñarles con el ejemplo de una vida cristiana inspirada en el Evangelio, pues nada impresiona tanto a los niños como los buenos ejemplos de sus padres.

En esta tarea nobilísima los padres cristianos cuentan con la gracia peculiar recibida en el sacramento del Matrimonio, que les capacita para evangelizar e iniciar a sus hijos en los misterios de la fe, en la oración y en la participación en los sacramentos, en el amor a la Santa Misa, introduciéndolos paulatinamente en la vida de la Iglesia y en el apostolado, colaborando así con los catequistas y los profesores de Religión.

Al mismo tiempo que encomiendo a la Sagrada Familia de Nazaret a todas las familias de nuestra Archidiócesis, les pido que tomen muy en serio la responsabilidad de educar cristianamente a sus hijos.

A todos os deseo un feliz y santo año nuevo y os aseguro mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla


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