Capellanes de hospitales, testigos de esperanza

Capellanes de hospitales, testigos de esperanza

La campaña de la Iglesia en el sector de la Pastoral de la Salud tiene dos momentos centrales a lo largo del año. Por un lado, el Día del Enfermo, que se celebró el pasado 11 de febrero; y por otro, la Pascua del Enfermo, fechada para el 6 de mayo, y cuya celebración diocesana tendrá lugar en la Parroquia del Sagrario de la Catedral, a las once y media de la mañana, presidida por el delegado diocesano de Pastoral de la Salud, Manuel Sánchez Heredia. Esta jornada abunda en el acompañamiento a la familia en la enfermedad, una tarea en la que juegan un papel prioritario los capellanes de los centros de salud de la Archidiócesis. 

“Las personas necesitan a Dios en su vida”. Esta es la conclusión a la que llegan todos los capellanes de hospitales cuando se les inquiere sobre sus experiencias en un ámbito tan delicado y sensible como el sanitario. “No en vano -apunta el delegado- la enfermedad es ocasión de pobreza personal y de necesidad de sentido y de ayuda, es ocasión propicia para buscar al Señor y para encontrarlo. Por eso –añade- los creyentes practicantes en su gran mayoría acuden a los capellanes para poder recibir los sacramentos, Eucaristía, unción de enfermos y penitencia, por ese orden”.

Al servicio de todos

Tanto los capellanes como los voluntarios de este sector de la pastoral coinciden en que su apostolado no termina en los fieles que buscan una atención concreta desde una óptica de fe. Su labor va más allá, y apuntan a quienes buscan “hablar un rato y desahogar su corazón”. En estos casos han podido constatar las numerosas ocasiones en las que los enfermos y sus familiares, no siempre practicantes, “piden ayuda para preparar el duelo ante una enfermedad o una pérdida”.

Cooperación con el personal facultativo

Los capellanes son unos servidores más dentro del numeroso grupo de personas que atienden a los enfermos y sus familiares en el ámbito hospitalario. Por ello, la buena relación entre el capellán y los facultativos se antoja decisiva. En esto coinciden todos. Sánchez Heredia califica este clima de colaboración como “bastante bueno, respetuoso y cordial”. En algunos casos, además, los médicos y auxiliares preparan al enfermo y a la familia para la visita del capellán, y no es raro encontrarse con casos en los que aquellos entienden la dimensión espiritual como parte del proceso terapéutico para muchos pacientes. Esta relación fluida se extiende a los gerentes y directivos de los centros hospitalarios.

El delegado diocesano de Pastoral de la Salud es también licenciado en Medicina y Cirugía, circunstancia que resulta una ayuda significativa en su tarea pastoral. Advierte que la titulación no es requisito indispensable para este apostolado, pero en su caso ha demostrado ser un complemento muy importante: “no es nada accesorio, lo veo como algo positivo y se nota en la praxis con el enfermo”. Dicho lo cual, la experiencia nos dice que cualquier sacerdote puede ejercer como capellán de hospital…, siempre que, obvio, no tenga rasgos hipocondríacos. Para esta tarea se necesita por encima de todo “un corazón sacerdotal y querer identificarse con Jesucristo”. En segundo lugar, no está de más cierta formación específica, ya que no se puede improvisar en algunas situaciones a las que hay que enfrentarse todos los días. Para ilustrar esto sólo hay que atender a los relatos de experiencias de los capellanes sevillanos, en los que abundan situaciones “muy diversas y complicadas” a las que hay que saber dar una respuesta adecuada desde la Iglesia, desde la fe.

Colaboradores de los capellanes

Como todos se encargan de subrayar, los capellanes de hospitales no están solos en esta tarea. Afortunadamente cuentan con la colaboración de personas sensibles a esta experiencia, que se ofrecen para tareas concretas, destacando el acompañamiento a los enfermos y sus familiares. Abundan, además, las parroquias que cuentan con un grupo de Pastoral de la Salud, cuyo cometido se centra en otra tarea vital: la atención a las personas enfermas de la feligresía, sobre todo a las que viven solas.

En todos los casos, ‘cada día tiene su afán’. Son interminables los testimonios de sacerdotes que comprueban hasta qué punto se hace presente Dios en un ámbito tan especial, tan “de periferias”, tan necesitado de esperanza. Enfermos que agradecen con una sonrisa la más mínima atención, personas que viven la etapa final de sus vidas con una paz contagiosa, o quienes encuentran en la comunión diaria una fortaleza para salir del infierno del dolor y el sufrimiento. Experiencias que dejan huella.

 

 

 

 


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