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«Buenismo». Pretendido e inalcanzable bien común

Es imposible contentar a todos. Y partiendo de esta base, como las opiniones superan en diversidad a las flores del campo, y los intereses marcan la brújula de un objetivo que se persigue a toda costa, de nada cabe extrañarse cuando vemos que en el panorama social priman afanes contradictorios que sorprenden y preocupan. Hay quienes no se sonrojan afirmando “digo” donde antes dijeron “Diego”. Dan vida a ese conocido refrán, sabio como todos los demás, que encierra en sí mismo las semillas de la desconfianza, emoción que va in crescendo a la par que lo hacen el desánimo y la desilusión.

Harían bien en preguntarse qué es lo bueno en realidad. Detrás siempre hay un qué, y lo que es más importante, un quién. Sería más que conveniente recordar que la credibilidad de un gesto exige su cumplimiento. Y ello no es posible sin haber reflexionado examinando los pros y los contras de una propuesta determinada. Si el “buenista” pretende el bien común y no se preocupa de las consecuencias de una decisión no debería asombrarse de ser tildado como irresponsable. Es así que incontables personas sufren enormemente cuando quienes tienen en sus manos delicadas misiones no han tenido en cuenta más que el propio beneficio, jugando con sus vidas sin importarles el daño que causan.

La tolerancia, la solidaridad, o el diálogo, que entran en liza en esta tendencia “buenista”, que viene agrandando su espacio-político social en los últimos tiempos, no pueden convertirse en meras piezas de ajedrez que se mueven sobre un peligroso tablero. Son valores objetivos, universales. Tienen un trasfondo de rigor, de exigencia y alcance que ha de tenerse muy en cuenta, algo de lo que adolece este nuevo “ismo” nada inocente, como los demás. La intolerancia, la descalificación, la falta de claridad, y un malhadado optimismo, entre otros, le avalan. Es natural; forma parte del pensamiento único, un cáncer moral.

Al bien no se le puede añadir el adjetivo “común” cuando se beneficia a unos en detrimento de otros. En ninguno de los tres valores anteriormente mencionados cabe la acepción o discriminación. No hay dicotomía que valga cuando se trata de identificar lo que reporta un bien personal y social. No es tan difícil; es cuestión de sentido común. No todo es admisible ni conveniente; y esto es extensible a otras esferas de la vida, también en la religiosa. A veces, mal que nos pese, aplicar la auténtica bondad en su justa medida no acarrea aplausos precisamente; incluso puede tener graves repercusiones para uno mismo. Pero eso forma parte de la autenticidad, de la coherencia, de la valentía, de la honestidad…, signo de que realmente interesan los demás al margen de ideologías de las que forma parte la pseudo bondad que se maneja a conveniencia, o de las opiniones particulares que cada uno tenga.

Ahí está el ejemplo que nos dejó Cristo: no contemporizó, no justificó, no creó falsas expectativas, no especuló con lo que no es negociable… Acogió, comprendió, se preocupó y ocupó de todos…, al punto de dar su vida, la máxima prueba de bondad que cabe dar; el amor en grado sumo. Cualquiera puede hallar en el evangelio las pautas para desenvolverse en una sociedad que precisamente está necesitada del verdadero diálogo, de la solidaridad y de la tolerancia, entre otras virtudes, y no de sucedáneos que se ofrecen envueltos en problemas.

 

 


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