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Domingo de Ramos 2020

Bendito el que viene en el nombre del Señor

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis.  Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto».  Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:

«Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”».  Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús:  trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó.  La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada.

Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!».

Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es este?».  La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».

Mt 21, 1‑11

 

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (27, 11-54)

En aquel tiempo, Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:  «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió:  «Tú lo dices». Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada.  Entonces Pilato le preguntó: «No oyes cuántos cargos presentan contra ti?». Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado.  Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. 16 Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».  Pues sabía que se lo habían entregado por envidia.  Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él». Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.  El gobernador preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?». Ellos dijeron: «A Barrabás». Pilato les preguntó: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?». Contestaron todos: «Sea crucificado».  Pilato insistió: «Pues, ¿qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban más fuerte:  «¡Sea crucificado!».  Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!». Todo el pueblo contestó: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».  Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte:  lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!».  Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza.  Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo.  Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.  Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos».  Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.  Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza, decían: «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».  Igualmente, los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:  «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos.  Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”».   De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra.  A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: Elí, Elí, lemá sabaqtaní (es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:«Está llamando a Elías».  Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.  Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».  Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.  Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.  El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: «Verdaderamente este era Hijo de Dios».

 

Comentario bíblico de Pablo Díez

 (Is 50,4-7; Sal 21,8-9.17-18a.19-20.23-24; Flp 2,6-11; Mt 26,14–27,66)

La Pasión tiene su origen último en el anonadamiento de Cristo. Lo que el Apóstol afirma no es que Jesús dejara de ser Dios momentáneamente, sino que renunció, en su ministerio terreno, a la condición gloriosa en la que se encontraba en su preexistencia junto al Padre. Renuncia, por tanto, a manifestar de modo habitual en su humanidad la gloria que le corresponde en virtud de su divinidad. Esto lo hace entrar en su estado kenótico, el del siervo sufriente profetizado por Isaías, que se caracteriza por: vocación para la Palabra, sufrimiento inherente a la misión, y confianza en Dios. A este respecto, en Sal 22,1 se muestra como el sentimiento humano de desolación y abandono ante el umbral de la muerte, queda mitigado por la profesión de fe que supone la exclamación repetida: “Dios mío”, que abre a la esperanza y a la certeza del triunfo futuro. De hecho, el himno de Filipenses enseña que Jesús solo retornará a su exaltación a la diestra del Padre, a través del itinerario de la Pasión, que conducirá a que todos puedan confesarlo como el Cristo glorioso.

 

Orar con la Palabra

  1. El abajamiento hasta la muerte que exalta a la gloria.
  2. Superar desde la fe la sensación de abandono.
  3. Confesar el nombre de Jesús, que con su Pasión nos abre el acceso a la gloria.

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