Homilía del Arzobispo de Sevilla en la vigilia diocesana de Pentecostés 2017

Comienzo mi homilía dando gracias a Dios que nos permite a nosotros pastores y a todos los grupos y movimientos de Apostolado Seglar de nuestra Archidiócesis reunirnos un año más para recordar y actualizar el misterio de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió con fuerza sobre los Apóstoles, para comenzar la misión de la Iglesia en el mundo. Jesús lo había anunciado en las sucesivas apariciones a los Once después de la resurrección (Hch 1,3). Antes de la Ascensión al cielo, “les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre” (Hch 1,4-5). Les pidió que permanecieran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración en el cenáculo con María la Madre de Jesús, en espera del prodigio prometido (Hch 1,14).

Permanecer juntos, unidos y en comunión de corazones, junto con la oración prolongada, fue la condición que puso el Señor para acoger el don del Espíritu. Jesús da así una pauta preciosa a la comunidad cristiana. A veces creemos que la eficacia apostólica depende de una programación esmerada, de una audaz estrategia o de nuestra entrega ilusionada, que ciertamente son necesarias, pero que serán agitación estéril sin la intervención del Espíritu, que es el alma de la Iglesia y el verdadero protagonista de la misión. Sin su acción providente y sabia cualquier iniciativa apostólica está condenada al fracaso. De ahí la necesidad de la oración ferviente al Espíritu para que fecunde con el rocío de su gracia nuestras acciones y proyectos, que carecerán también de futuro sin la comunión y la unidad, que es don del Espíritu, lazo de unión, como dice san Cipriano de Cartago, entre el Padre y el Hijo.

Pentecostés tiene lugar en el día en que el pueblo de Israel celebraba la fiesta de la siega y la alegría de la recolección. Celebraba también la promulgación de la Ley en el Sinaí, que selló la Alianza de Israel con su Dios. Por ello, se hallaban en Jerusalén judíos venidos de todas las naciones de la tierra (Hech 2,5). Todo se transfigura cuando irrumpe el Espíritu esperado en el Cenáculo. “Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería” (Hch 2,4). La fuerza y el fuego del Espíritu les unge con la ciencia y la fortaleza, la sabiduría y la inteligencia, la audacia y la piedad; la valentía y el temor de Dios. A partir de ese momento, los Apóstoles robustecidos con la fuerza de lo alto, inician su misión en las calles y en las plazas. En la construcción de la torre de Babel (Gén 11,1-9), la confusión de lenguas impidió que el hombre proclamara sus propias maravillas. En Pentecostés ocurre lo contrario: son las maravillas de Dios las que se proclaman en las más diversas lenguas, que todos entienden sin confusión.

El Espíritu, en efecto, hace inteligibles a todos los lenguajes posibles las maravillas de Dios, todo lo que Jesús dijo e hizo en su vida entre nosotros. Esta es justamente la misión de la Iglesia: continuar la misión de Jesús. Los discípulos de Jesús que formamos su Iglesia estamos llamados a continuar lo que Él comenzó. El Espíritu nos infunde luz, fuerza, consejo y sabiduría para que, a través nuestro, otros hombres y mujeres, que no han conocido el esplendor de Cristo, puedan oír hablar de las maravillas de Dios y participar en su proyecto de amor. El Espíritu Santo, por medio de nuestra palabra y de nuestra vida, hace inteligible la vieja y siempre nueva Buena Noticia que hace dos mil años resonó en los campos, las ciudades y pueblos de Palestina. Esto fue y sigue siendo hoy el milagro y el regalo de Pentecostés.

En este contexto, celebramos el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, una jornada de la que sois protagonistas los laicos, la porción más numerosa del Pueblo de Dios. A lo largo del año se van sucediendo otras jornadas que tienen como protagonistas a los religiosos, a los seminaristas, a los sacerdotes o a los monjes y monjas contemplativos. Hoy es el día de los seglares, porque la irrupción del Espíritu en Pentecostés tiene como destinatario el mundo secular, la plaza pública, en la que se teje la vida de los hombres y la historia del mundo. Sois vosotros, los laicos, los que tenéis que prestar a la Iglesia el servicio de hacer presente el Evangelio de Jesús en estos ambientes.

El libro de los Hechos nos dice que el día de Pentecostés todos los que oían a los Apóstoles, les entendían en sus propias lenguas. Es un día para pedir al Espíritu Santo la gracia de hacernos entender por nuestros contemporáneos. Que les entendamos a ellos -incluso para decirles con respeto y claridad que no compartimos sus posiciones- y que nos entiendan a nosotros: que entiendan, sobre todo, el lenguaje luminoso y atractivo del testimonio de nuestra vida. Este es el campo en el que la Iglesia nos llama hoy a servir.

La oración y la unidad fueron dos aspectos importantes en el primer Pentecostés. El tercer aspecto decisivo fue la Santísima Virgen. Ella reúne en el Cenáculo a los Apóstoles dispersos después de la Ascensión y los caldea en la oración para recibir al Espíritu Santo. En esta tarde, nuestra Archidiócesis, conmemora y celebra comunitariamente las apariciones de la Santísima Virgen a tres pastorcillos analfabetos, que sólo sabían pastorear las ovejas y rezar las oraciones que habían aprendido de sus padres. Dios nuestro Señor, que esconde los misterios del Reino a los sabios y entendidos de este mundo y los descubre a los humildes, escoge a estos tres niños, cuya voz temblorosa ha resonado en todo el mundo para hacernos llegar su mensaje, un mensaje que los pastorcillos escuchan en las apariciones que se suceden entre 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917, y que nosotros acogemos con gratitud.

Como afirmara el papa Francisco en el avión que le devolvía a Roma en 13 de mayo por la tarde, en los últimos decenios, hemos prestado tal vez demasiada atención a los llamados “secretos” de Fátima, y menos al mensaje que la  Santísima Virgen comunica a los pastorcillos, que en realidad es la quintaesencia del Evangelio, el Evangelio químicamente puro, la llamada a la conversión y la lucha contra el pecado, que es siempre una ofensa a Dios, un desprecio de la sangre redentora de Jesús, un envilecimiento propio y una ofensa  a la Iglesia, cuyo caudal de caridad y de gracia disminuimos con nuestros pecados. La Santísima Virgen les habla también de la realidad del infierno, de la necesidad de la mortificación y la penitencia, de la misericordia de Dios y de la reparación por los propios pecados y el pecado del mundo. Y habla también de la oración, del rezo del Rosario y de la consagración del mundo y de cada uno de nosotros a su Corazón Inmaculado.

La conversión personal es el corazón de nuestras Orientaciones pastorales diocesanas para el quinquenio 2016-2021. La conversión pastoral y la renovación de las estructuras diocesanas será imposible sin la conversión de nosotros los pastores y de vosotros los fieles laicos. Efectivamente, una Iglesia que quiera ser luz y sal, tiene que ser una Iglesia convertida, una Iglesia de santos. Sólo así será posible la Nueva Evangelización, que no avanzará sin la apuesta decidida y sin complejos de vosotros los seglares, seglares que viven la comunión fraterna cerca de los pobres y de los que sufren, seglares con corazón de apóstol, comprometidos con su parroquia, dispuestos a anunciar a Jesucristo como único salvador y única esperanza para el mundo, seglares con una fuerte experiencia de Dios, que viven la comunión con el Señor y experimentan cada día su amor, su gracia y su amistad.

Sólo así seremos discípulos misioneros, como nos pide el papa Francisco. Solo así superaremos, como decimos en las Orientaciones pastorales, un cristianismo tibio, sociológico, conformista y contentadizo, anclado en una espiritualidad de mínimos y sin proyección misionera alguna. Esto es lo que yo pido para todos vosotros a la Virgen de Fátima, a cuyo Corazón Inmaculado consagraré la Archidiócesis al final de esta Eucaristía. Que ella cuide y bendiga a los sacerdotes y consagrados, que ella bendiga a nuestros seminaristas, a la Acción Católica, a nuestros laicos cualesquiera que sean sus carismas y acentos, para que todos vivamos con gozo y entusiasmo nuestras respectivas vocaciones. Así sea.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla

 


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