Entrevista a Isabel Cuenca, secretaria general de Justicia y Paz: “Es fundamental sentir como propio el dolor ajeno”

Entrevista a Isabel Cuenca, secretaria general de Justicia y Paz: “Es fundamental sentir como propio el dolor ajeno”

‘Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz’. Este es el lema del mensaje del papa con motivo de la LI Jornada Mundial por la Paz. Francisco no quiere que este tema deje de tener relevancia y se diluya detrás de las noticias que copan la atención mediática. Hoy repasamos este mensaje del papa con Isabel Cuenca, secretaria general de Justicia y Paz España.

 El papa nos emplaza a una actitud más activa ante las personas que abandonan su hogar por la guerra, pobreza o persecución… ¿Se detecta ahora, quizás, una paralización de la iniciativa diplomática internacional después de la inercia de los primeros meses?

Todos recordamos los carteles de bienvenida que pudimos ver en algún país europeo el año pasado, por ejemplo en Alemania. Era emocionante verlos, pero era también engañoso,  porque se referían solo a los refugiados que venían de zonas de guerra, especialmente de Siria. No eran igual de bien acogidos los procedentes de países en conflicto africanos, por ejemplo, o los migrantes económicos. A la vez, otros países como Hungría y alguno más opusieron resistencia para la acogida. España mismo, se comprometió a recibir un cupo asignado por la Unión Europea de 17.337, y está muy lejos de cumplir esa promesa; tanto que los obispos españoles han recordado recientemente al gobierno español este compromiso que había adquirido.

 ¿Por qué hay tantos refugiados e inmigrantes?

El papa lo dice claramente en el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 1 de enero. A los ya tradicionales motivos del siglo pasado -guerras, conflictos, genocidios, limpiezas étnicas…- hay que añadir, por ejemplo, el deseo de una vida mejor que deje atrás la desesperación y una vida sin futuro. Si viviésemos en un país donde no se garantizara la seguridad de nuestra familia, consideraríamos que es nuestra obligación desplazarnos para conseguir una vida mejor.

Estamos asistiendo a rebrotes xenófobos e intransigentes en los países de destino ¿Qué se puede hacer para revertir esta tendencia?

Es muy difícil resumir qué se puede hacer, porque las acciones hay que considerarlas a varios niveles: político, social, individual y también como cristianos. Me voy a centrar principalmente como cristianos. Nuestra fe nos dice que todas las personas somos creadas por Dios a su imagen y semejanza. Reconocer en el otro el rostro de Dios ayudaría. Puede sonar a utopía, a algo imposible. Por eso yo animaría a dar pequeños pasos que reviertan posibles brotes xenófobos. Ahí son importantes las redes sociales. A mí me llegan a veces mensajes por whatsapp sobre los migrantes que son contrarios al Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia. Y, lo que es peor, algunos de esos mensajes aparecen en grupos religiosos. Así que el primer paso debería ser no hacernos de nada que incite al odio o el rechazo de los migrantes. Otro paso es acogerlos en nuestras comunidades religiosas. Sé que eso se hace en muchas parroquias. Y, lógicamente, evitar en nuestras familias cualquier comentario o chiste xenófobo o racista. La semilla del odio o del respeto se puede poner en el corazón de las personas cuando son aún unos niños.

¿Es aplicable este diagnóstico a nuestra sociedad sevillana?

No, no creo que Sevilla se pueda catalogar como una ciudad xenófoba. Más bien, yo diría que es indiferente al hecho migratorio, aunque siempre hay muy buenas excepciones. No obstante, también percibo comentarios en contra de los inmigrantes tales como que se llevan las becas de comedor, que hacen que las listas de espera en la sanidad se alarguen, etc.

 ¿Quizás convenga reiterar que estos inmigrantes no llegan con las manos vacías, que enriquecen una sociedad también necesitada de su aporte?

Eso es lo que dice el papa en su mensaje y resulta curioso que en determinados niveles lo aceptamos así, sin ningún tipo de problemas. Eso ocurre, por ejemplo, en el fútbol. Nadie se alarma ni se manifiesta en contra de que haya en un club personas extranjeras, más bien se ve como un valor. La realidad es que el que molesta es el extranjero pobre.

 Francisco propone dos pactos internacionales muy concretos en el seno de Naciones Unidas ¿Tendrá eco?

El papa es un referente mundial, yo diría que es el único líder de peso que queda. Por tanto, cabe pensar que por lo menos le van a prestar atención. Pero a nosotros lo que nos debería preocupar es convertirnos en personas que acogen, protegen, promueven e integran. Hay muchos casos en la historia reciente de la humanidad en la que el cambio ha empezado por personas convencidas de que las cosas podían ser de otra manera y se han puesto en movimiento. Quizá uno de los cambios más llamativos en este sentido fue el de las mujeres de Liberia principios de este siglo. Cansadas de guerra civil, se pusieron a rezar en una plaza pública mujeres de distintas confesiones cristianas y musulmanas por la paz y al final consiguieron el objetivo. Se habla cada vez más de “núcleos de solidaridad”.

En un mensaje, que es un alegato a la paz mundial, reitera también su llamada a cuidar la casa común. Sigue siendo una prioridad de su pontificado.

La Laudato Si’ es una encíclica en la que se repite varias veces el concepto de que todo está relacionado. Y es verdad. Nuestra casa común, se está deteriorando no solo como consecuencia del cambio climático, que es el factor principal, sino por todo el daño que le infligimos. Esto al final produce tensión que puede llevar a guerras.

 ¿Cómo hacemos nuestro, a nivel diocesano, este llamamiento que el papa hace a la comunidad internacional?

Creo que es fundamental sentir como propio el dolor ajeno. Ver el rostro de Dios en todos los que sufren, y por tanto también en los migrantes, nos haría más sensibles a su situación y nos haría plantearnos qué podemos hacer individualmente, como ciudadanos y como cristianos. Cada uno que actúe según sus posibilidades.


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